Jesús Martínez Gordo:¨Francisco es el primer Papa que se toma en serio que esto de la Iglesia no es cosa solo de curas, religiosos y obispos¨

Jesús Martínez Gordo: «Francisco es el primer papa que se toma en serio que esto de la Iglesia no es solo cosa de curas, religiosos y obispos»

Foro curas de Bizkaia

Fuente:   Noticias de Gipuzkoa.una entrevista de E. Aresti .fotografía Javier Bergasa

El teólogo Jesús Martínez Gordo cree que la llamada a todos los bautizados para que participen en el sínodo sobre una Iglesia de todos y para todos es una «revolución»

Donostia – Mañana, en la parroquia Dios Nuestro Padre de Benta Berri, el grupo Gipuzkoako Kristauak se va a sumar a la llamada de Francisco para construir una Iglesia sinodal, es decir, una Iglesia pensada, participada y decidida por toda la familia católica, o como dice el Papa, por todos los que tienen el «carnet del bautismo». Este colectivo va a poner en marcha el proceso en Gipuzkoa bajo el lema Una Iglesia entre todos y para todos. La cita contará con la presencia del teólogo de la diócesis de Bilbao Jesús Martínez Gordo, que acercará a los que acudan a esta jornada abierta las claves del llamamiento del santo padre. La casualidad ha querido que el pistoletazo de salida de este proceso en Gipuzkoa coincida con el adiós del obispo José Ignacio Munilla, representante de ese modelo eclesial vertical y autoritario que el papa Francisco quiere superar.

El papa Francisco ha convocado a un sínodo, a todo el ‘Pueblo de Dios’, sacerdotes y laicos, todos en comunión. ¿Con qué ‘orden del día’?

–La originalidad es una de las características de Francisco: no hay orden del día. O, mejor dicho, en esta primera etapa diocesana, solo hay un punto: «Escuchar». Que los obispos y los responsables eclesiales escuchen lo que tengan a bien decir más de 1.300 millones de católicos, y toda la gente de buena voluntad que lo desee, sobre cómo se sienten en la Iglesia; qué es lo que les resulta insoportable de ella o por qué la han abandonado o están a punto de hacerlo y qué es lo que cambiarían, sin autocensuras. Luego viene, supongo que como fruta madura, la formulación de propuestas; con toda libertad, sin tapujos de ninguna clase.

El papa cita una frase del padre Congar: «No hay que hacer otra Iglesia, sino una Iglesia otra, distinta». ¿De este proceso, se puede esperar que salga un nuevo modelo de Iglesia, que transite de un gobierno jerárquico y clerical a otro de comunión entre el sacerdocio y los laicos?

–Si no me equivoco, creo que Francisco pretende poner las bases para una Iglesia distinta a la actual, pero, por mucho que pueda sorprender a algunos, busca hacerlo en continuidad con la querida por Jesús cuando dio a Pedro el «poder» de «atar y desatar». Lo que se funda en Pedro es la Iglesia. Por eso, «los poderes» conferidos a Pedro pasan de él a la Iglesia. Sin embargo, esta comprensión se altera cuando Roma cree ver que los «poderes» de Cristo no pasan de Pedro a la Iglesia, sino al papa y, con él, a los obispos y a la curia vaticana. Y, además, en exclusiva. A la luz de estas dos interpretaciones, creo que Francisco no busca hacer otra Iglesia (como le acusan sus críticos), sino abrir las puertas a la primera de estas interpretaciones frente al otro modelo, desmedidamente autoritativo; cuando no, absolutista.

Francisco convoca a este debate a todos los que tienen el ‘carnet del bautismo’. Es una llamada al compromiso y la participación frente al clericalismo que tantas veces ha denunciado y combatido. ¿Existe riesgo de que los sectores aferrados al modelo clerical puedan entorpecer el debate?

–Por supuesto. Y, de hecho, ya lo están entorpeciendo: yuxtaponiendo la corresponsabilidad y sinodalidad bautismal al ministerio ordenado (obispos y curas), y reservando para estos últimos todo el poder en la Iglesia. Intuyo que, por eso, hay muchos católicos desanimados. Son personas a las que se les oye decir: esto del Sínodo no va a servir para nada. Lo que yo diga será, en el mejor de los casos, una gota en un inmenso océano. Entiendo, a diferencia de ellos, que ha llegado la hora de no dejar solo a Francisco cuando nos pide esa gota de participación que, por mínima que nos parezca, cuando se sume a otros miles de millones puede acabar formando un mar, aunque pequeño, en un gran océano; una especie de Cantábrico en el Atlántico.

Usted va a participar mañana en el arranque de este proceso convocado por el colectivo Gipuzkoako Kristauak bajo el lema la «Iglesia entre todos y para todos». ¿Qué papel tienen que jugar las comunidades de base en este sínodo?

–Francisco es el primer papa que se toma en serio que esto de la Iglesia no es solo cosa de curas, religiosos y obispos, sino de todos los bautizados y comunidades y que, por tanto, lo que afecta a todos, debe ser diagnosticado, evaluado y decidido por todos. Es una revolución.

En un reciente artículo suyo, dice que el sínodo ha sido acogido con nulo entusiasmo por parte de la jerarquía eclesiástica en España. ¿Cómo se puede articular el proceso en las Iglesias locales, en las diferentes diócesis, con esta posición de partida del que tiene el bastón de mando?

–Hay, para quien lo desee, una vía, directa y permanentemente abierta, con la Secretaría General del Sínodo para enviar lo que se entienda oportuno. Es importante saberlo. Y más, cuando nos encontremos con responsables que, anclados en un modelo de Iglesia autoritativo y absolutista, no tengan interés alguno en propiciar la aparición de otro modelo eclesial que sea sinodal y, por ello, corresponsable y participativo. A ello hay que añadir que, desde la misma Secretaría General del Sínodo, su responsable último, el cardenal Mario Grech, ha comunicado en la apertura de la primera etapa, la que se está realizando ahora en todas las diócesis, que es muy probable que haya, después de las otras dos fases, la continental y universal, una cuarta en la que lo aprobado en el aula sinodal sea sometido a debate y enmiendas en las diócesis de todo el mundo.

En la charla que ofrecerá mañana, usted alude al problema de la falta de presbíteros, que compromete el futuro de algunas comunidades. ¿Por qué le cuesta tanto a la Iglesia abrirse al sacerdocio de la mujer?

–En mi opinión, por puro atavismo cultural, es decir, por un instalamiento en una lamentable herencia cultural que hay que superar y que nada tiene que ver con el trato liberador que Jesús mantuvo con las mujeres en el marco de una cultura patriarcalista.

¿Un proceso como este puede contribuir a revitalizar a una Iglesia en recesión, como por ejemplo la guipuzcoana?

–Sí, claro, por supuesto. Y más, a partir del momento en el que mons. Munilla deja de presidir esta Iglesia. Espero que el nuevo obispo entienda su responsabilidad más en sintonía con la interpretación que comprende que el poder pasa, por medio de Pedro, a toda la Iglesia y que, en consecuencia, ejerza su episcopado como un servicio a la unidad de fe y a la comunión eclesial y a la vez, como defensa de la libertad ante lo opinable y siempre con caridad y empatía hacia todos; particularmente, con los últimos de nuestra sociedad. Si la Iglesia de Gipuzkoa se encontrara con un obispo de este perfil, intuyo que de las cenizas, ahora humeantes, podrían surgir, no tardando mucho, nuevos fuegos llenos de vida, de luz y calor, es decir, una Iglesia «revitalizada».

Usted ha seguido de cerca experiencias renovadoras en algunas comunidades católicas de Francia. ¿Por dónde van esas experiencias?

–Por un protagonismo del laicado en sus respectivas comunidades. Y por una revisión de la razón de ser de los curas en el marco de una Iglesia toda ella sinodal y corresponsable. Es referencial al respecto la experiencia puesta en funcionamiento por el arzobispo Albert Rouet, hace ya unos cuantos años, en la diócesis de Poitiers. Entiendo que, reajustándola, es posible activar algo parecido aquí, entre nosotros, los próximos años.

En Alemania, sínodos locales han planteado grandes reformas en torno al sacerdocio de la mujer, la homosexualidad o el fin del celibato obligatorio. Asuntos que tocan nervio. ¿Alguien puede pensar que la llamada a la participación equivale a abrir la caja de Pandora?

–Cuando la caja de Pandora se abre es porque dentro hay demasiada presión o excesivo ruido. Por eso, no siempre es malo, sino que, a veces, puede resultar saludable. El proceso sinodal en el que nos hemos adentrado también nos invita a decir lo que tengamos que decir sobre el sacerdocio de la mujer, la homosexualidad, el celibato obligatorio y otras muchas «patatas calientes» que, diferentes a estas, pueden preocupar a otros cristianos en otras partes del mundo.

La Iglesia de Cristo es universal, pero en Europa asuntos como la desigualdad de género, la homosexualidad o la crisis de abusos a menores están minando gravemente su prestigio, alejándola de la sociedad. ¿Este proceso sinodal también debe afrontar estos asuntos?

–Estos, por supuesto; y también otros. Los que quieran y propongan todos los que participen. Supongo que a los que usted enumera habrá que sumar algunos que pueden producirnos sarpullidos en el Primer Mundo como, por ejemplo, la emigración; el hambre; las explotaciones de recursos en países del Tercer Mundo; la esclavitud callada en la que se sostiene nuestra calidad de vida; la carrera y venta de armamentos, incluso a países pobres; la persecución y martirio de los cristianos (de 150.000 a 170.000 según los años) y el silencio europeo al respecto; la universalización de las vacunas; la ecología; la biodiversidad y un largo etcétera.

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