Joan Morera. blog.cristianismeijusticia.net
Estamos viviendo un cambio de era fascinante: la computación cuántica (2019) y la inteligencia artificial (IA, 2020) aliadas transformarán en los próximos años la humanidad y el planeta de forma inimaginable. Actualmente, la IA ya ha superado los mejores cerebros de la historia, y en la próxima década tendremos IAs miles de veces más inteligentes que los humanos. Esto posibilita una multitud de descubrimientos médicos, previsiones climáticas, creación de materiales y energía casi ilimitada, producción de alimentos, robótica avanzada… Se abre un abanico descomunal de oportunidades y también de riesgos.
Todo esto sucede en medio de una crisis eco-social crítica. La Laudato Si’ la arraiga en el paradigma tecnocrático [LS 106] que desde el capitalismo depreda de manera insostenible la creación, reduciendo cualquier dignidad de los seres a meros recursos utilizables en beneficio propio. La crisis es espiritual: buscar la felicidad en consumibles en lugar de buscarla en Dios, desemboca en un apetito insaciable, infinito. La naturaleza, en cambio, tiene capacidades finitas. Actuar así agrava el calentamiento global, el agotamiento de recursos, la destrucción de ecosistemas… que a su vez es la causa de grandes pobrezas, hambrunas, migraciones, desaparición de pueblos originarios… A algunos cortoplacistas —como OPEP, gobiernos y grandes magnates del petróleo— no parece que el colapso les importe. Y esto conducirá inevitablemente a una revolución de las mayorías empobrecidas. Las estadísticas son claras: la paz pasa por la justicia ecológica. Y nos toca a todas y todos: en cada opción doméstica nos implicamos o no en esta violencia ecosocial.
Un último tercer aspecto de este escenario mundial es la forma en la que gestionamos los conflictos. En el año 2022 se han invertido 2,24 billones de dólares (¡12 ceros!) en gasto militar, un nuevo máximo histórico mundial. Los conflictos de Ucrania y de Palestina —y una treintena más de olvidados— han enriquecido a las grandes empresas de armamento —como Boeing con 29.300 millones de dólares, General Dynamics con 28.320, o Airbus con 12.090, financiadas entre otros por BBVA, Santander y Caixabanc, según Centre Delàs y SIPRI—. Estos conflictos también empobrecen a los ciudadanos que han pagado los impuestos militares, en España o en Ucrania, donde se ha alcanzado el 34% de su PIB para gasto militar.
Los gobernantes alegan que matar más que el otro es la manera de resolver los conflictos, que debemos enviar armas, pero no se publica el evidente fracaso histórico de esta táctica, error repetido una y otra vez en cada guerra. Si nos preparamos para la guerra, cuando existan conflictos sólo tendremos esta opción a punto. ¿Podríamos exigir invertir estos millones en paz, justicia y cuerpos de seguridad no violentos?
Parece, además, que los vetos hacen ineficaz a la ONU, incapaz de un alto al fuego ante el genocidio evidente de ya más de 25.000 gazianos. Tras el condenable ataque de Hamás del 7 de octubre, Gaza está siendo el campo de entrenamiento de nuevas armas producidas por los EE.UU. y Europa, como el nuevo sistema de inteligencia artificial llamado «El Evangelio» (Habsora), que detecta más de 100 objetivos diarios. La polarización y producción de mentiras transforman los combates en guerra híbrida.
Pero también hay esperanza: la noviolencia está cada vez más difundida como práctica de resistencia de activistas (climáticos, políticos…), y formas de defensa civil noviolenta empiezan a ensayarse para sustituir a los ejércitos. Recuerdo por ejemplo a una amiga estadounidense que vivía en México en un barrio muy conflictivo, y afirmaba que para evitar robos, los ciudadanos se pusieron de acuerdo con una alarma vecinal global, para que todo el mundo saliera a la calle ante un ataque. La delincuencia descendió en picado. Más allá de eso, las estadísticas muestran que respecto a hace un siglo, la alfabetización de la población mundial ha aumentado hasta más de un 83%, y ha crecido mucho la educación, que permitirá gestionar conflictos de manera reflexiva y dialogada .
Ante toda esta panorámica, sin embargo, nos quedamos pequeños y pasmosos. ¿Qué puedo hacer yo desde mi diminuto entorno? Comparto dos referencias que nos pueden alentar a ser constructores de paz desde el Evangelio de Jesús:
La primera, centrarnos en el cuidado de todo ser vulnerable. La humanidad ha hecho en el siglo XX una globalización económica —comprar y vender en todo el planeta— sin hacer una globalización ética —decidir según el bien de todo el planeta—. Es el drama de la UE, centrada en el euro en lugar de en el ser humano. Si añadimos los retos ecológicos y bélicos, deberemos incluir aquí toda forma de vida. La cuántica y los ecosistemas nos hablan de la primacía del todo por encima de las partes, del bien común por encima del bien privado. ¿Podríamos empezar a decidir compras, contratos, vehículos, proyectos… según criterios para minimizar el sufrimiento global?
Y la segunda, la espiritualidad como gran aportación de un cristianismo del siglo XXI para reconocer que la ternura es la quinta dimensión de todas las cosas. En lugar de sabiduría (inteligencia + amor), los humanos hemos construido universidades que aumentan los conocimientos especializados (inteligencia), pero descuidan la sensibilidad holística que revela completamente interrelacionado (amor). Aún no hemos sabido crear sistemas políticos que resten poder a los humanos infantiles y sumen colegialmente a los más sabios. La presencia de Dios penetra todas las cosas, habita cada ser: también el violento o enemigo, llamándoles a la sabiduría. ¿Nos situaremos a contracorriente de esta evolución espiritual, o bien nos volveremos «comadronas de Dios» cultivando a diario un silencio y espiritualidad de la ternura que lo prolongan en nuestra propia vida? La paz de Cristo significa esto: prolongar en nosotros la Paz cósmica que todo lo ama. Llegar a sentir que toda criatura es uno conmigo, desarma territorialismos y odios, nutre y genera comunión.
Empezar por mí, por ti, es el primer paso. Y no habrá otro camino: tú serás el camino.
[Imagen de Piyapong Saydaung en Pixabay]