NUNCA HEMOS INTEGRADO LA FIGURA DE JUAN

Fray Marcos. feadulta.com

ADVIENTO 2º (A)

Mt 3, 1-12

Hoy Isaías y Juan tienen la palabra. El profeta es el hombre que ve un poco más allá que el resto de los mortales. No le gusta lo que ve y busca algo nuevo. Esa novedad la encuentra dentro de sí, viendo las exigencias de su ser. El profeta es siempre un explorador del espíritu que tiene la valentía de comunicar a los demás lo que ha visto.

Los tiempos mesiánicos llegarán cuando ni las religiones ni los conocimientos racionales tengan la última palabra, sino que la norma última sea “la ciencia del Señor”. ¡Genial! Esa sabiduría está en lo hondo de nuestro ser y solo allí debemos descubrirla.

El evangelio de hoy es un alimento tan condensado, que necesitaría muchas horas de explicación (diluirlo para que no resulte indigerible). El problema que tenemos es que lo hemos escuchado tantas veces, que es casi imposible que nos mueva a ningún examen serio sobre el rumbo de nuestra vida. Y, sin embargo, ahí está el revulsivo.

En aquellos días… Este comienzo es un intento de situar los acontecimientos y dejarlos insertados en un tiempo y en un lugar. Jesús tenía veintiocho o treinta años y estaba preparado para empezar su andadura. Los primeros pasos los quiere dar de la mano del primer profeta que aparecía en Israel después de trescientos años de sequía.

En el desierto. Aparece fuera de las instituciones y del templo, que sería el lugar más lógico, sobre todo si damos por supuesto que Juan era hijo de un sacerdote. Esto se dice con toda intención. Nos está advirtiendo que su predicación tiene muy poco que ver con la religiosidad oficial, que había desfigurado la imagen del verdadero Dios.

Convertíos, porque está cerca el Reino de Dios. Convertirse no es renunciar a nada ni hacer penitencia por nuestros pecados. Conversión (metanoia) es cambio de mentalidad. Es exactamente la frase con que, en el capítulo siguiente, comienza su predicación el mismo Jesús. Quiere resaltar la coincidencia de la predicación de ambos.

Éste es el que anunció el profeta Isaías. Esta manera de referirse al Bautista es muy interesante, porque resume muy bien lo que pensaban los primeros cristianos de Juan. Para ellos, la figura de Juan responde a las expectativas de Isaías y del pueblo. Juan es Elías (correa de cuero) que vuelve para preparar los tiempos mesiánicos.

Llevaba un vestido de piel de camello. Su figura es ya un reflejo de lo que será su mensaje, desnudo y sin adornos, puro espíritu, pura esencia. Juan es un inconformista que no se amolda a la manera religiosa de vivir que tenían los judíos de su tiempo.

Acudía a él toda la gente. La gente se aparta del templo y busca la salvación en el desierto junto a un profeta. La religión oficial se había vuelto inútil, en vez de salvar esclavizaba. Mateo llevará la gente a Jesús, en quien encontrará la salvación definitiva.

Dad el fruto que pide la conversión. Los fariseos y los saduceos eran los dos grupos más influyentes. Van a bautizarse, pero sin cambiar. Las instituciones opresoras tratan de domesticar ese movimiento inesperado, pero son desenmascarados por Juan. 

Él os bautizará con Espíritu Santo. Está hablando de un bautismo superior al suyo. Toda plenitud es siempre realizada por el Espíritu. No se trata del Espíritu Santo, sino de la fuerza de Dios que actúa en Jesús y en todo el que “se bautice en él”.

La conclusión es demoledora. Ninguna religiosidad que no valore al hombre tendrá sentido. Somos propensos a dilucidar nuestra existencia relacionándonos directamente con Dios, pero se nos hace muy cuesta arriba el tener que salir del egoísmo y abrirnos a los demás. Nos cuesta aceptar que lo que me exige Dios (mi verdadero ser) es que cuide del otro. Si nos pudiéramos escamotear de esta exigencia, todos seríamos buenísimos.

Fray Marcos

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