Mujer, ¿de dónde vienes y a dónde vas? Génesis 16 y 21

A home-made aluminium boat carrying 16 Cuban migrants pulls up to a dock in Grand Cayman island

María de las Mercedes Rodriguez Puzo. Koinonia

El mar embravecido los salpica, Carmen intenta abrigar al pequeño con la toalla azul. La lancha salta y se estremece, puede volcarse en cualquier momento, teme por ambos. Ella va sentada entre dos hombres delgados, la embarcación está repleta. El vaivén de las olas le da deseos de vomitar, se marea, intenta voltearse para derramar fuera de la nave el líquido amarillento. Sujeta al niño con la mano derecha, la izquierda se aferra al borde. Un salto brusco los sacude y el pequeño cae al agua.

Gritos de auxilio, la desesperación de Carmen. El conductor retorna al lugar del hecho, miran al agua y nada, ni rastro de la criatura. La madre clama por la vida de su hijo. Otra cubana le dice: “Lo siento, lo perdimos, debió ahogarse”. La lancha sigue rumbo a Panamá.

Una vez en tierra son detenidos por la policía, los encañonan, los obligan a desvestirse, buscan sus pasaportes –sagrados para todo el que desea arribar a los Estados Unidos-. Los guardias tocan con lascivia a las mujeres, ella no siente asco como las demás mientras la manosean; su cuerpo está, pero su mente se ha extraviado. Uno de los hombres propone negociar: “Les pagamos lo que pidan, déjennos seguir”. Convenían el peaje y siguen adelante, cruzando fronteras. Esto ocurrió cerca del 20 de octubre de 2015.

Una de las tantas historias que los cubanos lacerados por la migración prefieren callar. Carmen es mi coterránea, igual podría llamarse Yesenia e ir huyendo de las decapitaciones y degüellos que realizan los yihadistas en Siria. Podría ser Laura, una madre colombiana, que prefiere arriesgarse a la inmensidad de la selva a que su hijo sea secuestrado por la guerrilla. Podría tratarse de Agar, la sierva egipcia.

Me apoyo en el personaje bíblico de Génesis 16 y Génesis 21 para entender la realidad de una mujer que huye, cosificada por el sistema patriarcal, una madre en apuros dispuesta a lo que sea en pos de su descendencia. Frente a sus amos, la Biblia no registra una sola palabra de la esclava. Agar es tomada por su dueño Abram en calidad de madre sustituta debido a la esterilidad de su ama Sarai.

Una mujer llamada Agar ya vivió una situación semejante. Cuenta la Biblia que Agar (Génesis 16 y 21) fue una mujer que huyó. Mujer cosificada por el sistema patriarcal, una madre en apuros dispuesta a lo que sea en pos de su descendencia. Frente a sus amos, la Biblia no registra una sola palabra de los valores de Agar, la esclava. Agar fue tomada por su dueño Abram en calidad de madre sustituta debido a la esterilidad de su ama Sarai.

La soberbia rabia invade a la esclava y comienzan los maltratos de la más fuerte, como en una lucha de poderes.

La egipcia, embarazada y dolida, escapa al desierto, piensa en su dignidad aunque corra el riesgo de morir. Y la halló el ángel de Jehová junto a una fuente de agua y le dijo: Agar, sierva de Sarai, ¿de dónde vienes tú, y a dónde vas? (Gn 16,8) Dios la llama por su propio nombre y le ofrece un pacto, si ella regresa a sus amos, él bendecirá a su hijo. Ella accede.

En el capítulo 21 acontece la segunda salida de Agar al desierto, aunque tiene lugar en un contexto diferente al anterior. Abraham, a sugerencia de Sara, expulsa a su primogénito y a la egipcia, rompiendo con esta acción su esclavitud. La mujer presiente la inminente muerte del pequeño a causa de la deshidratación, alza su voz y llora. Dios la escucha, le brinda aliento y un pozo de agua, pozo que se convierte en una ruta en el desierto.

El pasaje de Agar tiene “aparentemente” un final feliz: ella y su hijo habitaron en el desierto de Parán, Ismael creció y fue tirador de arco, y su madre le tomó mujer de la tierra de Egipto. Asi asumimos, con lo cual el lector asume que se cumplió la promesa de Dios hecha a Abraham en Gn 17,20 de que Ismael engendraría doce príncipes formando una gran nación. Digo “aparentemente” porque la Biblia no nos ofrece detalles de esa vida en el desierto, y si aplicamos el método de la sospecha en base a la experiencia sobre la migración aparecerán muchas preguntas.

Para una madre soltera y sin recursos económicos en un sistema social que validaba solo a la figura masculina como cabeza de la casa del hogar, cómo sería la subsistencia, qué hizo Agar mientras el hijo adquiría la edad y habilidades suficientes para mantenerlos y representarlos a ambos. ¿Con cuál cultura se identificó Ismael durante su crecimiento, la de su padre que lo abandonó, la de su madre –una esclava egipcia- o la existente en el desierto de Parán?, ¿no le traería esto conflictos internos?

Sin dudas, los problemas de Agar hoy pueden ser los mismos de Carmen, Yesenia, Laura y otras miles de féminas que encuentran en la migración la única opción para salir de una situación de violencia y/o hallar mejores condiciones de vida. Pueden venir de disímiles contextos y naciones con razones diversas, todas dejan atrás la tierra de sus muertos, su casa, parientes y amigos, la cultura en que se han formado por intentar materializar la idea de un futuro mejor. Tristemente, la realidad nos muestra que en el trayecto hacia los países anhelados las mujeres quedan expuestas -con mayor tendencia que los hombres- a violaciones, la trata de personas, el robo y trasplante de órganos, el narcotráfico, el secuestro de los hijos, la prostitución, y hasta la muerte.

Ahora bien, supongamos que las migrantes tienen suerte y hacen un viaje seguro, al llegar a la nueva tierra se enfrentan al derecho legítimo del Estado a regular el ingreso, la permanencia y la salida de migrantes, derecho que le permite al Estado declararlas ilegales, perseguirlas, encerrarlas en prisión y deportarlas a sus países de origen.

En caso de ser declaradas legales, refugiadas políticas o acogerse a la Ley de Ajuste Cubano, cualquiera sea su status, les queda el gran reto de luchar contra la inequidad de género en el acceso a la propiedad y los recursos, existente a nivel mundial. Conseguir trabajo es una necesidad inminente, como madres solteras desesperadas muchas aceptarán empleos bajo condiciones de explotación laboral, que quizás pongan en riesgo su salud.

La vida no es de color rosa para los emigrantes, el sueño americano y el estilo de vida occidental no lo realizan ni alcanzan la mayoría. Aun si logran una economía familiar sostenible y garantizan un futuro seguro y próspero para sus hijos, siempre les quedará el conflicto de identidad cultural: nunca serán del nuevo sitio y probablemente no volverán a pertenecer a sus lugares de procedencia.

Los silencios bíblicos en torno a Agar y su vida en el desierto de Parán no deben ser repetidos cuando alguien escriba o narre historias como las de Carmen, Yesenia, Laura…

Coincido con Leonir Chiarello y tantas otras autoras y autores en una urgente y necesaria definición de políticas migratorias justas e incluyentes basadas en el reconocimiento y respeto de la dignidad y los derechos humanos más allá de fronteras geográficas nacionales, que aboguen por la ciudadanía universal de todos los miembros de la familia humana. Aunque preferiría que no hubiese razones para migrar y que Dios no tuviese que preguntar, quizás gritar: “Mujer, ¿de dónde vienes y a dónde vas?” (Gn 16,8)

María de las Mercedes Rodríguez Puzo

Santiago de Cuba

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