José I. González Faus: “Jesús le está diciendo hoy a la Iglesia: ‘al que te pida la catedral, dale también la mezquita'”

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“DALES TAMBIÉN EL MANTO” (CARTA A LA IGLESIA DE DIOS QUE ESTÁ EN ESPAÑA)

 Jose I. Gonzalez Faus sj. religion digital

Me permito parodiar la dirección que pone Pablo en alguna de sus caras, por no saber más en concreto a quien dirigir esta carta. El hecho es que estos días está siendo noticia el intento gubernamental de “recuperar” unos bienes que, según parece, la Iglesia se adjudicó indebidamente aprovechando una ley franquista de los años 40, modificada por Aznar en 1998.

Soy demasiado ignorante para entrar en los aspectos jurídicos del tema. Por otro lado, no creo que todos esos casos sean iguales, porque las inmatriculaciones no las hizo globalmente la Conferencia Episcopal Española sino cada diócesis por su cuenta (Zaragoza, Córdoba…). Como suele pasar en estas lides, oyes a las partes y a cada una le parece que los argumentos de la otra son inanes y vacuos, mientras que los suyos son contundentes; y se hacen distinciones entre bienes públicos y bienes de interés cultural (que no son necesariamente públicos) que a mí me superan. Pero para eso existen los jueces: para aquilatar los argumentos, contraponerlos y emitir sentencia. Ahí no quiero entrar de ningún modo.

Hablando pues no como jurista sino como cristiano, cuando leo las noticias sobre este tema me vienen a la memoria unas palabras de Jesús que no sé si tenemos olvidadas: “al que te hiere en una mejilla preséntale la otra; al que te quite tu manto dale también la túnica y al que te pida lo tuyo no se lo reclames” (Lc 6,29-30). Lucas sitúa estas palabras de Jesús inmediatamente a continuación de sus explosivas bienaventuranzas: “dichosos los pobres, los hambrientos, los que lloran y los perseguidos”; malditos los ricos, los hartos, los que ríen y los perseguidores”. Y esa localización parece intencionada.

A la mayoría de los no cristianos esas palabras de Jesús les parecen una solemne estupidez. Y hoy todavía más. Pero la pregunta es: a nosotros cristianos ¿nos parecen también una estupidez? Pongamos toda la sordina que haga falta al lenguaje hiperbólico semita. Recordemos que hay modos de hablar que te dicen cien cuando quieren que te quedes con diez, porque saben que si te dicen diez no te quedarás con nada. Pero, aun con esos matices, la pregunta vuelve: esas palabras de Jesús ¿no significan nada para nosotros? Y si nos dicen algo, ¿qué es lo que nos dicen?

Porque además, la misma Iglesia ha dicho de sí misma que “no pone su esperanza en privilegios dados por el poder civil, más aún: renunciará al ejercicio de ciertos derechos legítimamente adquiridos tan pronto como conste que su uso puede empañar la pureza de su testimonio, o las nuevas condiciones de vida exijan otra disposición… Más aun, confiesa que le han sido de mucho provecho y le pueden ser todavía la oposición y aun la persecución de sus contrarios” (Vaticano II, GS 76 y 44).

Esas palabras del Vaticano II ¿son otra estupidez como las de Jesús?, ¿son simplemente como las promesas de los políticos en campaña electoral, que ya sabemos que no significan absolutamente nada? ¿O resulta que, a lo mejor,Jesús le está diciendo hoy a la Iglesia: “al que te pida la catedral, dale también la mezquita”? ¿No podría valer la pena que, mientras los juristas estudian argumentos, el resto de los que quisiéramos ser cristianos oráramos todos a ver qué es lo que nos dice Jesús, y no solo lo que dice el derecho?

En fin de cuentas, el mayor sentido y la primera finalidad de cualquier iglesia es precisamente la celebración de la eucaristía, que actualiza la última cena de Jesús. Y no parece que Jesús instituyera la eucaristía en ninguna catedral, sino más bien en una habitación cedida de una casa.

Digo todo eso así de claro porque, por otro lado, puedo añadir que, cuando oigo a bastantes gentes de izquierda, no acabo de percibir un interés limpio por el bien común, sino más bien un afán sistemático de “joder a la Iglesia”. En Valencia, en Madrid, en Andalucía y otros etcéteras. No puedo ni quiero afirmar eso taxativamente, porque sé que nadie puede juzgar las intenciones de otro, dado que no las vemos. Solo digo que ecos de ese tipo me resuenan dentro; no sé si por aquello de “no es tan tonto como parece” o porque soy exageradamente suspicaz. Sí puedo decir que esa misma impresión la tienen otros. Y lo siento: porque, por razones sociales, me considero persona de izquierdas y creo que eso les hace perder votos.

No puedo emitir juicio, repito. Pero en todo caso sí que pediría a esas izquierdas que examinen seriamente si sus intenciones son todo lo limpias y todo lo sociales que pretenden. Si los de un lado se hacen esa pregunta y, los del otro, se dejan interpelar por el evangelio, no creo que fuese difícil entablar un diálogo y llegar a algún tipo de acuerdo que, sería, a la vez, muy democrático y muy evangélico.

Una postdata final. Me parece que es urgente examinar bien qué es lo que significa “propiedad pública”. El gran fracaso de muchos socialismos creo que ha estado en que lo que declaraban propiedad pública se convertía en “propiedad privada del poder”. Con lo cual no habíamos hecho más que pasar de unas manos particulares a otras. La tarea que propuso hace años Gaël Giraud, de cómo distinguir entre bien público y bien común, no veo que haya tenido mucha acogida.

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