Marzo ha vuelto a ser un tiempo especial de numerosos encuentros reivindicativos y de reflexión para las mujeres en todo el mundo. En el marco de las reivindicaciones feministas del 8M, también en nuestro país, un año más, la Revuelta de mujeres en la Iglesia salió a las calles de veinticinco ciudades para hacer público el trabajo realizado, reclamar desde la esperanza una Iglesia sinodal, en la que las mujeres tengan voz y voto, y reivindicar la igualdad hasta que se haga costumbre.
La riqueza y diversidad de las diferentes Revueltas en nuestro país hace que este año se optase por un cartel y un comunicado común y que cada una de ellas expresara y celebrara de acuerdo a su trayectoria y experiencia en el último año, haciendo hincapié en los aspectos que en cada territorio se consideran más necesarios o significativos resaltar y reclamar. La experiencia de respeto por la diversidad se une a la utopía compartida y es importante en el camino de la Revuelta en el ámbito estatal por lo que supone de enriquecimiento mutuo.
La experiencia de respeto por la diversidad se une a al utopía compartida y supone enriquecimiento mutuo
Acogemos con cariño y esperanza a las Revueltas que han salido a la calle este año por primera vez; como Donostia. La mayoría de las iniciativas optaron por celebrar y hacer público su mensaje el 3 de marzo y el resto lo hicieron también el siguiente domingo, día 10. Lo hicieron concentrándose delante de las catedrales de las ciudades; otras, delante o dentro de algún templo significativo. Todas; reclamando una Iglesia comunidad de iguales, en la que mujeres y hombres compartamos tareas y misión, una Iglesia donde la imagen, la palabra y las decisiones sean compartidas entre mujeres y hombres. Tomando las calles con la convicción de estar vinculadas a una corriente cada vez más fuerte en la Iglesia universal: la voz de las mujeres suena cada vez con más fuerza.
La voz de las mujeres suena cada vez con más fuerza
Una voz y una fuerza que ha llegado al Sínodo que próximamente concluirá en Roma y al le hacen llegar un mensaje: Demos los pasos necesarios para caminar hacia la igualdad real, sin miedo y cambiando las estructuras y costumbres que impiden avanzar hacia ella. Las celebraciones que han tenido lugar este año han generado la certeza de la reflexión aportada y del “grito” que engendra cambio.
En los encuentros se ha recordado a las mujeres anónimas de las que nos hablan los Evangelios y que son importantes en la pedagogía que se desprende de sus encuentros con Jesús y, otras, fundamentales referentes como María de Nazaret, la primera que se abre al Misterio, María de Betania (que elige ser discípula antes que criada), María de Magdala que recibe de Jesús, fuerza para anunciar la resurrección. Sin estas mujeres, no habría habido Encarnación, ni Pascua, sin ellas no habría Comunidad eclesial. Con ellas reclamamos una Iglesia en la que la autoridad que cuente sea la del seguimiento y el servicio. Desde ellas reivindicamos que se escuche y reconozca la voz de las mujeres en la Iglesia.
Con las mujeres referentes de Jesús, reclamamos una Iglesia en la que la autoridad que cuente sea la del seguimiento y el servicio
En otras celebraciones se ha querido poner de relieve, desde la esperanza, el Sínodo de la sinodalidad, del caminar juntos, en el que estamos inmersas e inmersos en la Iglesia. Está siendo en el pontificado de Francisco, cuando algunas mujeres han podido por fin votar en el máximo órgano de la Iglesia. En el Sínodo han participado 85, 54 con derecho a voto, 2 de ellas como presidentas delegadas. El documento que este año se debate en todo el mundo recoge avances significativos en materia de igualdad y reconocimiento de las mujeres, pero todavía insuficientes contemplados desde el deseo de una comunidad eclesial de iguales.
También en los símbolos elegidos ha facilitado la confluencia: utilizando la danza, la expresión de los cuerpos, el silencio, la música en directo o grabada haciendo que los significantes expresen más y mejor una sororidad manifiesta. Y haciendo visible el dolor de los abusos a mujeres adultas dentro de la Iglesia, recogiendo el trabajo realizado por alguna comisión de abusos de la Revuelta. Los abusos han sido enfrentados y definidos por el Papa Francisco como un mal sistémico dentro de la Iglesia.
Hemos querido hacer visible el dolor de los abusos a mujeres adultas dentro de la Iglesia
En Madrid, delante de la catedral de la Almudena, se alcanzó uno de los momentos más expresivos y llenos de emoción cuando se leyó el testimonio literal de una víctima: “Toda palabra se queda corta para expresar tanto sufrido por la herida de los abusos. Providencialmente se me dio la gracia de poder hacerme palabra para denunciar…” el texto completo resonó en la mañana luminosa y fría acogido por un profundo silencio de las personas allí congregadas. Silencio que se repitió cuando cayó la tela que lo tapaba y se descubrió una reproducción de un mosaico del jesuita esloveno Marko Rupnik del que, en un momento dado, empezó a caer pintura roja recogida por tres mujeres vestidas con túnicas y capuchas negras que compartían -con las personas que lo aceptaban- las manos manchadas de sangre como signo de perdón y compromiso por el silencio de la comunidad eclesial ante tantas víctimas.
La Revuelta reconoce el papel de los medios de comunicación que, cada vez más, acompañaron las concentraciones. En especial los espacios dedicados en los telediarios de la televisión pública y cadenas autonómicas, así como cadenas privadas y agencias de prensa.
Desde los colectivos de mujeres en el ámbito nacional e internacional proponemos pedagogías que ayuden a establecer relaciones sororales y fraternas, y alienten una participación paritaria en todos los niveles de representación eclesial. Creemos que los órganos consultivos deben pasar a ser decisorios desde la corresponsabilidad y que la teología ha de incorporar una reflexión, hermenéutica y perspectiva feminista. Es necesario utilizar un lenguaje inclusivo y una simbología actualizada a fin de poder vivir una Iglesia donde todas las personas sean consideradas con los mismos responsabilidades y derechos, emanados de su bautismo.
¡Hasta que la igualdad se haga costumbre!
