[Por: Rosa Ramos].amerindiaenlared.org
“Nada se pierde, todo se transforma”
(así decimos desde la Ley de Lavoisier a canciones)
¿Valió la pena?
Todo vale la pena, si el alma no es pequeña.
Fernando Pessoa
Invito a contemplar las tres imágenes de izquierda a derecha, pues son una sucesión en el tiempo. En la víspera del cuarto domingo de Adviento encendí las cuatro velitas de la corona. Vi que la cera se derramaba sobre el vidrio, no me importó, la dejé y contemplé. Recé la luz irradiada, ese gastarse de las velas y el derrame copioso de cera. Al día siguiente la retiré con cuidado, pero en vez de descartarla en la basura, busqué formas, jugué con ellas. Encontré esas figuras en las que podía ver claramente unos padres con un bebé recién nacido, incluso un ángel: ¡todo un “pesebre”!
Contemplé en las velas que se achicaban, tantas vidas que se gastan, que se queman día a día, alumbrando como esas pequeñas luces; la mayoría de nosotros gastamos nuestras vidas de manera sencilla, en el ir y venir cotidiano. Pocos se elevan e iluminan un poco más lejos o durante un período mayor, pero todos nos gastamos, derramamos y más temprano que tarde nos apagaremos.
La sucesión fue también motivo de oración. La primera imagen es hermosa, colorida, plena de vida, con casitas, con jazmines y violetas. La segunda es curiosa, sugerente, precisamente esa cera que se derramaba fue la que dio un giro a mi oración. ¿Retirarla inmediatamente, no dejar que manchara el vidrio, evitar que ese deshecho entorpeciera? ¿O disfrutar de sus colores que se iban mezclando, de las formas circulares que se iban formando? Opté por dejar que la cera se derramara toda. La tercera imagen es la más simple, casi toda del mismo color morado de Adviento, que resalta por el fondo de una siempre hoja blanca. Esas figuras tan elementales y desprovistas de todo “aditamento”, reflejaban bien la kenosis del himno paulino.
En primer lugar, envié las fotos y mi reflexión a personas que en el último tiempo vieron gastarse hasta el final, hasta apagarse, la vida de seres queridos cercanos. Les dije, ¿ven?: “nada se pierde”, “todo vale la pena” si sabemos hacer una hermenéutica y/o resignificar esas vidas, esas historias; si no las descartamos rápidamente de nuestro horizonte, queriendo negar el dolor suyo y nuestro, si no apuramos el olvidarlas, si somos capaces de permanecer junto al ser querido gastándose, si somos capaces de mirar sin asco ese derramarse de sus vidas, y si luego nos damos tiempo para “recoger” el legado, sin tirarlo a la basura.
Este año, como todos los años, se apagaron muchas vidas, las nombré, recé, agradecí su llamita encendida, su pasaje por esta tierra y su entrega como esa cera derramada. Es verdad que muchas veces titilan las velas, se empequeñece su luz, también flaquean las personas… Huracanes antiguos o vientos nuevos, pueden hacer que las velas quemen o produzcan daño a su alrededor. Por eso es importante dar tiempo, como en aquella parábola del trigo y la cizaña en que Jesús nos enseña la paciencia de esperar a que los frutos maduren. A veces en el quemarse final las personas pueden regalarnos sus mejores colores y ellas mismas sentirse redimidas. Claro que es preciso paciencia, tiempo y una prodigalidad de amor como aquel del padre pródigo.
Esa experiencia de “muriendo sanar” la vi hace cerca de diez años, y la volví a ver este año, no directamente, sino estando cerca de quien acompañaba con un amor inmenso y sanador a su padre. Cada día el reporte, el diálogo y la iluminación. “Ver” y señalar admirada lo que Dios estaba haciendo en aquel hombre, en la familia, especialmente por medio de aquella hija. Contemplando las velitas y la cera que avanzaba como lava, madera abajo formando figuras a interpretar, recé historias.
También recé las velitas-vidas “sin nombre”, en tantas partes del planeta, muchas aplastadas por la violencia de unos o por la desidia de muchos. Recé por las descartadas como “daños colaterales”, sepultadas o no, y olvidadas. Tanta cera-sangre derramada y no recogida, tanta sabiduría, tantas historias y sueños no contados.
Y, sin embargo, es posible aprender a recoger cuidadosamente, de un modo u otro, esos sueños y esa dignidad escondida de cada persona o pueblo. Por eso me gusta tanto el cine documental y escuchar las historias mínimas contadas con ternura por las familias, los amigos contemporáneos, o por los investigadores, si ha pasado mucho tiempo y hay que desenterrar para sanar.
Cuando nos tomamos tiempo para ver, mover, armar o recrear esas historias desde una mirada de salvación, aparecen figuras fantásticas, hermosas y a la vez simples, como en la tercera foto.
Nuestras historias, aunque diversas, se parecen mucho: todos buscamos amar y ser amados, todos procuramos vivir con sentido y generar vida, muchas veces nos movemos arrastrando heridas, equivocándonos. Sin embargo, si tenemos tiempo, y alguien que nos mire con amor genuino y misericordia, nos damos cuenta qué fue lo esencial, y por qué valió la pena vivir. Y podemos morir reconciliados con nosotros mismos, con los demás y con el Misterio, bajo la forma que se conciba.
Las personas que acompañan pueden ver y ayudar a ver ese sentido y acoger la reconciliación. “Todo vale la pena si el alma no es pequeña.” Errar, fracasar, no ser comprendido, incluso morir. Ese verso de Pessoa que me ha marcado fuerte, espero recordarlo también en mi propio final.
Re-significar aquello que parece no tener sentido -como la enfermedad, la muerte, el vacío, lo que Jaspers llamaba “situaciones límites”-, es encontrar nuevos sentidos, nuevos mensajes de la historia personal y comunitaria que iluminan otros senderos a seguir.
La historia de salvación -la única historia- va recogiendo los fracasos, aprendizajes y deseos hondos de los pueblos, que interpreta como “promesas de Dios”, siempre a purificar. El pueblo de Israel esperaba un salvador, pero no “un niño envuelto en pañales recostado en un pesebre”. La gran luz que esperaban, y había anunciado Isaías, ha de ser descubierta en un inesperado y frágil niño, nacido en el margen de aquel mundo.
Esta Navidad, nos invita una vez más a purificar nuestros deseos, a simplificarlos, a quedarnos con lo esencial: dejándonos amar por Dios, ese de Jesús, que no retiene para sí ni pretende ninguna gloria, sino que se hace uno de nosotros en la periferia porque “no hay lugar para ellos” en la ciudad de David. Nos invita a procurar una historia sin descartar y sin descartados, descubriendo el hilo de oro del amor en cada persona. Para que nadie se pierda hasta que Dios sea todo en todos.
Feliz y fecunda Navidad en cada uno.
