IGLESIA Y ESPECTÁCULO. Antonio Aradillas

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Con la mayoría de los símbolos litúrgicos y religiosos, hoy en uso, empleados y venerados, es difícil –imposible- ser y ejercer de cristiano, y menos en conformidad con el evangelio. Los símbolos –“objetos materiales que representan otra realidad inmaterial, mediante una serie de rasgos que se aúnan por una convención socialmente aceptada”-, apenas si dicen algo hoy en el ámbito que es y se manifiesta como religioso, porque no hay quien los entienda, o porque los entienden al revés, a consecuencia sobre todo de que la formación- información es tan escasa.

Desde tal perspectiva, con realismo y sin faltarle a nadie al respeto, centro esta reflexión en unas cuantas esferas;

. La “solemnidad” -“importancia o significación, y majestuosidad”- es, y seguirá siendo por ahora-, meta y justificación de actos, ceremonias y ritos que se intitulan de por sí, a veces en exclusiva y de modo eminente, religiosos. No importan ni el tiempo dedicado a su preparación y ejecución, ni la consagración a los mismos de personas expertas en el tema, ni cuantas riquezas hay que exhibir en los “ornamentos sagrados”, ni la posibilidad de escandalizar al prójimo, y ni siquiera la seguridad de que tales acontecimientos “imperiales” no son ni evangélicos ni evangelizadores, sino todo lo contrario. A pocos –muy pocos- habrán educado en la fe, tantas ceremonias litúrgico-religiosas, ni estas les habrán proporcionado con largueza ocasiones para orar…A muchos más les habrán cerrado las puertas de la conversión posible. Ni en la idea, planteamiento y realización de tales solemnidades se hizo presente la intención salvadora de evangelizar, por parte de sus propios responsables, organizadores y consentidores.

Para el “pueblo fiel” fue, y en parte sigue siendo, “función y espectáculo, con la ventaja de que apenas si hay que pagar por disfrutarla, y de que además e indefectiblemente será “del agrado de Dios”, y seguro de vida eterna. Religión, como “negocio de salvación” se actualiza todavía en las catequesis, con carácter oficial u oficioso. La liturgia, en el capítulo de la “solemnidad” reclama con urgencia revisión en relación con los símbolos. Solemnidad, Iglesia y religión no son términos correlativos, ni complementarios. Engañan y confunden quienes así lo prediquen e intenten demostrarlo con argumentos bíblicos o teológicos.

. Como dato curioso, elocuente y notorio, destaca la circunstancia de que el alma y ejecutor de la solemnidad litúrgico- religiosa, será normalmente el obispo, figura que lleva consigo una bien nutrida cohorte de canónigos, cantos, homilías, turiferarios, toques de campanas y de campanillas, bendiciones, presencia de autoridades civiles y protocolos, al dictado de rigurosas prescripciones rituales, que rondan los linderos de los “ódines sacros”, y hasta de la “infalibilidad”. Saltarse o prescindir, consciente o inconscientemente, de cualquiera de estos “preceptos”, puede ser, además de objeto de pecado, una desconsideración frontal para con Dios, presente clericalmente en sus “ministros” o representantes en la tierra. Brazadas de imaginación serían necesarias para creerse que Jesús, y menos en sus celebraciones eucarísticas. hubiera tenido que someterse a tantos preceptos protocolarios…

A título anecdótico, y todo lo reverencial que se pueda ser, aludo al hecho real de que todos –o la mayoría- de nuestros obispos suelen estar dotados de algunos –bastantes- kilos de más, lo que en principio favorece la idea de que la solemnidad ha de acompañar a la gordura, o esta a aquella. La gordura como tal no es ni “santo ni seña” de pertenencia a la jerarquía eclesiástica. De por sí, ni es virtuosa, por “solemne” que aparezca ante los fieles, entre otras razones porque los ornamentos sagrados contribuyan  a ensalzar aún más los kilos que sobran… La Iglesia es callejera. Los obispos, por su ministerio y por exigencias de su propia salud, han de recorrer con frecuencia calles y plazas. Y pasear por parques y jardines.. Y charlar con unos y otros. Y con otras, tal y como “mandan los cánones”, la cortesía, los buenos modales y el sentido común. Las solemnidades, y cuanto se relaciona con ellas, no son, de por sí, salvadoras ni evangelizadoras.

. Considerando y respetando a los obispos, también como sumas referencias litúrgico- religiosas en el contexto y análisis de los símbolos, es de precepto la reflexión urgente acerca de su reforma, comenzando por las mitras, de las que ellos son tan fieles devotos. Hablando con claridad -y con caridad-, las mitras –todas las mitras- son de procedencia pagana – de Mitreo-, dios de los persas. Ponérsela y “lucirla” en las solemnidades pontificales de la celebración eucarística, parece, y es, raro. Muy raro. Y más, convencidos de que ellas –las mitras- fueron el distintivo de sus Sumos Sacerdotes y de los Generalísimos de los ejércitos de los emperadores de los dinastía de los Darío…

Las mitras no son otra cosa que los cuernos característicos de las divinidades representadas en forma de toros, tal y como comenzaron a aparecer como armas de los bóvidos, con predilecta mención cultural de “fuerza y agresividad” para los búfalos salvajes, ya en el arte rupestre. Al dios Amón de los egipcios, a Alejandro Magno y al mismo Moisés, -testigo el grandioso escultor Miguel Ángel-, se los representa con cuernos. Como símbolo de “fuerza divina”, citan los cuernos-mitras. San Lucas en su evangelio (1-69), y san Juan en el Apocalipsis (12-13) y el autor del  “I Libro de los Reyes” refiere que “Sedecías, el hijo de Canana, mandó que le hicieran “unos cuernos de hierro”.En la Iglesia, y fuera de ella, sobran astas, cuernos y símbolos que expresen ideas y comportamientos de agresividad y de fuerza, propias de los bóvidos y del resto de animales de esta especie.

 Cuernos, religión y evangelio no hacen Iglesia. La destruyen, por sólidos y consistentes, pero ricos –muy ricos- que sean los báculos que simbólicamente también se hagan presentes… Lo de “facies cornuta”, que tantos devotos, prosélitos y secuaces, acapara, es ati- evangélico y anti- religioso, y, por lo tanto, también anti- episcopal.

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