Así es cómo la humanidad empezó a creer en un dios

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Investigadores de Oxford, Connecticut y Keio dan un vuelco a la sabiduría convencional.  El nuevo estudio, publicado en ‘Nature’, compara 414 sociedades de 30 regiones desde la antigüedad hasta la Revolución Industrial 

RD/Clarín

La visión más aceptada entre los etnógrafos es que las antiguas sociedades de cazadores-recolectores vivían en grupos tan reducidos que casi cualquier comportamiento inmoral era detectado enseguida por todos. Esto se debe a que creían en fuerzas sobrenaturales más relacionadas a la naturaleza que a la moral humana. En cambio, en las grandes sociedades el comportamiento inmoral puede pasar inadvertido con facilidad. Paradójicamente -siempre desde la visión etnográfica- dentro de estas sociedades también existen “grandes dioses” (los de cada religión) que dictan el comportamiento moral y dan castigo a sus crímenes.

En medio de esa dicotomía, la revista Nature acaba de publicar la investigación de un equipo de científicos de las universidades de Oxford, Connecticut y Keio, en Fujisawaen, en la que buscaron determinar si la idea de que existe un dios es previa o posterior a la vida en sociedad.

Gracias al “Big Data”, el análisis concluyó en que la creencia en grandes dioses -en el sentido de “deidades moralizantes que castigan las transgresiones éticas”- es una consecuencia, no una causa, del desarrollo de sociedades complejas.

Para llegar a esta afirmación los autores trabajaron con la base de datos Seshat: Global History Databank, un archivo de más de 300.000 registros con información sobre “complejidad social y religión”. Compararon 414 sociedades procedentes de 30 regiones, que existieron desde la antigüedad hasta la Revolución Industrial. En total analizaron 47.613 registros.

“Durante siglos se debatió por qué los humanos, a diferencia de otros animales, cooperan en grandes grupos de individuos no relacionados genéticamente”, dijo en un comunicado Peter Turchin, investigador en la Universidad de Connecticut y coautor del estudio. Las respuestas hasta ahora eran: la agricultura, la religión y la guerra. A su vez, desde la etnografía tradicional se sostiene que los grandes dioses moralizantes son necesarios para permitir la aparición de las grandes sociedades porque si las reglas no se respetaran y no hubiese castigo, la sociedad se derrumbaría.

Una nueva hipótesis

“Para nuestra sorpresa, nuestros datos contradicen fuertemente esta hipótesis“, siguió Harvey Whitehouse, también en un comunicado, el director de la investigación e investigador en la Universidad de Oxford.

“En casi cualquier región del mundo de la que tenemos datos, los dioses moralizantes tendieron a seguir, no a preceder, a los crecimientos de la complejidad social“, detalló.

Por eso, Whitehouse sugirió una hipótesis alternativa: “Fueron los rituales religiosos los que ayudaron a crear una identidad colectiva y un sentimiento de pertenencia, que actuaron como un pegamento social y que ayudaron a que la gente de estas sociedades cooperase”.

En otras palabras, el informe afirma que las identidades colectivas son más importantes para facilitar la cooperación que las creencias religiosas.

Por otra parte, Patrick Savage, investigador en la Universidad Keio en Fujisawa, Japón y autor del estudio, asegura que estas deidades moralizantes tuvieron un papel importante, pero distinto. “Una vez que las sociedades alcanzaron un tamaño de alrededor de un millón de habitantes, los dioses moralizantes llegaron para estabilizar la cooperación entre personas con diferentes lenguas, etnias y trasfondos culturales.”

Ra, primer nombre de Dios

La primera de las sociedades con un dios moralizante fue la Dinastía II, en Egipto. Fue Ra, el dios del Sol. Su manera de juzgar era en base a un código conocido como maat: que representaba “lo que es correcto”, como proteger a los débiles y no robar. Esta deidad iba de la mano de una situación concreta: el enterramiento ritual de las élites. A Ra le siguió Shamash, el dios del Sol que todo lo ve, en la dinastía Akkad, en la actual Irán. Castigaba a los “injustos”, a aquellos que mentían o robaban.

Los investigadores clasificaron cada sociedad de acuerdo a 51 medidas de complejidad social. Desde cuántas personas la conformaban, si el gobierno tenía un liderazgo jerárquico hasta qué sistemas de información existían. A su vez, buscaron determinar si cada sociedad creía en un dios o dioses moralizantes o en una fuerza sobrenatural vinculada a los valores de la lealtad y la honestidad, y con qué frecuencia y estandarización exhibían rituales religiosos.

 

 

 

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