A principios de este mes saltó a los medios la noticia de una adolescente de 14 años vendida por sus padres a una familia de Lleida para que contrajera matrimonio con uno de sus hijos de 21 años. El precio no era demasiado alto: 5.000 euros, cinco botellas de whisky y alimentos básicos, según nota de la guardia civil. El hecho ocurrió en enero, y desde entonces fue obligada a ejercer la mendicidad para aportar dinero a la familia compradora.
En el mes de octubre “la menor ha sido hallada en la localidad de Les Borges Blanques. Los Mossos d’Esquadra trasladaron a la menor a un centro de protección, donde actualmente recibe atención y apoyo especializado”. En este centro estuvo un mes. Cuando le tomaron declaración negó todo, tanto que la obligaran a contraer matrimonio como a mendigar. A partir de estos hechos el Juzgado suspendió las medidas de protección de la menor y archivó la causa. Ahora ha vuelto a vivir en Navarra con sus padres, a los que me imagino contentos con el desarrollo de los hechos, no tanto por recobrar a la hija, sino porque han cobrado una cantidad y le han devuelto “el producto” para volver a revenderlo. Todo esto está muy bien explicado por Alfonso L. Congostrina en El País.
El 1 de septiembre amanecimos con la horrible noticia de un gran terremoto de magnitud 6 en Afganistán. Las cifras de muertos y heridos no cesaban de aumentar con el paso de las horas. Las imágenes eran tremendas, también un tanto extrañas: no había mujeres, sólo hombres, y los que rescataban también eran varones. ¿Dónde estaban las mujeres? Las mujeres estaban bajo los escombros, donde, sin un ápice de misericordia, se dejó morir a las que aún estaban con vida. Las terribles normas talibanes prohíben el contacto físico con las mujeres a aquellos hombres que no son familiares. Todos los que estaban trabajando en el rescate eran hombres, ninguno podía tocar a las mujeres. Sabíamos de la terrible situación de las mujeres en Afganistán desde que, en 2021, los talibanes entraron en Kabul. El terremoto fue una vuelta de tuerca más en una situación realmente aterradora para las mujeres.
Este año, y una vez más, he participado en el festival de cine de Valladolid, la SEMINCI. Siempre puedo disfrutar de excelentes películas; muchas de ellas reflejan la realidad del mundo en el que vivimos. Aquí quiero señalar una: Girl. La directora, Shu Qi, nacida en Taiwán, nos muestra la vida de una familia: padre, madre y dos hermanas. La protagonista, Hsiao-lee, es una chica tímida y melancólica que vive atemorizada por una padre alcohólico y maltratador y una madre que vuelca en ella su historia de frustración, maltrato y violación por parte del marido alcohólico, quien en una ocasión deja claro que “vosotras sois mías”. Hsiao-Lee a lo largo de la proyección, en distintas ocasiones, cuando el padre llega a casa, se encierra en el armario huyendo de una posible violación.
No es este el espacio para desarrollar la película; sí lo es para explicar con estos tres casos, cada uno de un lugar distinto, el largo camino que aún nos queda por recorrer, aunque muchos piensen que las mujeres nos hemos pasado de la raya. No nos hemos pasado de la raya, no está todo conseguido, ni hemos llegado a la meta. No podemos dar un paso atrás en lo ya logrado, aunque muchos se empeñen en ello. En este mes, y con más fuerza que nunca, tenemos que salir a la calle a decir que queremos y tenemos derecho a vivir en un mundo de iguales, sin violencia y sin que nos maten por querer vivir en libertad.
En nombre de las que ya no están y de las que vendrán, seguiremos trabajando para que ni una mujer más sea tratada como mercancía y asesinada por el simple hecho de ser mujer.
