Vi solo algunos fragmentos del medio tiempo del Super Bowl, pero fueron suficientes para conmoverme. En el escenario más visto de Estados Unidos —ese donde se decide qué merece ser celebrado frente a millones— aparecieron la música, el idioma y la alegría hispanoamericana sin pedir permiso. Y mientras miraba, sentí algo difícil de explicar: como si el corazón respirara hondo… y luego se apretará un poco.
Esperanza, porque ese instante parecía decirle a nuestra gente: no están derrotados; todavía hay belleza, todavía hay voz. Y, al mismo tiempo, una leve tristeza, porque la ovación pública no borra las heridas ni convierte de pronto la vida cotidiana en algo seguro para tantas familias que viven en incertidumbre. Aun así, hubo algo innegable: por un momento, lo hispano no fue sospecha ni problema, sino celebración. Y eso, en tiempos como estos, no es poca cosa.
Pensé en cuántas veces, últimamente, nuestras comunidades aparecen en las noticias solo cuando hay conflicto, cifras o polémicas, y rara vez cuando hay alegría, talento o vida compartida. Migrantes convertidos en estadísticas o amenazas abstractas, pero casi nunca presentados como personas concretas con historias, sueños y contribuciones reales a la sociedad que habitan y sostienen. Quizá por eso ese momento resultó tan conmovedor: no era solo música, era el reconocimiento de una presencia que tantas veces se vive en silencio, trabajando, cuidando, sosteniendo hogares y comunidades sin recibir reconocimiento alguno.
También pensé que quizá tenía que ser justamente un artista como Bad Bunny —con sus contradicciones y un estilo discutido por muchos— quien lograra producir ese efecto, porque conecta con un público al que otros discursos ya no llegan. No deja de ser significativo que haya sido la cultura popular la que, por una noche, pusiera en el centro algo tan simple y tan necesario: la alegría y la dignidad de un pueblo.
Mientras algunos discursos públicos se empeñan en sembrar desconfianza hacia quienes llegan de otros países, el arte logra recordarnos algo elemental: que compartimos sueños, pérdidas y esperanzas similares. Y pensé también en nuestras comunidades de fe, sostenidas en gran parte por mujeres migrantes que sirven, cuidan y acompañan mientras cargan sus propias incertidumbres. Muchas veces su fe es lo único que les permite seguir adelante mientras continúan sosteniendo a otros.
Por eso resultó tan significativo ver, aunque fuera por unos minutos, que aquello que suele vivirse en la periferia apareciera celebrado públicamente. Como si, por un instante, se reconociera la dignidad de quienes rara vez ocupan el centro del escenario, incluso dentro de nuestras propias comunidades creyentes, donde tantas mujeres sostienen silenciosamente la vida comunitaria.
Y entonces surgió una pregunta serena pero inevitable: ¿cómo puede ocurrir que, en ciertos momentos, la cultura popular logre expresar con mayor claridad la humanidad compartida que algunos discursos cristianos cuando se trata de comunidades migrantes?
No como acusación, sino como examen de conciencia. Si algo muestra el Evangelio es que la dignidad humana no debería necesitar escenarios para ser reconocida. Sin embargo, a veces es el arte el que logra recordarnos que nadie debería vivir reducido al miedo o a la invisibilidad.
Tal vez por eso ese momento quedó resonando más allá del espectáculo. Porque recordó que la alegría y la dignidad de nuestros pueblos siguen vivas. Y quizá la esperanza comienza a reconstruirse en lugares inesperados, allí donde todavía se nos recuerda que seguimos siendo humanidad compartida.
A veces basta un instante de reconocimiento para que el corazón vuelva a respirar. Y tal vez, en silencio, algo así comenzó a ocurrir esa noche.
Yolanda Chávez
