El color de los besos

Charo Mármol. alandar.org

Tengo una amiga que cuando se despide, tanto en los correos como en los wasaps termina diciendo “besos violetas”.

A mí me parecía algo un poco tonto y después de mucho tiempo le pregunté el porqué de esta despedida. El violeta es el color del feminismo, de la igualdad, de la lucha por la libertad de las mujeres, es el color que nos recuerda a aquellas mujeres, más de cien, que en 1911 en Nueva York murieron en el incendio de una fábrica donde los dueños, eran horas intempestivas, habían cerrado las puertas para evitar robos. Dicen que el humo del incendio era de color morado debido a las telas con las que estaban trabajando en esos momentos. Cuando digo besos violetas, dijo mi amiga, va toda una carga de esperanza para que esto no vuelva a pasar.

Y esto me ha hecho pensar en el color de otros besos: los que dan las madres gazatíes a sus hijas e hijos heridos, asesinados, los que dan a sus padres, maridos… besos negros, impregnados de dolor, de un dolor insoportable, donde no cabe ningún consuelo ni esperanza. Los mismos besos que dan las madres en Ucrania, en el Congo, en tantos lugares en guerra… besos bañados en dolor y lágrimas.

Pienso en esa joven madre que tiene a su primera hija…la acuna, la mira y la besa. Este beso es verde, verde esperanza. Quiere para su hija un futuro mejor que el suyo: más igualitario, en paz, sin violencia… es una niña y querría que, en su adolescencia y su juventud, su hija pudiera volver a casa sin miedo; que ella, su madre, pudiera conciliar el sueño sin temor a una mala noticia. Sueña con que su hija, y todas las niñas, pueda vivir en un mundo de igualdad, donde pueda dedicarse a cualquier deporte, al fútbol, a ser actriz, cantante…sin que ningún baboso quiera “cobrarse” el precio al que se cree con derecho por ser varón.

Azules deben ser los besos que las madres emigrantes dan a sus hijas cuando las despiden en una patera, cuando las dejan bajo la tutela de una amiga o un familiar para que se adentren en el Mediterráneo. Huyen de un matrimonio forzado, de la ablación, de la guerra, de violaciones… ellas lo han pasado y no quieren eso para sus hijas. Besos azules como ese inmenso mar que les puede abrir la puerta a un futuro mejor, aunque a veces suponga todo lo contrario y sea el principio de otro tipo de esclavitud.

Besos rojos, encarnados, color sangre… trabajo, esfuerzo… son los besos que las abuelas dan a sus nietas. Recuerdan sus vidas, su infancia, su adolescencia y su juventud y ahora ven las de sus nietas. Qué distinto y qué distante de lo que ellas vivieron, pero cuánto camino aún por recorrer… Cuánta violencia vivida en silencio, de puertas adentro, sumisas a la fuerza, sin amparo, sometida al varón por ley. Cuánto silencio doloroso solo por el hecho de ser mujer…. Esta mujer, mayor, abuela, mira a su nieta y escucha “La puerta violeta” de Rozalén

Una niña triste en el espejo me mira prudente y no quiere hablar
Hay un monstruo gris en la cocina
Que lo rompe todo
Que no para de gritar

Tengo una mano en el cuello
Que con sutileza me impide respirar
Una venda me tapa los ojos
Puedo oler el miedo y se acerca

Tengo un nudo en las cuerdas que ensucia mi voz al cantar
Tengo una culpa que me aprieta
Se posa en mis hombros y me cuesta andar

Pero dibujé una puerta violeta en la pared
Y al entrar me liberé
Como se despliega la vela de un barco
Desperté en un prado verde muy lejos de aquí
Corrí, grité, reí
Sé lo que no quiero
Ahora estoy a salvo….

Y piensa en esas puertas violetas que se han ido abriendo gracias a muchas mujeres como ella a lo largo de la historia, y besa a su nieta con un beso rojo profundo que se va convirtiendo en violeta porque sabe que la lucha feminista ya es imparable, y que, aunque muchos intenten y, por cierto, que lo intentan, separarnos y dividirnos… juntas conseguiremos la igualdad y el respeto.

Besos y abrazos violetas


Charo Mármol

En 1953 en Cuba un grupo armado revolucionario liderado por Fidel Castro ataca el cuartel Moncada en Santiago de Cuba. Fue un intento fallido para derrocar al dictador. Ese mismo año en la URSS muere Stalin y, en Inglaterra, Isabel II es coronada Reina. Además nací yo. Fue en Murcia, pero enseguida me acogió la capital del Reino, Madrid. Ya madurita empecé a viajar por los países del Sur y desde entonces me considero ciudadana del mundo. Un mundo en el que me gustaría que reinase la paz, la justicia y la igualdad. Y a esto he dedicado la mayor parte de mi vida: a trabajar por el Reino de Jesús aquí y ahora.

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