
Cada madrugada, cuando el cielo aún es oscuro sobre las montañas que rodean la Ciudad de Guatemala, un grupo de mujeres de una comunidad indígena rural camina hacia el colegio de sus hijos. Llegan antes de que amanezca, cruzando el tramo donde termina el asfalto, para encender la cocina de leña —porque ellas mismas decidieron que no querían hornillo— y comenzar a preparar lo que será, para muchos niños, la única comida del día. Siguen el menú propuesto por el Gobierno, sí, pero lo hacen al ritmo de sus tradiciones y de sus recetas: con paciencia, con fuego lento, con el saber heredado que sostiene la vida.
No son mujeres que aparezcan en grandes titulares ni que simbolicen la narrativa clásica del “éxito”: no han roto techos de cristal, no dirigen empresas, no tienen diplomas colgados en la pared. Pero son indispensables. Lideresas silenciosas que nutren su comunidad en todos los sentidos, que sostienen desde el amor los logros y los desafíos cotidianos. Mujeres a las que se les han negado algunos derechos básicos, pero que aun así son profundamente dignas de ser nombradas, reconocidas y celebradas. Precisamente porque su aportación —los cuidados, la alimentación, la transmisión de cultura— es troncal para la vida humana, aunque el sistema nos haga creer que solo es valioso aquello que produce prestigio o rentabilidad.
En un 8M, estas historias también deben tener espacio. Porque transformar el mundo pasa por transformar lo que consideramos aspiracional. Y los cuidados, lejos de ser “cosas de mujeres”, son la base de cualquier sociedad que quiera ser justa. Que estos trabajos tengan valor en nuestro relato colectivo es clave para que cambie el modo en que entendemos el éxito: no como un título o un cargo, sino como la capacidad real de elegir cómo queremos estar en el mundo.
Celebremos hoy que mujeres de todos los contextos seguimos reivindicando igualdad de derechos y libertades, sin techos impuestos por gobiernos o sociedades, pero también nuestra diferencia: nuestra manera particular de aportar, de liderar, de sanar, de organizar, de tejer comunidad. Qué privilegio el nuestro de sabernos mujeres: cuidadoras sin imposición, amorosas sin explotación, pacificadoras sin silencios forzados, llamadas a aportar al mundo desde el modo en que Dios nos ha hecho.
Queda todavía mucho por defender en tantos lugares del mundo. Queda terreno por conquistar, derechos por asegurar y violencias por denunciar. Sigamos contando todas las historias —también las sencillas, también las escondidas— de ese 52% de la humanidad llamado mujeres.