No tememos la noche sombría de nuestro tiempo porque amamos las estrellas

[Por: Leonardo Boff]. amerindiaenlared.org

Son muchos actualmente los que han perdido la esperanza de que, en el sombrío panorama actual, aún tengamos algún futuro. Hay demasiada maldad, genocidio a cielo abierto y vergonzosamente ejecutado por quienes lo practican: Israel y los Estados Unidos de América, todavía escandalosamente apoyados por algunos países europeos, especialmente por Alemania, olvidada del Holocausto nazi.

Asistimos, atónitos, a ver como una gran nación, aquella que dispone de más medios de destrucción masiva e incluso de aniquilación de la vida en la Tierra —Rusia—, arrasar una nación vecina con grandes tradiciones culturales y los famosos y sabios cuentos rabínicos: Ucrania. Terrible está siendo la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, destruyendo una de las civilizaciones más antiguas, con una ferocidad que no elige sus objetivos: todo es atacado, incluyendo escuelas de niñas.

A esto se suma la absurda acumulación de riquezas en poquísimas manos: ocho personas poseen individualmente una riqueza equivalente a la que poseen 4.700 millones de personas. En ellos no se percibe ninguna sensibilidad humana hacia sus semejantes, a quienes tratan como ceros económicos, descartables y considerados subhumanos: los millones que viven en las periferias de las grandes ciudades del Norte Global (solo en Estados Unidos viven 30 millones de pobres) y que llenan, por millones, las metrópolis del Sur Global.

Me abstengo de referirme a la grave amenaza de la sobrecarga de la Tierra, con severos límites en la producción de bienes y servicios que sostienen la vida (hoy ya necesitamos 1,7 Tierras). Ni siquiera al creciente calentamiento global del planeta que, si hasta 2030-2035 no se detiene en un máximo de 1,5 °C respecto a la era industrial (1850-1900), causará una inexorable diezmación de vidas en la naturaleza y en la humanidad.

¿Cómo mantener aún la esperanza en un drama de tales proporciones? Entendemos las preocupaciones de analistas del rumbo del mundo que dicen: no es imposible que haya llegado nuestro turno de desaparecer del proceso de la evolución, como ya han desaparecido cientos y cientos de especies después de millones de años sobre la Tierra.

Por eso soy pesimista, porque la realidad es pésima. Sin embargo, me declaro un pesimista esperanzado. Esperanzado porque, si somos Tierra que siente, piensa, ama y venera, tenemos la resiliencia que la Tierra ha demostrado en las quince grandes extinciones que ha sufrido a lo largo de sus 4.500 millones de años de historia. La vida nunca sucumbió. Después de cada extinción —atestiguan varios historiadores de la vida en la Tierra como Christian de Duve (Polvo cósmico: la vida como imperativo cósmico, 1995)—, ella, como si se vengara, produjo una biodiversidad mayor que la que había sido truncada.

Como decía el poeta alemán Friedrich Hölderlin: “allí donde hay peligro, crece también lo que salva” (wo aber Gefahr ist, wächst auch das Rettende). Nuestro peligro es innegable. Pero considerando que el ser humano es un proyecto infinito, dotado de mil virtualidades, sabrá, frente al gran peligro, forjar oportunidades de salvación.

Como es sabido, la historia de la vida no es lineal: da saltos. Lo improbable puede volverse probable. Lo inesperado puede acontecer. Era seguramente improbable que un hombre negro, Barack Obama, dada la discriminación sufrida por parte de supremacistas blancos, llegara a la Presidencia de Estados Unidos. Y llegó. ¿Quién podría imaginar que, en una sociedad machista como la brasileña, una mujer se convirtiera en presidenta del Brasil, Dilma Rousseff? Y llegó.

Tengo la convicción que animaba al paleontólogo y místico Pierre Teilhard de Chardin: que la humanidad, en un momento grave de su historia, especialmente sabiendo que puede autodestruirse, entraría en razón y tomaría conciencia de su lugar en el conjunto de los seres y de su responsabilidad por el futuro de la vida. Daría un salto cuántico en su conciencia y definiría otro rumbo para su historia. Se convertiría en guardiana y cuidadora de la sagrada herencia que ha recibido: la Tierra y todos sus ecosistemas con los seres que los habitan. Percibiría que es parte de la naturaleza, en fraternidad con los demás hermanos y hermanas que en ella existen. Amaría y cuidaría la Casa Común en la que todos cabrían con sus diferencias, pero en una profunda unidad.

Esto está dentro de las posibilidades humanas. Somos seres naturalmente cooperativos y sensibles frente a los más vulnerables. En lo más profundo de nosotros —como dato objetivo, confirmado por la nueva ciencia— somos seres espirituales, capaces de identificar aquella Energía de Fondo (Aquel Ser que hace ser a todos los seres) que todo lo penetra y sostiene. James Watson comprobó que en nuestro ADN está el amor, la fuerza mayor del universo (ADN: el secreto de la vida, 2005). Con todas estas potencialidades, atravesaremos aún un camino doloroso hasta llegar a una forma amorosa y fraterna de convivencia.

No estamos ante una tragedia anunciada, sino en el corazón de una crisis de nuestros fundamentos que nos purificará, nos depurará y nos permitirá dar un salto, habitando un mundo que juntos podemos hacer existir de manera sostenible. Depende de nosotros impedir que las actuales crisis se conviertan en tragedias.

Por eso no tememos la noche sombría de nuestro tiempo, porque amamos las estrellas, nuestras hermanas. Esperamos la aurora que se anuncia.

Leonardo Boff escribe para la revista LIBERTA del ICL; también escribió El doloroso parto de la Madre Tierra, Vozes, 2021.

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