María Rosa Lorbés. alandar.org
Cuando llegué al Perú a los 25 años, toda mi vida dio un vuelco, no solo porque conocí a peruanas y peruanos maravillosos sino porque enseguida conocí a Gustavo Gutiérrez, excelente sacerdote, buena persona, extraordinario teólogo y gran creyente, además de amigo mío desde entonces. Anteayer tarde, a las 8 pm, se fue. Y lo hizo como siempre había vivido: con sencillez y humildad, sin ruido, en su pequeño departamento de menos de 80 metros.
Primero lo conocí a él, un hombre pequeño, sencillo y muy inteligente. Después fui conociendo su teología que, precisaba, debía ser nuestra espiritualidad; esa que no descubrimos en libros de análisis social, sino cuando bebemos en nuestro propio pozo, porque -le gustaba afirmar- la teología era un “acto segundo” como consecuencia de un primer acto de amor y de servicio, cada vez que vivíamos en comunión con Dios y los demás.
Después estudié mejor su texto y descubrí que, frente a quienes lo acusaban de marxista, desde los primeros capítulos de su libro afirmaba rotundamente que la liberación de la que él hablaba tenía tres niveles: el cambio económico y social para frenar las causas de la pobreza, el nivel humano que nos ayuda a cambiar como personas y el nivel más importante, liberarse del pecado que, para entender mejor, puede traducirse por egoísmo. Y como consecuencia de esa liberación, acercarnos más a Dios.
Como tantos hombres y mujeres inspirados por esa teología, descubrí entonces una nueva manera de hacer política como contribución a un mundo mejor y más justo para todos. Unos años después tuve la suerte de ser elegida para dirigir el Instituto Bartolomé de Las Casas (IBC) que él había fundado, e intenté aplicar lo que había aprendido de Gustavo para ayudar a la gente a servir mejor a los pobres mediante la organización y la formación, que es lo que busca el IBC desde siempre.
Pero lo que más agradezco hoy a Dios es haber descubierto, a través de muchas décadas, a Gustavo Gutiérrez como persona. Por eso me gusta siempre recordar, más que su calidad académica, por la que recibió innumerables diplomas y condecoraciones de un sinfín de instituciones, entre ellos, el Premio Príncipe de Asturias que le confirió España en el 2003 junto con Ryszard Kapuściński. La institución dice que ese reconocimiento es “Por su coincidente preocupación por los sectores más desfavorecidos y por su independencia frente a presiones de todo signo, que han tratado de tergiversar su mensaje”.
Ahí me di cuenta de por qué Gustavo se resistía siempre a ser compadecido o victimizado por los periodistas debido a las explicaciones que Roma le pedía. Siempre respondió, sin darse importancia, con seriedad y respeto. Y enfatizó que prefería andar con su Iglesia antes que marchar solo con su teología. Por eso Ratzinger afirmó terminado ese intercambio, que había quedado, como presidente de la Doctrina de la Fe, satisfecho con los argumentos de Gustavo Gutiérrez, aclarando la sana relación entre análisis social y marxismo sin traicionar el origen teológico de la reflexión.
Y termino recordando el agradecimiento del Papa Francisco en la carta que le dirigió a Gustavo el 29 de mayo de 2018 al cumplir sus 90 años: “Me uno a tu acción de gracias a Dios y también a ti te agradezco por cuanto has contribuido a la Iglesia y a la humanidad, a través de tu servicio teológico y de tu amor preferencial por los pobres y los descartados de la sociedad… y por tu forma de interpelar la conciencia de cada uno para que nadie quede indiferente ante el drama de la pobreza y la exclusión”.
Descansa en paz, Gustavo. Trabajaste mucho y en medio de dificultades de todo tipo. Descansa, te lo mereces.
