D. 1º CUARESMA (A)
Mt 4,1-11
La cuaresma no es un tiempo de examen para sentirnos pecadores y pedir a Dios que nos saque de ahí. Pasada la alegría de sentirnos perdonados, seguía la angustia de volver a fallar. Debemos dar paso a una toma de conciencia de nuestras posibilidades de absoluto.
La cuaresma es un tiempo para analizar nuestra vida y descubrir los pasos que nos alejan de la meta. No te pares a analizar la piedra en la que has tropezado; pon más atención al caminar para evitar el tropiezo. Tampoco se trata de hacer penitencia para que Dios te perdone. Tomar conciencia de que alcanzar la meta es cosa tuya y supone esfuerzo.
Más importante que mirar hacia atrás angustiándome por los pasos mal dados, es descubrir el rumbo adecuado y caminar en esa dirección. Pero resulta que no puedo saber dónde está la meta, porque nunca estuve allí. Aquí viene en nuestra ayuda la experiencia de otros seres humanos que sí han llegado a ella y pueden indicarnos el camino.
El relato de las tentaciones de Jesús nos advierte de la necesidad de superar lo fácil para no ser engañados por el placer inmediato. No se trata de ningún diablo externo, sino de una tendencia que permitió a la vida enriquecerse durante casi cuatro mil años.
La primera tentación pretende convertir a Jesús en oprimido y le ofrece liberarse a cambio de pan. La segunda le ofrece honor y gloria a cambio de servidumbre. La tercera es una oferta de poder absoluto sobre todo. Tanto oprimir como dejarse oprimir son opciones satánicas. La opresión es el único pecado que nos impide ser humanos.
A nadie se le ocurrirá hoy tomar el relato del Génesis como hecho histórico. El pecado de Adán es un mito ancestral que encontramos en muchas culturas. Esto no quiere decir que sea mentira. El mito es un intento de explicar lo inexplicable. El relato del pecado original intenta explicar el problema del mal, partiendo de las categorías de aquel tiempo.
Tampoco el relato de las tentaciones es histórico. Se trata de un relato mítico igual que el de Adán y Eva. Jesús se retiró muchas veces al desierto para descubrir su auténtico ser. El relato resume las pruebas que tuvo que superar Jesús en su vida. En Jesús la tentación tiene una connotación especial, porque se plantea conforme a su situación personal.
Nos cuentan con pelos y señales lo que pasó después de los cuarenta días de ayuno, pero no nos dicen nada de lo que hizo Jesús durante ese tiempo. Jesús no fue al desierto a ser tentado por el diablo sino a meditar profundamente sobre sí mismo.
A Jesús no le tentó ningún demonio. La tentación es algo inherente a todo ser humano. Es el mejor argumento a favor de su humanidad. Quien no se haya enterado de que la vida es lucha, tiene asegurado el fracaso absoluto. A todos se nos dan infinitas posibilidades de plenitud, pero alcanzarlas supone poner toda la carne en el asador para lograrlo.
No se trata de una elección entre el bien y el mal. Esa alternativa no es real porque el mal no puede mover la voluntad. Se trata de discernir lo bueno y lo malo, yendo más allá de las apariencias. La lucha se plantea entre el bien real y el aparente (mal). Una vez que descubro que algo es malo para mí, no tengo que hacer ningún esfuerzo para evitarlo.
No necesitamos ningún diablo que nos tiente. La tentación es inherente al ser humano. Al surgir la inteligencia tiene capacidad de conocer dos metas y no tiene más remedio que elegir. Como el conocimiento es limitado, la posibilidad de equivocarse está siempre ahí. Y suele suceder que adhiriéndose a lo que creía bueno, se encuentra con lo que es malo.
Si el problema no está en la voluntad, no lo resolveremos con voluntarismo. Aquí está una de las causas de nuestro fracaso en la lucha contra el pecado. Nos han insistido en la fuerza de voluntad para superar la tentación, pero esa estrategia es ineficaz.
Fray Marcos
