La eutanasia en favor de la vida. José Arregi

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 Jose Arregi. Atrio

En el umbral de la Semana Santa en memoria de Jesús, el profeta crucificado, que afrontó la muerte sin miedo porque creía en la Vida, dedico estas líneas a la memoria de María José Carrasco, a su vida crucificada por la Esclerosis Múltiple y por los prejuicios sociales, y no en último término por la múltiple esclerosis eclesiástica. Y a su marido y compañero Ángel Hernández, su ángel fiel, a la sencilla humanidad con que la cuidó durante su largo Vía Crucis de 30 años, a su grandeza de ánimo, al arriesgado gesto de amor con el que ayudó a María José en su paso final a la Vida, a su anhelada pascua. Y hago mía su causa común: la eutanasia en favor de la vida.

        “La eutanasia es inmoral”, escribía hace unos días uno de los teólogos más reconocidos del estado español, distinguido en sus buenos tiempos por su gran apertura. ¿Es inmoral que alguien decida poner término a su vida biológica, de todos modos tan efímera, cuando para él ya no posee las condiciones de calidad que la hacen sacramento de la Vida que no nace ni puede morir? ¿Es inmoral que una mano amiga ayude delicadamente a dar ese paso a la Resurrección? ¿Es inmoral esa forma de pascua? “No –nos diría, supongo, el teólogo–, lo inmoral sería aprobar una ley que acabara siendo un coladero, que abriese la puerta a muertes no consentidas, que permitiera desembarazarse de una vida por oscuros intereses inhumanos”. De acuerdo, amigo, pero eso no sería eutanasia, sino cruel asesinato. Nada tendría que ver con lo que reclamaba María José y reclama Ángel y una gran mayoría social junto con ellos: la ley del “buen morir”, la libertad de morir inseparable de la libertad de vivir. La opinión de la mayoría social no es garantía de moralidad, por supuesto, pero me fío más del consenso mayoritario, siempre provisional, que de la convicción absoluta de quienes se creen depositarios exclusivos de la verdad y del bien solo encomendados a ellos por designio divino.

        Hablemos, pues, con propiedad. Se llama eutanasia a una intervención –practicada por un médico con el certificado de otro– que induce directamente la muerte serena de una persona afectada por una enfermedad terminal o un sufrimiento físico o psíquico insoportable, cuando el paciente así lo ha pedido libre y reiteradamente. Punto. Está muy cerca del suicidio asistido –no te asuste la palabra– y es legal, con diversos matices, en Holanda, Bélgica, Luxemburgo, Suiza, Finlandia, Canadá, Colombia y siete estados de los EEUU. Cuidar la vida es el criterio, pero sin reducir la vida a esta vida física visible ni absolutizarla. Cuidar la vida, pero sin imponer a nadie la vida a toda costa. La vida es mucho más.

        Cuidar la vida, pero sin separar la vida humana de la de todos los vivientes. Abrir la puerta suavemente, llegado el momento, a la hermana muerte, y saber discernir cuándo es el momento es una forma de cuidar la vida. Aprobar una ley de eutanasia o de suicidio asistido tiene sus riesgos de abuso, sin duda. Pero peor abuso me parece negar la responsabilidad o la libertad de vivir y de morir. Obligar a alguien, por acción u omisión, a vivir sufriendo lo insufrible, pudiendo evitarlo, eso sí es inmoral.

        “La muerte provocada nunca es la solución a los conflictos, ni en el aborto ni la eutanasia”, ha declarado el portavoz de la Conferencia Episcopal Española, sin antes haber escuchado atentamente. No, hermanos obispos, nadie propone la eutanasia como “la” solución a los conflictos, sino como una solución digna y humana para quien, por muchos motivos, no puede encontrar otra mejor. Nadie propone la eutanasia como una ley obligatoria para nadie, sino solo como una ley que permite morir en paz a quien lo pida porque no puede vivir en paz. Para vivir en paz hemos nacido. ¿Y no anunciáis los obispos que con la muerte no se acaba la vida, sino que se transforma?

        Sed, pues, consecuentes y dejad morir en paz para vivir a quienes lo necesitan y desean. Por la compasión de las entrañas y por la fe en la Vida. No sigáis predicando, por favor, que la vida pertenece únicamente a “Dios”, como si fuera un Ser Supremo y Soberano que rige el mundo desde fuera, que decide cuándo, cómo y dónde hemos de nacer, cuándo, dónde y cómo debemos sufrir y morir. No convirtáis a Dios en norma exterior inmutable, enemiga de la libertad y del deber de decidir, revelada a unos pocos investidos del poder de imponerla a otros. Vuestro discurso sobre “Dios” como legislador despótico no solamente provoca el avance imparable del “ateísmo”, lo que no es ni bueno ni malo, sino que impide a mucha gente reconocer y cuidar en todo el Aliento vivificador que sostiene el universo sin fin.

        Defiendo la libertad de morir porque creo en la Pascua. Creo en la inagotable creatividad que anima el Universo, desde el agujero negro a 55 millones de años luz que acabamos de ver por primera vez hasta la flor del laurel. Y creo en el ritmo palpitante de la vida que nace y muere y renace transformándose sin cesar en infinitas formas. Creo en DIOS.

        Defiendo la libertad de morir porque creo en Jesús, que tuvo tanta fe en la Vida que se jugó la suya por aliviar el dolor del prójimo, por pura y libre bondad frente a toda ley, autoridad y doctrina. Se jugó la vida y la perdió, pero quien pierde su vida la gana, como la semilla de trigo que ya espiga en nuestros campos. Por eso, no por ningún sepulcro vacío, lo confieso viviente junto con todos los muertos, primero con los crucificados.

 

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