No escribo desde julio y han pasado tantas cosas que me gustaría compartir que no sé por dónde empezar. Decido empezar por lo último: las declaraciones y la postura del Presidente de la Conferencia Episcopal Española ante la apología de pederastia del alcalde de Vita y el aplauso de quienes estaban en la fiesta del pueblo. Es inadmisible tener una postura condescendiente y tolerante, y menos aun cuando esta procede de un alto cargo dentro de la Iglesia católica. Es urgente y necesaria una condena explícita ante cualquier actitud que incite a la pederastia. Hay grupos, como la Revuelta de mujeres en la Iglesia, que están pidiendo la dimisión del arzobispo Argüello. Sería una manera digna de admitir su error.
Estos días me he estremecido con lo que ha vivido y sufrido Gisèle, en Francia. “Dominique Pélicot parecía un personaje inofensivo, buen marido y ejemplar abuelo”, señala en La Vanguardia Eusebio Val. Un buen marido que durante años drogaba a su esposa y la ofrecía gratuitamente a desconocidos para que la violaran. Él los grababa. Gisèle ahora es mi heroína; quiere hacer un juicio público, ella quiere dar la cara y que se vea la de ellos, que son los culpables. Ella es una víctima que no quiere esconderse para mostrar el rostro de los verdaderos victimarios.
Rebecca Cheptegei, una atleta ugandesa que participó en los pasados Juegos Olímpicos, ha sido asesinada por su novio: la roció con gasolina y le prendió fuego. No murió en el acto, murió en el hospital, pero tiene que quedar claro que fue ASESINADA. ¿Es la única? NO. “El feminicidio por incineración consiste en quemar hasta causarle la muerte a una mujer víctima de violencia de género y constituye uno de los modos más cruentos del feminicidio. Quemar a las mujeres es un método que no siempre tiene como objetivo causar la muerte de la mujer, sino causarles sufrimiento permanente y dejarlas desfiguradas. Esta modalidad de la violencia de género (…) ha registrado un notable aumento en los últimos años.” Esto lo dice Wikipedia. Rebecca es el rostro conocido y publico de tantas mujeres cruelmente quemadas y asesinadas por el vil machismo
Los talibanes tomaron el poder en Afganistán en agosto del 2021. Sacaron a las mujeres y a las niñas de las escuelas y la universidad y las recluyeron en sus casas, las ocultaron a los ojos de la humanidad tras esos atuendos que las invisibilizan y coartan su libertad. Ahora, hace apenas unos días, les han prohibido hablar, hacer ruido al andar y asomarse al balcón. Pero a pesar de esto y jugándose literalmente la vida, las mujeres se han atrevido a salir a las calles y protestar alzando la voz.
Cuando escribo estas líneas 71 mujeres han sido asesinadas en España por el simple hecho de ser mujeres en 2024. 71 familia destrozadas, hijos e hijas sin madre, madres y padres sin hijas… Detrás de cada número hay una vida, una familia, una tragedia… Y muchos minutos de silencio. Ya dije alguna vez que cambiaría esos minutos de silencio por minutos de gritos acusadores, desgarradores, aterradores,… porque creo que no nos tenemos que callar más, tenemos que hablar, chillar, denunciar…
Tenemos que ser mujeres incómodas, no mujeres sumisas. Mi querida amiga Silvia Cuevas Morales ha publicado un libro con este título, Mujer incómoda. Dice Elvira Siurana en su presentación que “La fuerza de la desesperación convierte a Silvia en esta Mujer Incómoda. Este es un libro irritado y también irritante, no deja espacio a la complacencia, no muestra más camino que el de la fuerza existencial, esa pesadumbre de la vida consciente…”
En uno de sus versos Silvia dice:
Perdonad si mis versos están cargados de ira,
cuando leo impotente que han violado a otra hermana,
cuando veo cadáveres de mujeres y niñas.
Y un páramo plagado de cruces anónimas.
Cuando niñas hambrientas venden su cuerpo
en calles devastadas tras viles bombardeos.
Cuando escucho los gritos de auxilio de madrugada
Y la cifra de asesinadas y huérfanos aumenta…
Y sigue Silvia desgranando tantos y tantos motivos que la llevan a ser una mujer incómoda.
En este comienzo de curso, con todo lo que estamos viviendo, yo también quiero ser una mujer incómoda y os animo, mujeres, a uniros a este grupo. También a los hombres buenos, que los hay, pero queremos oír sus voces anunciando y denunciado las barbaridades que cometen los hombres contra las mujeres.
Nos quieren sumisas y calladas; nosotras nos rebelamos, gritamos y nos convertimos en mujeres incómodas.
