
La carta del arzobispo de Oviedo, don Jesús Sanz, en Covadonga, el Día de Asturias, causó mucho malestar en la Iglesia y en el ámbito civil y fue respondida desde todos ellos. Pero, más allá de esa polémica concreta, el hecho trae a primera plana dos preguntas importantes: ¿qué tiene que decir un obispo? y ¿qué podemos y debemos decir los cristianos cuando sus palabras causan escándalo?
Hay que tomar la palabra
Los cristianos podemos y debemos tomar la palabra siempre y, especialmente, cuando las palabras del obispo no representan a la Iglesia local. Eso es lo que ha hecho la Revuelta de Mujeres en la Iglesia de Asturias, en su carta “Hermano obispo” (https://alandar.org/creer-hoy/una-polemica-homilia/)
Les ha faltado -tal vez- una pregunta, que sí se ha manifestado en otros escritos, sobre la idoneidad de don Jesús para el cargo.
La Iglesia sinodal a la que se nos está invitando debe caminar hacia un funcionamiento más horizontal y fraterno
Porque sí, los católicos podemos preguntarnos si nuestro obispo desempeña su cargo al servicio de la comunión eclesial, y por la conveniencia de que siga al frente de la diócesis; podemos cuestionarlo cuando, en un discurso oficial, antepone sus ideas políticas al anuncio evangélico y a la voluntad de concordia. También cuando arremete contra principios socialmente aceptados como la defensa del medio ambiente y la agenda para defenderla, o la lucha contra los abusos y el machismo, combates -por cierto- bastante evangélicos, como evidencia el esfuerzo del papa por defender a nuestra madre tierra y por ampliar, aunque sea lentamente, el espacio de las mujeres en la Iglesia.
La Iglesia sinodal a la que se nos está invitando debe caminar hacia un funcionamiento más horizontal y fraterno/sororal, menos autoritario y jerárquico, en el que se establezca la transparencia y la costumbre de rendir cuentas, también, del ejercicio pastoral.
La autoridad en la Iglesia ha de ser -es- la del servicio. ¿Cómo podemos pretender que sea sacramento de unidad, símbolo de comunión, si funciona como monarquía absoluta?
Y ¿por qué los cargos han de ser eternos en la Iglesia? ¿Por qué no aceptar el recambio con normalidad, que el desempeño de funciones tenga fecha de inicio y fin? Si eso se impusiera, no sería dramático, como lo es ahora, la renuncia o cambio de titularidad en el episcopado.
Hay, además, que tomar en cuenta la opinión de la comunidad en la elección episcopal, como se hizo durante siglos, cuando se elegía obispo entre quienes suscitaban consenso en la comunidad cristiana. Hay muchas cosas que cambiar en nuestro modo de funcionar, en cuanto a las relaciones obispo-pueblo de Dios.
La autoridad en la Iglesia es la del servicio
¿Qué creemos que debe decir un obispo?
El obispo concentra casi toda la visibilidad, es todavía la imagen de la Iglesia diocesana, la única imagen para muchos. Porque el clericalismo es “bilateral” cómo nos lo recordó el documento síntesis del Sínodo en su fase diocesana: el excesivo protagonismo del clero se “encuentra” con la excesiva docilidad y mutismo de los fieles.
En una Iglesia sinodal, el obispo no puede ser el único que hable, el obispo ha de repartir juego, que otros digan también: laicos, sacerdotes, religiosas… Especialmente en asuntos técnicos o especializados, debe consultar a los que más saben, crear comisiones de debate sobre esos asuntos nuevos y/o espinosos. Dar la palabra a sus colaboradores y a los fieles como costumbre.
Aun así, le corresponderá en muchas ocasiones ser el único en tomar la palabra. Imposible contentar a todos en una Iglesia y sociedad tan plural, pero al menos no proyectar una visión unilateral, acoger y reconocer el pluralismo. Y no querer dar una receta para todo: la Iglesia que se pretende maestra de humanidad sólo puede serlo desde la humildad.
Ha de tener una palabra oportuna, que sólo lo será si se refiere a lo concreto del momento, a las situaciones que a todos nos afectan. Siempre será mejor la caridad encarnada que la doctrina.
Una palabra de denuncia evangélica, que podrá ser criticada, pero siempre respetuosa en fondo y forma.
Una palabra que reivindique la pobreza y la debilidad como lugares privilegiados de la presencia de Dios y de exigencia para los cristianos.
Una palabra que reivindique la realidad espiritual de la persona y la ternura y el amor de Dios para con nosotros.
Una palabra que defienda también la voz y el papel de la Iglesia, desde su vocación de serviciomás que el deseo institucional de ocupar puestos y tener visibilidad.
Una palabra que acompañe, ilumine y dé esperanza desde lo concreto, no desde doctrinas generales ya conocidas pero que resultan no motivar nada, por desencarnadas.
En definitiva, un obispo tiene que hablar en cristiano, desde el corazón y desde el corazón del mundo. Pero ¿no es eso lo que tenemos que hacer todos en la Iglesia?
No lo tiene -no lo tenemos- fácil, pero tampoco tan difícil. El Evangelio es una fuente muy potente, y ¡hay tanta gente buena en la sociedad y en la Iglesia que dan fe de qué se puede vivir desde las bienaventuranzas!
A cualquier obispo le pediría que escuche y esté atento a esas huellas de Dios en el mundo y nos anime. Y, sobre todo, que no nos lo pongan tan difícil a los cristianos de a pie con tomas de postura agresivas y sectarias que hacen imposible defender públicamente la Iglesia acogedora, servidora y fraternal en la que creemos y en la que queremos estar.
Autoría
Alandar me permite hacer una de las cosas que mas me gustan como periodista: entrevistar a esas personas que son la sal de la tierra porque van cambiando el mundo con su trabajo, su reflexión y su denuncia. Además, es un espacio para la libertad y la creatividad dentro de la Iglesia, muy necesitada de ambas. Y me da pistas para vivir de un modo más solidario y menos consumista y para seguir alimentando el núcleo espiritual que nos vincula, desde lo profundo, con el mundo, con los otros y con Dios. Por lo demás, ahora soy una periodista jubilada de TVE que se mete en muchos líos. En la Revuelta de mujeres en la Iglesia, por ejemplo. Y que está agradecida a dos espacios eclesiales: la JEC (Juventud Estudiante Católica, que me albergó de joven, y Profesionales Cristianos (PX), mi actual comunidad de referencia. Soy murciana y, además de mi tierra de origen, amo Madrid, donde vivo; pero también la Montaña Oriental Leonesa y Asturias, donde paso buena parte de mi tiempo. La vida, pues, no cesa de abrirme a paisajes y horizontes nuevos, en todos los sentidos. Y yo trato dejarme sorprender por la riqueza y la novedad que nos rodea y los mensajes de cambio que sugiere.