«No ser cómplice, no mentir, no permanecer ciega”

Ana Moreno

Tan solo vivió 34 años en esos inicios convulsos del siglo XX en Europa. Aun así, la fuerza profética de la vida y de las reflexiones de Simone Weil forman un todo unitario que nos sigue interpelando e iluminando hoy.  Qué tenía esta joven y frágil filósofa para que, sin haber publicado apenas ningún artículo, dejara una huella tan profunda. Qué impacto causaría en sus contemporáneos para que Albert Camus la viera como “el único gran espíritu de nuestro tiempo” o Simone de Beauvoir la considerara “un corazón que latía a través del mundo”.

La prolífica y densa obra de Simone —pacientemente transcrita a máquina por su madre—, es fruto de una mente brillante y clara, de una buscadora de la verdad, entendida como “la belleza, la virtud y toda clase de bien”. Sin duda. Pero, sobre todo, es el resultado de  empapar sus reflexiones con el sudor de sus propias vivencias, de su decidido compromiso con una realidad que analizaba y procuraba mejorar. Despreciaba las abstracciones teóricas, hasta tal punto que su persona encarna como pocas la idea de que para comprender un problema moral hay que comprometerse con él: “para pensar la desdicha hay que llevarla en la carne, hundida muy adentro, como un clavo, y llevarla largo tiempo, a fin de que el pensamiento pueda hacerse lo bastante fuerte para mirarla”.

“Contaban que vivía en una posada de camioneros y que el primer día del mes ponía sobre la mesa su sueldo: cualquiera podría usarlo […]. Su inteligencia, su ascetismo, su extremismo, su valor me inspiraban admiración y sabía que si ella me hubiera conocido, no habría sentido lo mismo por mí”, escribió Simone de Beauvoir en sus memorias (La plenitud de la vida).  Con la intención de comprender mejor el sufrimiento, Weil se expuso a experiencias muy duras: trabajó como obrera en las cadenas de montaje de varias fábricas, se unió a las fuerzas anarco-sindicalistas en la Guerra Civil española,  acogió y ayudó a refugiados en el contexto de la II Guerra Mundial…

Su determinación de vivir como los obreros —sin calefacción, comiendo frugalmente y con duras jornadas laborales— hizo mella en su endeble salud, pero le proporcionó una profunda fuente de conocimiento. Descubrió que, si bien la “desdicha” incluye sufrimiento físico, el mayor padecimiento procede de la humillación social, de hacerse invisible, de dejar de contar para los demás.  La desdicha “pulveriza el alma por la brutalidad mecánica de las circunstancias”, es “esencialmente destrucción de la personalidad, paso al anonimato”. De ahí que Simone se centrara en reducir la “opresión”, en “humanizar la vida social y política, siempre sobre la base del máximo desarrollo posible de la capacidad personal de pensar y actuar, para así ir ahondando en la búsqueda de los gérmenes liberadores que atesora la persona, aun en aquellos tiempos de oscuridad máxima”. Desde sus primeros años como profesora, esta “pensadora de la experiencia” animaba a sus alumnas a acrecentar la “atención”, a vivir muy despiertas, a detectar la desdicha. La atención es el paso previo e indispensable antes de actuar. La saturación, sea de información, de actividad o de tareas,  embota la  mente, no deja ver con claridad. Se hace necesario limpiar la agenda de lo superfluo, reservar espacios de sosiego y calma que nos permitan mirar con atención a nuestro mundo y poder sumarnos a quienes procuran seguir, también hoy, la máxima weiliana  de “no ser cómplice, no mentir, no permanecer ciega”.

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