Jesús Bonet. cristianismeijusticia.net
El mito fundacional: «Dios nos ha elegido a nosotros»
Un mito fundacional marca la identidad de un grupo: construye un relato, una historia, además de normas, ritos, símbolos, patrones de relación, valores, objetivos y ejemplos a imitar. De un modo u otro, todos los pueblos tienen mitos fundacionales y, en cierto modo, se sienten «elegidos». En el relato de la «elección» suele haber muy poco de historia, mucho de leyenda y muchísimo de propósitos religioso-nacionalistas. Aquí me refiero solo a dos de esos pueblos que hoy siguen sintiéndose elegidos: Israel y Estados Unidos.
En el caso de Israel, el mito fundacional comienza a partir de la reforma religiosa del rey Josías (s. VII a. C.) y de la formulación definitiva de la Torá (s. VI a. C.). Israel se autodeclara «elegido por Dios»: «Dios te eligió para que fueras su pueblo y su propiedad exclusiva entre todos los pueblos de la tierra» (Dt 7,6). El AT está lleno de citas como esta.[1] El Acta de Independencia de Israel, en 1948, ratifica el mito.
En el caso de EE. UU., el mito fundacional se inicia con el desembarco de los «padres fundadores» (s. XVII), sigue con la conquista de los territorios indígenas y pasa por las declaraciones de mandatarios como Cheney, Reagan o Trump: «Somos la última y mejor esperanza de la tierra. No somos una nación más, una entidad más en el escenario mundial. Hemos sido esenciales […]. No debemos olvidar nunca que somos, de hecho, excepcionales».[2]
Esta elección implica, supuestamente, el derecho ilimitado de dominar a otros y apropiarse de tierras: «Soy vuestro Dios. Os saqué de Egipto para daros la tierra de Canaán» (Lv 25,38; Dt 11,31-32). «Profundas creencias religiosas derivadas del Antiguo y del Nuevo Testamento inspiraron a muchos de los primeros colonos de nuestro país, proporcionándoles la fuerza […]».[3] En recientes palabras de Mike Huckabee, embajador de EE. UU. en Israel, «[…] según la interpretación literal de la Biblia, Israel tiene el derecho de apropiarse de la región entre los ríos Nilo, en Egipto, y Éufrates, en Siria e Irak».
Estos mitos fundacionales suelen convertirse en dogmas que no admiten disidencias.
Aprovechamiento político del mito
No es difícil pasar de un mito interiorizado a una acción política a conveniencia de quien lo evoca, sea para imponer sus leyes, anular el derecho internacional u organizar una guerra. De nuevo, Ronald Reagan: «América ha mantenido encendida la antorcha de la libertad, y no para nosotros, sino para millones de personas en todo el mundo. […] Debemos lograr la paz por medio de la fuerza… Por eso os animo a hablar contra quienes querían colocar a EE. UU. en una posición de inferioridad militar y moral».[4]
En función de esos mitos, se autoconsideran guardianes del orden y del bien. Ahí está el Secretario de Estado Marco Rubio hablando en febrero de este año en la Conferencia de Seguridad de Munich: «EE. UU. es la más grande civilización del mundo. El único país que puede restaurar el orden mundial». Da la impresión de que los demás somos unos pobres inútiles, incapaces de vivir en paz respetando el ordenamiento jurídico que nos hemos dado; al menos, según su mito.
Pero también Netanyahu echaba mano de su mito al principio de la invasión de Gaza y lo arrimaba a sus intereses para justificar el atropello: «Dice la Biblia que ‘hay tiempo de guerra y tiempo de paz’ (cf. Qo 3,8). Ahora es tiempo de guerra».
Injusticias a la sombra del mito
El mito del «pueblo elegido» puede invadir todo y anestesiar cualquier sensibilidad hacia lo más esencial que tenemos: la vida, la libertad, la paz, lo comunitario. Si de la identidad diversa y múltiple que todos tenemos, nos radicalizamos en un solo aspecto de esa identidad (raza, religión, etnia, tierra, patria…), las identidades de grupo que de ahí resultan se transforman, con expresión de Amin Maalouf, en «identidades asesinas».[5]
Una aplicación literal y brutal del mito la encontramos en esta cita bíblica utilizada por Netanyahu a finales de 2025, en la que identifica al pueblo palestino con el antiguo Amalec: «Así habla Yavé: Ve y castiga a Amalec y da al anatema todo lo suyo. No perdones: mata a hombres, mujeres y niños, incluso a los de pecho; bueyes y ovejas, camellos y asnos» (1Sam 15,2-3).
Este mito del «pueblo elegido» lleva frecuentemente al genocidio, al exterminio del otro o a deshumanizarlo, a causar dolor infinito, a arrebatar libertades y derechos, a humillar, a establecer derechos ilegítimos, a evitar acuerdos y convivencias pacíficas, a borrar valores y cultura ajenos, a vivir siempre entre el miedo y la venganza, a desconocer la paz interior y la paz exterior, a la degeneración moral y mental, a tener permanentemente la cabeza y el corazón en pie de guerra, a realizar ataques ‘preventivos’ para justificar cualquier cosa, a interpretar la realidad exterior en clave militar. No olvidemos que el mito israelí lleva el apoyo de otro mito: el de EE. UU.
Meir Margalit, un escritor judío especialmente crítico con un sionismo cada vez más irracional, afirma en una obra recomendable que lo que está haciendo Israel con el pueblo palestino «no podría sostenerse sin una teología que lo justifique»[6], una teología que para él es una «teología de la destrucción» o teología asesina defendida por algunos rabinos radicales en defensa de una teocracia judía[7], siguiendo la cual, para Margalit, «un judío puede convertirse en nazi con facilidad».[8]
La humanidad entera, único pueblo elegido
Cuando uno lee en el papel-moneda y en las instituciones estadounidenses el lema oficial «In God We Trust» (‘Confiamos en Dios’), no puede evitar preguntarse de qué Dios se trata: ¿del mítico Dios teísta que elige a unos pueblos e ignora a otros, que apoya la impunidad de quien tiene el poder y la fuerza para imponer y matar, convirtiendo la civilización en barbarie y negando o justificando sus crímenes? Ese Dios no existe; es un interesado invento humano.
Por eso son tan oportunas las palabras del presidente de Colombia Gustavo Petro en la Asamblea General de la ONU de septiembre de 2024: «No hay raza superior, señores. No hay pueblo elegido de Dios. No lo es Estados Unidos ni Israel. El pueblo elegido de Dios es la humanidad entera» (14). Efectivamente, «el único pueblo elegido» es el que sabe y quiere humanizar a la Humanidad. Y no necesita ser elegido por ningún Dios.
[Imagen de 1a2b3c? en WikiCommons]
[1] 1Re 3,8; Is 43,20-21; Is 45,4; Est 8,19
[2] Dick Cheney, vicepresidente de G. Bush Jr. Cit. por Rafel Aguirre, La utilización política de la Biblia. Verbo Divino, Estella 2025, p. 84
[3] Ronald Reagan. Cit. por R. Aguirre, p. 77
[4] Ronald Reagan. Cit. por R. Aguirre, p. 80
[5] Amin Maalouf, Identidades asesinas. Alianza Ed., Madrid 2005
[6] Meir Margalit, El delirio de Israel. Ed. Catarata, Madrid 2025, p. 114
[7] Íd., O.cit. Todo el cap. 6 del libro
[8] Íd., O. cit., p. 119
