Y ahora ¿Qué? No se puede poner vino nuevo en odres viejos. Olga Larrazabal

Olga Larrazábal, Atrio

Estos días,  el último escándalo de la Iglesia Católica en que el Papa convocó a las autoridades de la Iglesia Chilena a Roma, para hacer un “discernimiento” y terminó con la renuncia de 34 Obispos sobre la mesa, es el golpe de autoridad más fuerte y mediático que mi generación ha presenciado de parte de esta vieja institución religiosa.

Y esto se debe a que en Chile la Iglesia Católica tomó rumbos de liderazgos elitistas, que llevaron la soberbia y ansias de poder de algunos a límites insospechados, acaparando estos los poderes y las influencias, e incluso los dineros destinados a mantener obras de ayuda a la comunidad, que fueron a parar al bolsillo de algún mafioso revestido con sotana y sirvieron para mantener su imperio. Fuera de las faltas de castidad de los sacerdotes para con sus hijos espirituales, entregados a su cuidado, que no son menores.

No es tan distinto lo ocurrido en la Iglesia Católica que lo ocurrido en el Gobierno de la Nación, en que se observa la misma tendencia mafiosa de mantener el poder y las de revertir las fuentes de financiamiento del Estado que mantiene un Gobierno, a beneficio de una camarilla, para lo cual se usan todas las medidas de persuasión conocidas.

En este Estado incluimos a las Fuerzas Armadas y de Orden, que han manejado un presupuesto desorbitante sin darle cuentas a nadie durante 40 años.

Evidentemente el Control de las gestiones no es el fuerte de Chile. Y el desmadre es más bien la norma.

Al frente de este conocimiento  entre las personas de a pie que hasta no hace tanto tiempo creían en las instituciones, cunde el escepticismo y una rabia soterrada, porque los símbolos más evidentes se están desmoronando.

Y cuando falla el sistema a través de cortes de luz, cortes en el Metro, o inundaciones en poblaciones, escasez de agua potable en valles completos, carencia de pesca para los pescadores artesanales, manejos dudosos e incomprensibles de nuestra minería extractiva en cosas tan importantes como el Litio, impedimentos para aplicar leyes aprobadas por las cámaras que benefician a las mujeres por “objetores de conciencia”  sin conciencia, faltas de respeto cotidianas a mujeres por el solo hecho de ser mujeres, y envenenamiento de los alimentos con pesticidas, el “mierdómetro” como decía un primo mío, está en rojo, y la rabia está viva.

Echar por el suelo todo lo que hay, no es la solución aparentemente.  Pero tampoco sentarse para  esperar que la mano divina resuelva solo los problemas creando equilibrios inestables corto placistas.

De partida, la Iglesia no puede quedarse en el corte de cabezas sin cambiar la formación de sus curas, y la formación moral, y no hablo de moral sexual, hablo de moral ciudadana en general que incluye los deberes para con el Estado y con el prójimo, debe ser parte de sus objetivos. Y para eso hay que atender a los movimientos sociales que vienen como un tsunami y traen el aire de los tiempos.

Los curas no pueden construir una Iglesia limpia y evangélica sin la participación de los laicos, especialmente de las mujeres. Términos como Ideología de Género usados para desestimar cualquier movimiento femenino de reivindicación, tienen que ser borrados de su vocabulario.

La mujer no es Eva, la causa de los males, ni la Virgen María la Madre de Dios. Es la prójima que los crea, los cría y que trabaja codo a codo con los hombres y que es antes que nada es persona digna de respeto.

El secretismo y la ambigüedad de una religión cuyo jefe es jefe además de un Estado con embajadores que interfieren en las relaciones de esta religión con los otros estados, es confuso,  y manipulador  por decir lo menos.

Los fieles bautizados tienen la responsabilidad de intentar ayudar en una reconstrucción nueva y limpia y anclada en el siglo 21.

Las religiones, que siguen ancladas a libros y enseñanzas de hace 2000 años y  vicisitudes históricas del Imperio Romano y la Edad Media Europea, deben considerar la idea de que los paradigmas duraban aproximadamente 2000 años, en los tiempos en que la tecnología no manejaba al planeta.  Y esos 2000 años están cumplidos. Y la tecnología ha cambiado absolutamente las reglas del juego.

Las personas menores de 40 años ya saben que los niños no vienen con la cigüeña, que el Viejo Pascuero es un mito, que los nacimientos virginales son improbables, que los 4 Evangelios dicen cosas distintas acerca de un personaje, que los curas no necesariamente son castos ni guardan secretos de confesión, que las mujeres trabajan y estudian igual que los hombres, que la vida es un proyecto que incluye muchos pequeños proyectos que tienen comienzo y fin y nada es eterno.  Saben que la mujer no es solo un objeto de placer o la fabricante de hijos, y a la que se le debe respeto institucional. Saben que el mundo es una historia de guerras cruentas, y que bajo la religión pululan muchas ideologías políticas.

Saben que los actuales revolucionarios son los que revelan las verdades ocultas detrás de los gobiernos imperiales del mundo, son las minorías que exigen ser aceptadas y dignificadas y no tratadas como enfermedades en el DSM 3 o 4 o 5, catálogo de enfermedades psíquicas de USA.

Los nativos americanos saben que su cosmología es tan válida como los nacimientos virginales de los cristianos y exigen ser respetados, y los homosexuales exigen que no se les juzgue por sus preferencias sexuales privadas.  Los transexuales piden que pongan una categoría “otros” en esa famosa categorización de F o M que aparece en todas partes y no se para que sirve, a menos que sea para construir WC abiertos, los que son una asquerosidad.

 Las mujeres quieren ser personas y no máquinas reproductivas o fuentes de placer para el sexo masculino, que parece que tiene un estado de celo permanente sumamente cansador para los demás. Además sus chistes, su autoestima, su temática, está relacionada con ese estado de celo, que culmina con la formación de banditas que salen a violar mujeres.  O en el caso de los curas, todos los pecados están concentrados en el sexo. Son agotadores con su obsesión.

Creo que una vez vi un cartel que decía : “Jesús no era ginecólogo”.

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