Mujeres de la calle. María Sánchez Díez

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Una mujer camina por una calle, en una foto de archivo. GETTY

El acceso libre y seguro del espacio público para las mujeres continúa pendiente, lo que menoscaba sus derechos civiles

MARÍA SÁNCHEZ DÍEZ. el pais

Haber nacido mujer es mi tragedia”, escribió en su diario la poeta Sylvia Plath. A sus 19 años, la escritora se lamentaba ya de haber sido “condenada” de por vida a que su radio de acción estuviera restringido por su género. “Mi deseo incontenible de mezclarme con camioneros, marineros, soldados, parroquianos (…) todo acaba arruinado por el hecho de ser una chica, una mujer siempre en peligro de ser asaltada y agredida”. Como Plath, la mayoría de las mujeres nos enfrentamos a esta revelación temprano en nuestra vida. Nuestro transitar libre por el espacio público está limitado por la amenaza implícita de una violencia sexual con distintas formas y niveles de gravedad: comentarios obscenos, miradas lascivas, tocamientos indeseados y otros incidentes de acoso y hostigamiento.

El caso de Laura Luelmo, que alertó a su novio de que era objeto de la mirada de su vecino, es un recordatorio doloroso de esta realidad. Gestos elementales como correr, preguntar por la dirección de un supermercado o salir a tu propia calle pueden tener consecuencias trágicas para las mujeres. El disfrute del espacio público sigue siendo una prerrogativa por defecto masculina.

Mientras, la conquista plena de una esfera pública igualitaria para las mujeres continúa pendiente. La calle es el escenario donde nos relacionamos con otros, donde articulamos demandas sociales, donde intercambiamos bienes y servicios, donde participamos en la vida pública como miembros de pleno derecho. El acceso libre y seguro a este espacio está relacionado con el ejercicio de nuestros derechos civiles.

Wanderlust documenta el lento progreso del caminar femenino, originalmente reducido al ámbito doméstico. Recuerda cómo la sociedad ateniense no permitía a las mujeres participar en el ágora. O cómo el Acta de Enfermedades Contagiosas de Gran Bretaña en el siglo XIX permitía a la policía detener a mujeres viandantes, automáticamente sospechosas de ser prostitutas, para evitar la propagación de dolencias venéreas, mientras que los hombres eran libres de pulular. También señala residuos en el lenguaje: hablamos de “una mujer de la calle” para referirnos a una mujer de mal vivir que ha transgredido el orden natural al salir de su hogar.

Todos, hombres y mujeres, podemos ser el objetivo de episodios violentos en la calle. Pero las mujeres son las principales víctimas de agresiones sexualizadas, una violencia tan normalizada que a veces ni nos sorprende y que tiene lugar en todo tipo de entornos. Luelmo fue asesinada en El Campillo, de 2.000 habitantes, pero nuestras ciudades, diseñadas durante siglos para acomodar únicamente a la mitad de la población, son el testimonio de una historia de acceso desigual al espacio.

Las mujeres alternamos la libertad de movimiento con momentos periódicos de temor, exacerbado por relatos mediáticos que alimentan un terror sexual paralizante y que evitan ahondar en las motivaciones de género tras asesinatos como el de Luelmo. Sorteamos paradas de autobús en esquinas oscuras, vagones de metro solitarios, parkings y descampados. Pero la violencia es ubicua: según datos de Hollaback, una asociación contra el acoso sexual callejero en EE UU, los mayores índices de acoso en Nueva York se dan en Times Square y Penn Station.

Algunas ciudades han tomado medidas para que sus espacios urbanos sean más inclusivos. Existen vagones reservados para mujeres en Japón, India y México. Río de Janeiro mejoró la iluminación del transporte público. Nueva York acaba de aprobar una ordenanza que obligará a los trabajadores de los bares nocturnos a recibir cursos sobre cómo intervenir y parar incidentes de acoso.

Todas estas iniciativas, sin embargo, no abordan la raíz del problema: el tratamiento sexualizado que reciben las mujeres en el espacio público. En Wanderlust, Solnit recoge el testimonio de pioneras andarinas como la escaladora Gwen Moffat, que relató sobre cómo su sola presencia en la montaña era interpretada como una insinuación sexual: “Hombres normales y corrientes creían que mi forma de vida era una invitación y yo no podía hacer frente al resentimiento que sabía que sentían cuando eran rechazados”.

Aprender a navegar esta realidad continúa siendo responsabilidad de las mujeres. Recibimos un interminable código de recomendaciones: caminar en grupo, ir acompañada de un hombre, coger un taxi si es tarde. Pero el objeto de este escrutinio está equivocado. La propia Luelmo lo sabía. Uno de los últimos mensajes que compartió en su Twitter decía: “Te enseñan a no ir sola por sitios oscuros en vez de enseñar a los monstruos a no serlo”.

María Sánchez Díez es periodista.

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