Ianire Angulo Ordorika, ESSE. A pie de calle. vidanuevadigital.com
Llevo una temporada que, cuanto más veo las noticias, más sensación tengo de ser apenas una pieza de un tablero de juego en manos de otros. No tengo muy claro si la partida es de ‘Risk’ y consiste en tramar estrategias, obviando cualquier legislación internacional y principio ético, o si es un ‘Monopoli’ inmenso, en el que se trata de ver quién llena más y más rápido sus arcas. Me da la sensación de que estamos, más bien, en una combinación de ambos, en el que juegan unos pocos gobernantes y donde las fichas poco o nada podemos hacer. El panorama político internacional me recuerda cada vez más a una de esas series distópicas en las que lo que asusta es cómo la realidad se acerca demasiado a la ciencia ficción.
Lo que sucede en la actualidad me trae a la memoria el libro de Judit, que también es un relato “distópico”, con la diferencia de que, en vez de generar miedo y desesperanza, quiere provocar todo lo contrario. El libro presenta una situación histórica absolutamente desconcertante para cualquiera familiarizado con la historia de Israel, atribuyendo Nabucodonosor, el gobernante babilónico que arrasó Jerusalén, al imperio asirio, que fue el que destruyó el reino del norte. Como siempre sucede en todas las distopías, el mensaje es más “de fondo” y dibuja una situación que no me parece demasiado lejana a la actual. Al fin y al cabo, no hay que ser muy intuitiva para ver cómo alguno tiene decidido que “todos los pueblos adorasen solo a Nabucodonosor, y todas las lenguas y tribus lo invocasen como dios” (Jdt 3,8).
David contra Goliat
Betulia es el nombre ficticio de una pequeña aldea se cruza en el camino de la potencia militar e impide su entrada en la capital. Como un nuevo David contra Goliat, Betulia se enfrenta a un imperio que devasta por donde pasa. Supongo que no soy la única que, cuando veo cómo unos pocos se mueven en el tablero internacional, me brota identificarme con la impotencia y la insignificancia que representa Betulia y hacerme cargo de cómo los más frágiles son quienes tienen todo que perder.
Ojalá no nos quedemos a mitad de la historia y podamos leer hasta el final del libro, porque es ahí donde se pone en evidencia que, aunque no parezca evidente, lo débil tiene una palabra contra lo fuerte. Al fin y al cabo, por mucho que alguno se empeñe en endiosarse, nosotros creemos en ese que es “Dios de los humildes, ayuda de los pequeños, defensor de los débiles, protector de los abandonados, salvador de los desesperados” (Jdt 9,11).

A pie de calle Ianire Angulo Ordorika, ESSE
Profesora de la Facultad de Teología de la Universidad Loyola
