Ganadería: con “apellido”, por favor. Rosa Diez Tagarro

Hablar de ganadería, sin diferenciar entre métodos de producción, impactos o contribución al cambio climático solo favorece a la agroindustria. Con este este texto se nos invita a reflexionar sobre lo que ponemos en nuestros platos y sus consecuencias para la salud, los animales y el planeta.

Entro en Twitter. Hace poco más de tres años no sabía casi ni lo que era. Ahora prácticamente vivo allí. Leo tuits bienintencionados sobre los litros de agua que cuesta producir un filete, asociando deforestación con ganadería, y pienso que las megacárnicas estarán satisfechas. Misión cumplida, se dirán: se considera ganadería a una industria contaminante y apenas se distingue entre los diferentes métodos de producción. Y es que hablar de ganadería sin “apellido”, sin decir si hablamos de ganadería industrial, ganadería extensiva, ganadería ecológica, solo beneficia a quienes tienen muy poco de ganaderos o ganaderas, a quienes están vaciando nuestros pueblos, poniendo en riesgo la salud pública envenenando el agua y los suelos.

Al medio rural flaco favor se nos hace no distinguiendo entre quienes sí fijan población y crean empleo, quienes favorecen la biodiversidad y moldean nuestros paisajes con sus animales en los campos, quienes producen alimentos saludables y de calidad (la ganadería extensiva, la ganadería ecológica), y quienes, en cambio, agravan la despoblación, crean escaso (y precario) empleo (por no hablar del que destruyen o imposibilitan), están contribuyendo al cambio climático y convirtiendo a nuestros pueblos en auténticos vertederos (la ganadería industrial).

A los movimientos vecinales que defendemos nuestros territorios de la amenaza de la ganadería industrial nos ha costado nuestros sudores conseguir que los medios de comunicación muestren imágenes de ganadería industrial que se ajusten a la realidad. ¿Quién había visto hace tres años cómo era una explotación de porcino industrial por dentro? La publicidad nos mostraba cerdos correteando al sol, vacas comiendo margaritas, gallinas escarbando el suelo; cuando en realidad más del 90 % de la carne, los lácteos y los huevos que consumimos proceden de animales confinados, hacinados y sobremedicados que no ven jamás la luz del sol ni respiran aire fresco ni pueden desarrollar los comportamientos que les serían naturales.

Es cierto que ahora la ciudadanía es más consciente de los riesgos y costes de la ganadería industrial que permanecían ocultos (más bien, ocultados), no fuera a ser que nos diera cargo de conciencia seguir consumiendo productos de origen animal como si no hubiera mañana (literalmente), a costa, además, de nuestra propia salud. Es cierto que cada vez más gente es sabedora de la necesidad de reducir el consumo de esos productos; un consumo excesivo que nos enferma a nosotros y al planeta.

Pero mientras llamemos granjas a unas naves que en realidad son fábricas; mientras hablemos de ganadería sin especificar el método de producción; mientras llenemos nuestra cesta de la compra en el supermercado sin querer saber lo cara que nos sale esa carne que a priori parece tan barata; mientras no nos preocupe la vida que llevan los animales (puesto que morirán igualmente de una forma u otra); estaremos haciendo el juego a un sector que, con una potente maquinaria de marketing, nos quiere hacer creer que su industria es eficiente, limpia, sostenible y, el colmo del cinismo, buena para los propios animales.

Nos habremos plegado al “come y calla” de la agroindustria, de un sector que ha decidido qué tenemos que comer y en qué cantidades. Porque comer carne todos los días no es parte de nuestra cultura. La dieta mediterránea, sí; con un consumo mucho más restringido de proteína animal y énfasis en verduras, cereales, legumbres… Hemos dado un vuelco a nuestro plato en cinco décadas, desde la aparición de los supermercados. Y ahora toca cuestionarnos lo que estamos comiendo porque no hay planeta B (ni sistema sanitario que lo resista).

España se enorgullece de ser el principal productor europeo (y el tercero del mundo) de porcino industrial. A nivel mundial vamos por detrás de China y los Estados Unidos, países con una extensión mucho mayor que la nuestra. Nos vanagloriamos de haber desbancado a otros países europeos de un trono que han cedido voluntariamente ante la contaminación resultante de esa industria. Hemos abrazado un negocio que otros países han descartado ya y, por ese mismo motivo, nos hemos lanzado a la exportación: Francia, Italia, Alemania e incluso China están felices de que les criemos a sus cerdos y soportemos las consecuencias. Unas consecuencias que tienen sin agua potable a numerosos pueblos de toda España.

Hemos abrazado la ganadería industrial con tal entusiasmo y desenfreno que las explotaciones españolas son el doble de grandes que la media europea y vivimos en un país con una proliferación de la ganadería industrial que no tiene parangón a nivel europeo. Una proliferación que, además, no solo es desmesurada, sino también descontrolada, sin ningún tipo de ordenación del territorio.

Se están concediendo licencias en espacios naturales “protegidos”(por lo visto, no tanto) con la excusa de que los usos ganaderos son propios de esos lugares. De nuevo, falta de apellido para esos usos, cuando la ganadería extensiva y ecológica puede y debe tener su lugar en ellos, pero no una industria contaminante que pone en peligro todo lo que se pretende proteger.

Más descontrol: ante la saturación de las tierras de regadío, ahora se colonizan las de secano, donde difícilmente puede aprovecharse ese “inocuo abono órganico” que nos aseguran que son los purines (un cóctel de nitrógeno, restos medicamentosos y metales pesados, entre otras maravillas). Los benditos purines: unos residuos que nos salen por las orejas, que contaminan nuestros suelos, nuestra agua y nuestro aire.

Desde los movimientos vecinales rurales os rogamos que no metáis toda la ganadería en el mismo saco, porque la industrial ni siquiera merece ese nombre. Si habláis de los litros de agua necesarios para producir una hamburguesa (por la producción de piensos, con la deforestación para monocultivos que lleva asociada), aseguraros de especificar que habláis de ganadería industrial. Hablemos del grave riesgo para la salud que supone la resistencia a los antibióticos, a la que tanto contribuye la ganadería industrial.

Ayudadnos a seguir difundiendo que necesitamos consumir menos y mejor: reduciendo nuestra ingesta de carne, lácteos y huevos, y asegurándonos de comprarlos de ganadería extensiva y ecológica. Saquemos la ganadería industrial de nuestros platos y exijamos a las Administraciones que dejen de financiar a quien contamina(parece que lo de “quien contamina paga” se ha entendido al revés), que protejan al medio rural y la salud pública, que se apoye a quien de verdad puede seguir alimentándonos en un contexto de cambio climático. Dejemos de hablar de ganadería como si toda fuera igual, pongámosle apellido para que sepamos de qué estamos hablando: del pasado (de un modelo insostenible) o del único futuro posible.

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