Llega el tío Jacob con sus rebajas

Dolores Aleixandre. alandar.org

No tengo ni idea de la procedencia del dicho: “Llegó el tío Paco con sus rebajas” y la IA no me contesta más que vaguedades, cosa que no me extraña porque la voy pillando con cierta frecuencia bastante “pez”, sobre todo en temas bíblicos.

En todo caso, la asociación con lo de la rebaja me ha venido hace poco al leer una escena del libro del Génesis (Gn 28, 10 ss): Jacob, que es algo así como el hijo pródigo del Antiguo Testamento, va huyendo en medio de la noche después de haberse ganado a pulso la furia de Esaú que le persigue. Es de noche, se echa a dormir y escucha en sueños por parte de Dios una avalancha de declaraciones de afecto, unas promesas tan alucinantes que le dejan sumido en el estupor por una predilección tan asombrosa e inmerecida: eres alguien aceptado, elegido y bendecido, colmado de dones, poderoso ante las naciones, poseedor de tierras, agraciado con una descendencia incontable, seguro de contar con una Presencia amorosa a su lado protegiendo su camino.  

Según la narración, Jacob se queda estremecido y hace un gesto ritual para marcar ese lugar como sagrado, pero luego se pone a hacer su propia traducción de lo escuchado y lo que se le ocurre decir es esto: “-Si Dios está conmigo, si me protege en este viaje que estoy haciendo y me da el alimento y la ropa necesarios, y si puedo volver sano y salvo a casa de mi padre; entonces el Señor será mi Dios, y esta piedra que he levantado a modo de estela será la casa de Dios; y de todo lo que me des te daré el diezmo”.

Vaya por Dios, lo que había escuchado en forma de indicativo rotundoél lo pasa a condicional y ya no queda huella de la desmesura, espaciosidad, derroche o sobreabundancia de las promesas escuchadas: todo se encoge,  se estrecha y se reduce a nano-expectativas: bocata de chopped, camiseta y vaqueros de mercadillo, billete low cost para volver, una habitación en alguna pensión barata. Eso sí, hay que cumplir con el diezmo y subir a redes esa foto en la que compras un paquete de pañuelos al tipo que pide en el metro.

Me acuerdo de un apotegma de los padres del desierto: “Decía una vez el abad Lot al abad José: – Padre, ayuno un poco. Oro y medito; trato de vivir en paz en lo que de mí depende; procuro purificar mis pensamientos. ¿Qué más puedo hacer? José se puso de pie y extendió sus manos hacia el cielo. Sus dedos se volvieron como diez llamas y dijo: Si quieres puedes ser todo fuego”.

Y me vienen también estas imágenes descomunales de un poema de Carmelo Guillén Acosta, como invitación a ir por la vida con las velas desplegadas y fuera del alcance de las rebajas del tío Jacob:

Como un ave a sus crías,
como un gato montés a su pareja en celo,
como cuando un gorila no sólo abre la boca
     sino que se golpea el pecho demostrando su fortaleza física,
así él me protege de las contrariedades,
me providencia,
asume que es un padre pendiente de su hijo y me dice:       
      “Yo te he engendrado hoy”.

Como un don imbatible,
como la mejor muestra de intimidad conmigo,
como cuando la vida no sólo nos cautiva
      sino que nos descubre un mundo sin lugar a dudas fascinante,
así él me involucra en su vida beatífica,
me diviniza,
irrumpe en mi quehacer diario con el brío pujante
      de una planta trepadora. 

Como un torno envolvente,
como un ansia continua por moverme en su órbita,
como cuando una ola no sólo nos alcanza
       sino que nos arrolla en su giro y nos transporta a otra realidad, 
así él me arrebata de continuo a sus cosas,
me predilecta,
fija dejarme en heredad los confines de la tierra
     y orientarlo todo a mi favor,

a mí, su favorito,
aquél por quien existe cuanto ha sido creado.

(Abba, Padre. Lo entenderás más tarde)

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