He estado cosiendo un vestido que se me había roto. ¡Vaya noticia! dirán, pero es que mientras cosía, la aguja me ha ido llevando por un tapiz del mundo donde las distintas realidades se entrelazaban unas con otras.
El vestido en cuestión debe tener unos 30 años. Me lo regaló una amiga guatemalteca, aunque la prenda es mexicana, una colorida y vistosa pieza de flores bordadas. Varias veces ha estado a punto de ser liquidada, pero siempre termina ganando el sentido común, saco la aguja del costurero donde guardo los “útiles de reciclar” y, nuevamente, queda para poder usarse. En ese costurero guardo también un huevo de madera, seguro que las más mayores sabrán de que hablo. Un huevo que ha dado segunda vida a muchos calcetines y medias, cuando se llevaban. Doy fe que sigo utilizando este utensilio tan sencillo y tan útil en el campo del reciclado.
Hace unos días, al lado de mi casa, han abierto una tienda de Primark, un gran espacio de varios pisos donde se puede adquirir ropa a unos precios imbatibles. Cuando veo una camiseta por 3 euros no puedo dejar de preguntarme ¿cuánto han pagado a quien lo ha hecho?
La respuesta siempre es terrible y ante mí aparecen las imágenes de hombres, mujeres, niños y niñas trabajando durante muchas horas al día por un salario mínimo y en condiciones insalubres.
Pero no sólo se trata del trabajo esclavo de estas personas. Hace unos años, antes de la pandemia, tuve la suerte de viajar a Chile y visité el desierto de Atacama: un lugar bellísimo donde, entre otras cosas, pude observar las estrellas como nunca antes las había visto. Pues ese bello y raro lugar se ha convertido en un gran vertedero de ropa usada.
National Geographic lo cuenta de una manera que yo no puedo hacer por motivos de espacio y que les invito a leer. “Tres quintas partes de toda la ropa acaba en vertederos o incineradoras en el plazo de un año desde su producción, una estadística que se traduce en un camión cargado de ropa usada tirada o quemada cada segundo”, afirman en su artículo, y la mayor parte de los vertederos están en los países más empobrecidos de Asia y África.
En casa nos ayuda desde hace muchos años una chica boliviana, Sara. Tiene dos hijos pequeños y cuando se enteró que iban a abrir un Primark aquí al lado se puso contenta porque es donde ella puede comprar. Yo no le dije nada, creo que nada podía decirle. Hace poco leí que este tipo de ropa era confeccionada por los pobres de los países del Sur para los pobres del Norte.
Sara, posiblemente, no puede comprar otro tipo de ropa, pero muchas y muchos de nosotros sí podemos y deberíamos hacerlo. Comprar ropa que, aunque sea más cara, dure más, que se pueda reparar,… que nos podamos aburrir de ella. En la era del consumo, reparar, conservar, es un acto de rebeldía.
Lo cierto es que resulta difícil resistirnos a la llamada del “consume más”. Tengo un hermano que cada vez que me ve con mi chaqueta de “actos importantes” me da un toque para decirme: “Ya te vale. Cambia que te tenemos más vista que al TBO”. Y es cierto, porque hace más de 20 años compré unas chaquetas y camisas preciosas en la India y en Vietnam y siguen siendo mis preferidas a la hora de ponerme un poquito más vistosa.
¿Y si hacemos una llamada a reparar, a alargar la vida de lo que vestimos y también la de aquellos utensilios que utilizamos?
En la era del consumo, reparar es un acto de rebeldía. ¡Rebelémonos!
Por cierto, escribo estas líneas en el día Mundial del Medio Ambiente, ¡a cuidarlo!
