El miedo de la institución eclesial a cambiar su lenguaje 

 Jesús Bonet cristianismeijusticia.net

Lo que no entiendo me deja indiferente

Hace un siglo escribía el filósofo austriaco Wittgenstein: «Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo».[1] Esos límites son cuantitativos y cualitativos. Un lenguaje estrecho, incomprensible o mágico hace referencia a un mundo estrecho, incomprensible o mágico. Quien no es capaz de adaptar los «juegos de lenguaje» (como los denomina Wittgenstein) de una época a los de otra, una de dos: u opta por «de lo que no se puede (o no se sabe) hablar, mejor es callarse»[2] o se resigna a que su lenguaje sea rechazado o ignorado, pues «el significado de una palabra es su uso en el lenguaje»[3], y si su uso ha cambiado y no sé interpretar el lenguaje antiguo, el significado se ha perdido para mí, no me dice nada, me deja indiferente. El lenguaje siempre lleva consigo una interpretación; es interpretativo, no es mecánico, necesita claves de interpretación.

El lenguaje religioso-eclesial de hoy (documentos, textos litúrgicos, homilías, etc.), salvo excepciones del papa Francisco y algunas otras, suena a patriarcal, anacrónico, hiperbólico, lejano a las personas y a la cultura actual. Resulta difícil aceptar —y sobre todo comprender— dogmas, mitos, ritos y normas que pululan por el planeta religioso cristiano, porque se muestran muy distantes de la persona y del mensaje de Jesús de Nazaret; y también es difícil comprender el lenguaje con el que se nos presentan. El lenguaje de los sacramentos huele frecuentemente a magia; el lenguaje sobre el Misterio se transforma en lenguaje misterioso, incomprensible; y el lenguaje sobre la vida real se escapa como el agua en un cesto.

San Pablo ya era crítico con el lenguaje que no se entendía en las reuniones comunitarias cristianas: «Si uno habla un lenguaje que yo no conozco, mis palabras serán un galimatías para él y las suyas para mí» (1Cor 14,11); «En la asamblea prefiero pronunciar media docena de palabras inteligibles, antes que diez mil en una lengua extraña» (1Cor 14,19).[4]

Creemos como hablamos y hablamos como creemos

El pensamiento crea el lenguaje y el lenguaje re-crea el pensamiento. Existe una circularidad entre lenguaje y pensamiento, pensamiento y lenguaje. Es la mayor riqueza adquirida en el proceso de hominización que ha conducido hasta el homo sapiens.

Hay una secuencia en el triple valor del término griego lógoslógos es pensamiento, razón; lógos es también palabra, expresión; y lógos es sentido, opción. Solo hay coherencia plena en una persona o en una relación humana cuando se produce la armonía entre pensamiento, palabra y sentido. Lo contrario genera un desajuste que convierte a una persona o a una institución en no-creíbles.

Vuelvo a Wittgenstein: «[…] el mejoramiento de nuestra terminología para evitar malentendidos en el uso práctico es perfectamente posible».[5] No conviene olvidar que el lenguaje es un juego y que puede haber tantos lenguajes como juegos lingüísticos podamos crear o recrear. Lo importante es que el lenguaje tenga sentido.

En un interesante libro, el teólogo y biblista Fidel Aizpurúa afirma que

la manera de decir la fe desvela la manera de creer. […] Una fe hecha de palabras cansinas, repetidas, interesadas, insinceras es una anti-fe que, aunque persista, está muerta, habla el lenguaje de la muerte. […] Las palabras de una fe viva llevan una experiencia dentro. Por eso son, a veces, palabras intuitivas, balbucientes, imprecisas. Una fe de términos exactos no deja de ser sospechosa. […] Si algo caracteriza a la palabra de fe es que lleva siempre el temblor de la libertad.[6]

El miedo a que cambiando el lenguaje se vacíe el contenido

Cambiar el lenguaje puede significar asumir otro modo de entender los contenidos o de mostrar que esos contenidos ya no sirven. En el ámbito religioso, el cambio de lenguaje presupone una modificación en lo que entendemos por fe. Esto vale para el lenguaje con que nos referimos a ese Misterio que llamamos Dios, a los dogmas que se consideran intocables, a las normas, a los ritos, etc., «y eso produce vértigo en la estructura clerical, que se basa, precisamente, en un modo supuestamente indiscutible de hablar de Dios. […] El clero no quiere otras interpretaciones que las que él da»[7]; piensa que modificar el lenguaje conlleva el riesgo de vaciar el contenido, el fondo. Pero es cierto que en muchos casos es preciso vaciar ese contenido, porque procede de modos obsoletos de entender el mundo, el ser humano e, incluso, la propia persona y el mensaje de Jesús. ¡Claro que hay que vaciar muchos contenidos del lenguaje de la institución eclesial!

Un texto de la tradición no puede ser repetido literalmente. Hay que revisarlo, reinterpretarlo y, a veces, dejarlo definitivamente de lado. Los nuevos ojos u oídos con los que se lee o escucha, los cambios culturales, las nuevas experiencias personales y comunitarias, el análisis crítico del origen y de la historia del texto, los diferentes horizontes temporales y locales… nos llevan en la comunidad a reinterpretarlo mediante una fusión de horizontes (el pasado y el actual) en la que prevalezca lo que ahora significa algo.

El miedo al cambio de lenguaje puede delatar un miedo a la verdad. Además, ese cambio de lenguaje no afecta únicamente a lo verbal; también al silencio, al gesto, al abrazo, al beso, a la danza, a la mirada… Ya no sirven los lenguajes rígidos, inexpresivos y saturados de verborrea.

El miedo clerical a perder identidad y poder

No me cabe duda, psicológica y teológica, de que la estructura clerical piensa que, si pierde el control del lenguaje, pierde el poder, y eso le crea una crisis de identidad. Buena parte del clero no es consciente de que la tradición es dinámica, creativa y diversa; la creatividad, la diversidad y la capacidad de revisar nos hacen humanos. Pero eso desata el miedo de la estructura, porque lo percibe como el hundimiento de lo inamovible, la destrucción de «su poder de marcar el rumbo de los creyentes y de controlar sus conciencias»[8] y, tal vez, la crisis de la religión como tal.

Hay bastantes sacerdotes, religiosos y laicos que dudan o no creen muchas cosas que se supone que hay que creer, pero no lo dicen; viven casi en una esquizofrenia espiritual, al estilo del San Manuel Bueno, de Unamuno[9], por temor al control de los obispos o a las denuncias de algunos laicos o compañeros de sacerdocio.

Pero el lenguaje del miedo y de la culpa, que tanto ha servido y sirve a quienes quieren mantener el poder, se desinfla en quien se libera de miedos y culpas que no tienen fundamento, convirtiéndose así en un problema para el poder.

[1]Ludwig Wittgenstein, Tractatuslogico-philosophicus5.6. Revista de Occidente, Madrid 1957).

[2]O. cit., 6.523.

[3]Ludwig Wittgenstein, Investigaciones filosóficas, 43. Trotta, Madrid 2021.

[4]Nueva Biblia española. Traducción de Juan Mateos.Ediciones Cristiandad.

[5]Ludwig Wittgenstein, Investigaciones…132-133.

[6]Fidel Aizpurúa Donazar, Crees como hablas. Ed. Fe adulta, Illescas (Toledo), 2024, p. 90.

[7]F. Aizpurúa, O. cit.l. cit.

[8]F. Aizpurúa, O. cit, l. cit.

[9]Miguel de Unamuno, San Manuel Bueno, mártir. Alianza, Madrid 1976.

[Imagen de Anna Sulencka en Pixabay]

Un comentario

Deja un comentario