PROPIETARIOS. Dolores Aleixandre

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Dolores Aleixandre. Alandar

Como siempre he vivido en convento o de alquiler, nunca había estado en una junta de vecinos pero, después de participar en la de mi bloque por un asunto de goteras, veo que a lo largo de las tres horitas largas que ha durado, he aprendido muchas cosas.

La primera ha sido el lenguaje que manejaban con tanta soltura mis vecinos y que a mí me resultaba desconocido: en vez de casa decían inmueble, en vez de estropear, menoscabar el conjunto; en vez de cuota, coeficiente asignado y que, según la ley de propiedad horizontal (¿habrá otra vertical?), los titulares poseen unos derechos de tanteo y retracto. Yo creía que monitorizar era algo relacionado con la informática pero no: es amonestar a un vecino si, por ejemplo y como es nuestro caso, cocina con la puerta abierta y salen los olores a la escalera. Un asunto central fue el tema de los humos: van por un shunt y tuvieron que explicarme que es “un elemento para la evacuación de olores y renovación del aire de núcleos húmedos que no poseen ventilación natural”. Yo le llamaba tubo pero al pasar a llamarse shunt creo que revaloriza la propiedad. El tema humos provocó una discusión acalorada: “el segmento deteriorado del shunt no pertenece a mi casa” ; “no pienso consentir que los humos del bajo pasen por la parte que me corresponde”; “no estoy dispuesta a que ninguna intervención extraña opere en mi propiedad”…

Reflexionando después de la junta sobre las reacciones, pasiones e intereses que desencadena ser propietario de algo, he descubierto algo de mucha densidad teológica y es que el poseedor más codicioso resulta ser Dios mismo y en el Evangelio aparece marcado por un instinto de posesión alarmante. En las parábolas del pastor y de la mujer que pierde el moneda, los dos personajes aparecen ávidos de guardar lo que les pertenece, sin soportar la más mínima pérdida ni disminución en sus haberes. ¡Pero si os quedan 99 ovejas y 9 monedas! ¿A qué viene tanto berrinche y tanta búsqueda despendolada de lo que habéis perdido? Si echáis cuentas, os va a salir más cara la fiestecita con los vecinos para celebrar lo encontrado: como hay gente con mucho morro, se traerán a sus colegas a ponerse ciegos de langostinos y os dejarán el parquet hecho una lástima, y los gastos de limpieza también hay que calcularlos…

Y como es así como experimentamos los humanos las riquezas, lo que Jesús se nos está comunicando es que, para el Padre, constituimos una propiedad valiosa y deseable, cosa que no acabamos de creernos a fuerza de decir Kyrie eleison.

En el evangelio de Juan, Jesús se reconoce varias veces contaminado por ese instinto de posesión: “a mis ovejas, nadie puede arrebatármelas…, nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre” (Jn 10,28.30).

Según el Evangelio apócrifo de Tomás: “El reino se parece a un pastor que tenía 100 ovejas. Se perdió una de ellas que era la más gorda y entonces dejó las otras 99 y buscó a ésta sola hasta encontrarla. Tras esa fatiga le dijo: A ti te quería más que a las demás”. Es decir, aquello que cantábamos: “Una me da leche, otra me da lana y otra me mantiene toda la semana”. En cambio, en la parábola de Jesús la oveja más querida lo es precisamente por haberse perdido. A este Propietario no hay quien le entienda.

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