PEDERASTIA: No es suficiente con pedir perdón. Jaume Flaquer

swings-111925_1920-768x512

Jaume Flaquer. Cristianisme i justicia

Sabiendo que muchos crímenes contra la humanidad, invasiones y genocidios en la historia no han producido ni un solo lamento en sus actores, es de entrada loable que la Iglesia sea capaz de pedir perdón por el gravísimo mal que ha causado a miles de niños a través de quien más debieran haberlos protegido.

Pero una petición de perdón solo es sincera si 1) el individuo o la institución se reconoce en tal fracaso y colapso que le hace afirmar: “soy culpable y no sé cómo remediarlo” (como un violador que dijese: “mejor que me encierren y no me dejen salir porque la ansiedad es más fuerte que yo”), o si 2) el individuo o la institución deciden poner todo su empeño en poner los medios para que no vuelva a ocurrir. No es suficiente con decir “cuando recibamos alguna denuncia actuaremos según los nuevos protocolos”. Es preciso que en la Iglesia nos preguntemos seriamente qué nos ha pasado, por qué tal amplitud del fenómeno (Irlanda, BostonChile, Pensilvania, Australia…) y cuáles son todos los factores que han influido. Deberíamos ver a una Iglesia proactiva que organizase un Congreso internacional y diversos seminarios para analizar todas las vertientes del problema, acabando con un Sínodo de obispos para tomar decisiones concretas. Es verdad que desde el minuto uno en el que Benedicto XVI llegó al pontificado se ha avanzado mucho, y que el actual Papa Francisco ha aplicado una tolerancia cero, pero por respeto a las víctimas deberíamos ir a la raíz del problema y ver de qué manera el clericalismo ha participado en este mal, y si ha preferido salvarse como “casta” antes de afrontar su propia realidad.

El instinto de autoprotección que tiene toda institución ha sido decisivo en este caso, donde ha pasado por delante el silencio para salvar el “honor” público frente al bien de la víctima. Además, la relación paterno-filial entre el obispo y sus sacerdotes, diferente al de un contratante y un empleado, ha llevado en muchos casos a ser erróneamente indulgente con el criminal (como en los casos de esos constantes traslados de parroquia). Hay que añadir, además, que el hecho de que el sacerdocio sea “para siempre” y que el proceso de expulsión de un religioso o la reducción al estado laical de un sacerdote sea tan complejo, ha llevado a veces a no afrontar de cara el problema. Ni unos se han atrevido a abandonarlo antes de producir tanto mal ni los otros a expulsarlos.

Por su parte, la relación de amistad entre los sacerdotes ha provocado a menudo una dificultad añadida para creer a la víctima por encima de ese compañero que creías conocer, o incluso un “no querer creer” por la monstruosidad de lo que los testimonios van aportando.

Tampoco el perdón es suficiente si no se investiga si en una Iglesia con celibato voluntario las proporciones del problema serían mucho menores. Ante esto, conviene recordar que muchos de los abusos se dan en el marco familiar, y que, por otra parte, el celibato per se no es causa -ni puede ser justificación- ni de la atracción sexual hacia los menores ni del abuso de los mismos.

Pero sí es verdad que algunos varones con profundos problemas relacionales buscan a veces el sacerdocio como una salida “digna” a su incapacidad de compartir la vida con nadie. Si algunos tipos de pederastas pueden formar parte de este grupo, una Iglesia de sacerdotes mayoritariamente casados reduciría su atractivo por parte de este colectivo.

En cualquier caso, la selección en los seminarios y en la vida religiosa de los candidatos al sacerdocio no siempre ha sido suficientemente rigurosa ni con los criterios adecuados para este gran problema.

No hay duda de que el que comete abusos debe ser también acogido con misericordia y ser acompañado en su trastorno. Pero la Iglesia como institución no debe olvidar que su prioridad deben ser siempre las víctimas y que la acogida del delincuente no es contrario a la toma de medidas efectivas para que no pueda producirse una víctima más.

En conclusión, la Iglesia se sostiene por la gran santidad que hay en ella y por las miles de historias de pequeños santos y santas que dan sus vidas en rincones donde ninguna otra luz da algo de esperanza, pero por coherencia con el Evangelio es preciso dar una respuesta a esas otras víctimas que no son producidas por nadie más que por nosotros mismos.

Imagen extraída de: Pixabay


 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s