¿Renunciará Francisco?

 Jesús Martínez Gordo . cristianismeijusticia.net

Atendiéndonos a las circunstancias, no parece que el papa Bergoglio esté por la renuncia, pese a tener 88 años y permanecer ingresado en el Hospital Gemelli desde el pasado 14 de febrero a causa de una neumonía bilateral, además de otros problemas respiratorios graves. Y no lo parece porque, durante su estancia en el hospital, ha seguido gobernando mientras su salud debilitada no se lo impedía. Otra cosa es que pueda volver al Vaticano muy tocado y que, a su ya limitada movilidad, se le sume una nueva dificultad que le impida relacionarse con cierta normalidad, tanto con sus más directos colaboradores como con la gente. Supongo que entonces lo pensará. Es cierto que, una vez elegido en el 2013, le presentó a Tarsicio Bertone —entonces secretario de Estado— una carta firmada con su renuncia: «En caso de impedimento —le dijo— por razones médicas o lo que sea, aquí tienes mi renuncia». También es cierto que, en alguna ocasión posterior, ha sostenido que «la Iglesia no se gobierna con las rodillas, sino con la cabeza». Por tanto, sólo hay que esperar y ver cómo queda —según los médicos y él mismo— física y mentalmente, una vez salga del hospital.

Mientras, se han disparado las especulaciones de todo tipo. Las más sonadas son las que insisten en que presente la renuncia y que haya un cónclave lo antes posible para escoger a un nuevo papa —que, muy probablemente, ya no será un Francisco II o un Juan XXIV, sino un conservador Juan Pablo III o Pío XIII—. He aquí un buen argumento para llenar varias páginas de periódicos y muchas horas de televisión.

De todas las especulaciones que he oído y leído, me llaman la atención las referidas a intentar saber por qué una persona mayor y enferma quiere continuar al frente de la Iglesia. No creo que sea para aferrarse al poder. No veo a Francisco en esta línea. Más bien creo que se debe a que entiende que la reforma de la Iglesia que él ha iniciado sigue necesitando ser liderada por él. Y esa especulación —en caso de que fuese consistente— se presta a una doble lectura o interpretación.

En primer lugar, de reconocimiento y admiración. Francisco sabe que las corrientes conservadoras y tradicionalistas -tanto eclesiales como sociales- no le perdonan las duras críticas al capitalismo; su decidida e incansable apuesta por los pobres y los marginados del mundo (que pregunten a D. Trump ya JD Vance cómo les ha probado la carta que escribió a los obispos americanos invitándoles a estar junto a los emigrantes, pase lo que pase); su decidida apuesta por una economía y un mundo ecológico; su antimilitarismo y pacifismo; su proximidad a los homosexuales; su condena sin paliativos de la pederastia eclesial y, en general, su voluntad de aplicar lo que se aprobó en el Concilio Vaticano II y superar la implementación involutiva sufrida durante los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI.

Pero es igualmente consciente de que, en el interior de la Iglesia —y también fuera—, hay mucha gente que no le perdona el hecho de intentar inaugurar un nuevo modelo de comunidad cristiana en el que se tome en serio que todo el pueblo de Dios es «infalible cuando cree» o, con una expresión más laica, que todos los cristianos son soberanos en soberanos. Y que, por tanto, no sólo hay que combatir sin descanso todo atisbo de clericalismo, sino, sobre todo, revisar el ejercicio del poder en la Iglesia y propiciar un cambio radical al respecto, empezando —con una expresión suya— por «la conversión del papado». Algo de esto se puede percibir —ciertamente de forma muy modesta— en el Documento final del Sínodo mundial de 2024 sobre la sinodalidad que, ratificado por él, ha propuesto a todas las diócesis del mundo para que hagan una lectura implicativa.

Pero he dicho que la decisión de Francisco de continuar al frente de la Iglesia no me hace perder de vista que —a fecha de hoy— hay varios puntos de su gestión que me gustaría que implementara con mayor rapidez y algo más de coraje. Me fijo en dos: el primero, referido a la famosa «conversión del papado» y, por extensión, del poder episcopal y clerical. Entiendo que, para que tal «conversión» sea creíble, es necesario superar el modelo actual de gobierno y magisterio eclesial, desmesuradamente unipersonal, absolutista y monárquico, y, lamentablemente, tratado de forma muy insuficiente en el Documento final del Sínodo mundial de 2024. Y el segundo, referido al papel de las mujeres en la Iglesia. Valoro muy positivamente las responsabilidades que les está repartiendo (a algunas) en el Vaticano, pero le invito, imaginando lo que Jesús de Nazaret habría hecho en nuestros días, a abrir las puertas de la Iglesia para que las que lo quieran, puedan acceder al sacerdocio ministerial, es decir, al diaconado y, con el tiempo, al presbiterato y al e. La verdad es que las fuerzas de Francisco son muy limitadas y dura y voluminosa la tarea que le queda por hacer. Veremos qué puede terminar. Si es que puede…

[Imagen de wikimedia commons ]

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