por Izaskun Fernández Ruiz. alandar.org
Edith Stein fue una filósofa alemana que defendió la dignidad intelectual y espiritual de las mujeres en un mundo que las aceptaba solo con límites.
Nací en Breslau, en una ciudad donde las fronteras nunca fueron solo líneas en un mapa. Vine al mundo en el seno de una familia judía trabajadora, en una casa donde la vida se sostenía con esfuerzo cotidiano, disciplina y una memoria transmitida sin solemnidad. Nacer mujer no fue una desgracia ni un privilegio; fue una condición asumida, acompañada de expectativas silenciosas que aprendí a reconocer antes de saber nombrarlas.
Mi padre murió cuando yo era aún muy pequeña. Su ausencia dejó un vacío que no se llenó con palabras, sino con responsabilidad. Fue mi madre quien sostuvo la familia, el negocio y la dignidad diaria con una firmeza callada que marcó para siempre mi comprensión de la fuerza femenina. Nunca habló de derechos ni de emancipación, pero su vida entera fue una lección constante de resistencia lúcida. De ella aprendí que una mujer puede sostener el mundo sin que nadie lo note, y que esa forma de fortaleza no necesita reconocimiento para ser real.
Crecí rodeada de hermanos, y entre ellos mi hermana ocupó un lugar que nunca necesité definir. No éramos iguales ni caminamos siempre en la misma dirección, pero compartíamos una comprensión silenciosa del mundo. Desde niñas aprendimos a observar antes de hablar, a leer los gestos, a percibir lo que no se decía. No era una virtud cultivada; era una adaptación temprana, una forma de estar atentas para no quedar expuestas.
Desde muy joven supe que pensar no era un lujo. Las preguntas se imponían con una urgencia que no me dejaba descansar. No eran juegos intelectuales ni curiosidades pasajeras, sino exigencias vitales: qué es la verdad, qué hace digna a una vida, por qué el sufrimiento parece repartirse de manera tan desigual. Comprendí pronto que, para una mujer, pensar es ya una forma de desobediencia.
Mi inteligencia era aceptada mientras no incomodara. Cuando empezó a hacerlo, se volvió problemática. Escuché elogios que funcionaban como límites, palabras amables que encerraban una advertencia: brillante para una mujer, excepcional en su condición. Como si la verdad alcanzada necesitara una excusa.
Elegí la filosofía no por ambición, sino por necesidad interior. No buscaba destacar ni demostrar nada; buscaba comprender. Y fue allí donde confirmé que incluso los espacios dedicados a la razón estaban construidos desde una mirada que se decía universal, pero tenía rostro masculino. Nunca acepté que lo femenino fuera una versión incompleta de lo humano. Ser mujer no me alejaba de la verdad; me situaba en una experiencia concreta de ella. Nuestra historia, marcada por la exclusión y la responsabilidad silenciosa, nos ha dado una sensibilidad particular hacia lo concreto, lo vulnerable, lo relacional.
Defendí siempre que la mujer no debía imitar al hombre para ser reconocida. No necesitábamos adoptar una razón ajena, sino ampliar la noción misma de racionalidad. La razón sin cuerpo, sin experiencia, sin sensibilidad, es capaz de justificar cualquier atrocidad. La experiencia femenina no empobrece el pensamiento; lo vuelve responsable.
Creí profundamente en la educación de las mujeres. No como adorno cultural, sino como acto de justicia. Una mujer sin educación vive en una biografía escrita por otros. Una mujer educada puede nombrarse, comprenderse y elegir. Defendí que las mujeres debían acceder a todos los campos del saber, no para dominar, sino para participar plenamente en la construcción del mundo común. Negar a una mujer el derecho a pensar es negarle su condición de sujeto.
Hubo un tiempo en que creí que la razón bastaría. No por soberbia, sino por honestidad intelectual. Necesitaba comprender antes de afirmar. Pero la búsqueda de la verdad, cuando se lleva hasta el final, no se deja encerrar en compartimentos. La razón me condujo a un límite donde ya no podía avanzar sola.
No fue una huida del mundo ni una renuncia al pensamiento. Fue, por el contrario, una profundización. Descubrí que la interioridad no es evasión, sino raíz; que el silencio no es vacío, sino espacio de escucha; y que la verdad, cuando se encuentra, exige una respuesta vital, no solo intelectual.
Elegí una forma de vida retirada no para desaparecer, sino para concentrar la existencia en lo esencial. No abandoné el mundo; lo llevé conmigo de otra manera. Mi condición de mujer no quedó anulada; se volvió más consciente, más libre, más responsable.
Durante mucho tiempo pensé que mi condición judía era una herencia íntima, familiar, casi doméstica. No imaginé que se convertiría en una categoría política, en una sentencia dictada desde fuera. El odio no apareció de golpe. Se filtró lentamente en el lenguaje, en las leyes, en las miradas. Vi cómo la deshumanización se volvía costumbre, cómo muchos preferían no ver. Yo vi, porque había aprendido a reconocer los signos: cuando el otro deja de ser persona y pasa a ser problema.
Ser mujer y ser judía en ese contexto significó una doble exposición al peligro, pero también una doble lucidez. El régimen no sólo perseguía cuerpos; perseguía significa- dos. Redefinía quién merecía vivir y quién no. Comprendí entonces que ninguna defensa de las mujeres puede separarse de la defensa de toda vida vulnerable. Cuando un sistema decide que unas vidas son sacrificables, todas lo están. Fui expulsada de la enseñanza no por incapacidad, sino por origen. No me estaban quitando un trabajo; me estaban negando un lugar en el mundo.
En todo ese tiempo, mi hermana permaneció. Nuestras vidas tomaron caminos distintos, pero el vínculo nunca se rompió. Cuando el peligro se volvió evidente y aún existía la posibilidad de huir, supe con absoluta claridad que salvarme sola no era una opción. No fue una decisión heroica. Fue una consecuencia natural del amor. No podía hablar de dignidad humana y aceptar una salvación que implicara abandonarla. El terror busca aislar; permanecer juntas era resistir.
Caminamos juntas hasta el final. Sin promesas, sin ilusiones. Allí, donde todo estaba diseñado para borrar la singularidad, bastaba una mirada para recordarnos que seguíamos siendo personas. Vi a mujeres sostener a otras mujeres cuando ya no había fuerzas, compartir lo inexistente, cantar en voz baja, recordar nombres para que no se perdieran. Aquello fue humanidad viva, ética encarnada.
Nos quitaron casi todo. No pudieron quitarnos la relación. Elegí no salvarme sola. Elegí no sobrevivir abandonando. Elegí permanecer.
Nací en Breslau como una niña judía. Viví como una mujer que pensó, buscó y fue fiel. Morí sin traicionar a quien caminaba a mi lado. Y mientras una sola mujer se atreva a pensar con honestidad y a vivir conforme a su conciencia, ninguna vida habrá sido inútil.
