SUPERVIVIENTES

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Ilustración de Carmen F. Agudo

Pedro Moya Milanés. cristianismeijusticia

Suele decirse que los seres humanos somos generalmente más empáticos con el dolor que con la alegría ajena. Una desgracia dispara nuestras emociones con una intensidad que difícilmente podemos constatar en la celebración de un acontecimiento feliz, incluso respecto de personas con las que no tenemos afinidad o conocimiento.

Un elemento importante de esta reacción empática se acentúa particularmente con el relato que los eventuales supervivientes de una tragedia, si los hay, nos pueden transmitir. Ver o escuchar a sus testigos o protagonistas nos hace más próximos a lo acaecido que las noticias impersonales o carentes de rostro.

Hay hechos y relatos que por su magnitud y alcance casi planetario nunca nos dejan del todo indiferentes, e incluso nos emocionan por mucho que sea el tiempo transcurrido desde que sucedieron. Por ejemplo, en días pasados hemos celebrado el 75 aniversario del desembarco aliado en Normandía, una gesta trágica en la pérdida de vidas humanas, como feliz en la dimensión de sus consecuencias para el final de la Segunda Guerra Mundial y para el alumbramiento de una nueva Europa basada en unos cimientos impagables de paz, libertad y democracia. Tengo que reconocer que esas imágenes de  la conmemoración me conmovieron más al ver a un puñado de supervivientes ya casi centenarios, que con el testimonio de su relato y la crudeza de sus débiles siluetas, daban al acto un indudable halo de homenaje y gratitud personal. Ellos lo hicieron, fueron protagonistas, sobrevivieron, nos lo contaron. Su relato no necesitaba intermediarios ni interpretaciones, ni discursos. Eran ellos… Estaban allí…

Esto ha traído a mi memoria un mes de junio de hace ya unos cuantos años, en el que fui testigo de un acontecimiento trágico. En este caso, ligado al fenómeno de la inmigración. Eran los años en que, como responsable de Inmigración en Andalucía, afrontaba una realidad que se hizo dramáticamente cotidiana, el de las oleadas de pateras que arribaban a nuestras costas, dejando en cada incursión un reguero de cadáveres  y de sueños. Los meses de junio, con el buen estado de la mar, presagiaban el inicio de muchas pesadillas… Lamentablemente, los hechos siguen siendo hoy de inacabable actualidad. Todavía no podemos hablar de ellos en pasado y mucho me temo que lo vamos a seguir haciendo en el futuro.

No deja de ser cierto que la frecuencia y habitualidad en la repetición de los sucesos acaba por inocular una  cierta dosis de anestesia en nuestra capacidad de impacto. Pero tengo que reconocer que nuestra curva de emocionalidad tiene sus picos especialmente dolorosos cuando de los hechos obtienes un testimonio desgarrador, directo, in situ, de algún superviviente de la tragedia. El relato de una de tantas travesías dramáticas, fatal en su desenlace para unos y afortunada para otros, contado por uno de sus protagonistas, me causó una gran impresión. Aun hoy, muchos años después, no ha caído en el olvido. El runrún de sus palabras me acompañó algún tiempo y acabó cuajando en una especie de poema, que escribí, un poco a borbotones, de una memoria dolida y que he releído durante muchos junios… Es la aproximación sentida a la historia de un viaje que se inició en una playa cargada de esperanzas y sueños y acabó en otra playa en la que muchos de ellos ya no despertaron de ese sueño. Y entre medias, el infierno.

Hoy, también en junio, he vuelto a releerlo y, con el sentimiento de homenaje y reconocimiento a sus protagonistas, me abro a compartirlo en estas líneas.

Al alba rota
Amanecer no del todo amanecido
En un mar sereno de olas des-oladas
El abrazo templado de un viento perezoso
En una playa sin tiempo
Siluetas febriles sobre el arca de los sueños

La hora sexta….la luz sucumbe
Despierta un siroco preñado de infortunio
Gigantes de agua dibujan el miedo en ojos infantiles
El cielo se torna mar
El mar se vuelve cielo

Cuerpos ovillados en abrazos de muerte
Del vientre terroso de la cuna
Al pozo de aguas negras de la tumba

Aves de pelo sucio sedientas de festín
En la raya oscura de la playa
Tablones podridos, plásticos rajados…
A la espera de que la pleamar arroje
En incesante desfile
Las siluetas que ya fueron

El relato remite a unos hechos con fecha de registro, pero desgraciadamente sin fecha de caducidad. Su actualidad nos sigue golpeando.

Ilustración de Carmen F. Agudo

 

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