Ianire Angulo Ordorika, ESSE A pie de calle. vidanuevadigital.com
En los últimos días se me han unido por dentro un par de cosas que, por separado, parece que no tienen nada que ver. Quizá la primera y más evidente sea el drama del accidente ferroviario que ha tenido lugar en Andalucía, con esa acumulación de sentimientos que se agolpan ante ella. Me ha resultado inevitable tanto emocionarme ante las historias de fallecidos y supervivientes como hacerme cargo de lo que implica lo sucedido para los afectados y su gente querida. Situaciones así ponen en evidencia nuestra profunda vulnerabilidad. Por más que ignoremos nuestra fragilidad en el día a día y preferiríamos vivir de espaldas a ella, hay acontecimientos que nos la ponen delante, que nos exigen mirarla a la cara y que, ojalá, nos recuerdan la importancia de vivir cada día teniendo claro qué vale la pena y qué no, sin cuentas pendientes y sin ahorrarnos gestos ni expresiones de cariño.
Después de la intensidad de esta primera noticia, esa segunda que se me vinculaba por dentro puede parecer prosaica. Estos días han estrenado una película: ‘Hamnet’. No la he visto, pero que me llamó mucho la atención lo que leí sobre la trama. El filme parte de un dato histórico, la muerte de un hijo de Shakespeare llamado Hamnet, para introducir al espectador en la complejidad que siempre supone la elaboración del duelo de unos padres.
Lo que me llamó la atención fue un detalle del contexto histórico en el que hacía caer en la cuenta el periodista cultural que presentaba el estreno. Se trata del hecho de que, en la época en que vivió el literato, Inglaterra había transitado del catolicismo a un austero protestantismo en el que ninguno de los rituales religiosos por los difuntos estaba permitido. Por mucha ficción histórica que sea, la tesis de la película delata algo que tuvo que suceder: la transformación del modo en que una sociedad facilita el difícil proceso que supone despedirse de los seres queridos.
Despedidas sanas
Aunque parezcan realidades muy dispares, el estreno de una película y el accidente de trenes me llevan a reconocer una vez más la importancia y la complejidad que conlleva siempre despedirse de forma sana de quienes son significativos para nosotros. Aunque la senda del duelo solo pueda ser transitada por la propia persona, hay prácticas sociales que pueden ayudar. Una de esas prácticas era lo que fueron a hacer aquellas mujeres que se acercaron al sepulcro la mañana del primer día de la semana con aromas para ungir el cadáver de Jesús (cf. Mc 16,1-2). Ojalá todos podamos acoger esa misteriosa vida que se esconde en las despedidas y, como ellas, ir a buscar a un muerto y encontrarse con la Vida.

