En la Iglesia hay mucho cuento. Y muchos cuenta cuentos y cuentistas. Antonio Aradillas

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Antonio Aradillas. Fe adulta

En la Iglesia hay mucho cuento. Y muchos cuenta cuentos y cuentistas. Y, por supuesto, chismorreros y enredadores a los que el inefable y bendito papa Francisco les tiene sempiternamente reservadas determinantes palabras de fustigaciones y de censura, pese a la gran capacidad de misericordia que le anima y define.

El cuento no es otra cosa, nada más y nada menos, que “una narración breve, de sucesos ficticios, especialmente la que va dirigida a los niños”-. “Vivir del cuento”, “el cuento de nunca acabar” y “cuento chino” –embuste o invención-, son expresiones que tejen “de luz y de color” la vida diaria, y también la de la Iglesia. El de “Jesusito de mi vida”, “Cuatro esquinitas tiene mi cama”, y “el Demonio a la oreja te está diciendo…”, configuran todavía gran parte de la solidez de la formación- información “religiosa”, que extendió y afincó las catequesis oficiales y familiares que ilustran a los educandos en materias de fe y costumbres. No es exagerado aseverar que, de cualquier ciencia, consciencia o asignatura de la vida se dispone de mayores y más firmes convencimientos, que de cuanto se relaciona de alguna manera con la religión en general, con inclusión de la cristiana y con los evangelios.

El progreso relativo a la cultura eclesiástica apenas si sobrepasa los límites de la niñez, ni en su contenido ni en la expresión e interpretación de los signos, por sacramentales que sean. Lo de la “fe adulta” y otras lindezas “religiosas”, así como “dar testimonio y razón de la fe que se profesa”, apenas si es patrocinado por grupos piadosos, por “selectos” que aparenten ser, con excepción de los que por oficio, por “vocación” o por lo que sea, formen parte integrante de la clerecía.

La nota en “Religión” que podría calificar debidamente a la mayoría de los cristianos, con piedad y misericordia rozaría la del “aprobado”. Los “suspensos” valorarían el grado de insuficiencia de los conocimientos, académicos o no, de muchos cristianos, incluidos no pocos clérigos que, con lo del Vaticano II, perdieron el curso, la carrera y hasta la “vocación”.

Los cuentos-cuentos ni son ni hacen Iglesia. A esta la hacen los evangelios, con sus parábolas que, narradas, vividas y testimoniadas por Jesús, son capítulos de su historia y de su doctrina fácilmente inteligibles para quienes están a la escucha, equipados además con la gracia de Dios. Los cuentos y las fantasías “piadosas” que hoy se nos siguen narrando y de las que se dice que alimentan la fe, se parecen muy poco, o no tienen parangón con lo que nos contó Jesús en sus parábolas…

Pero, además de cuentos y en proporción similar, a la Iglesia le sobran secretos. Entre unas cosas y otras, con nombres o sobrenombres distintos, hasta sacramentalizar a algunos como “sigilos” –“algo que se guarda bajo sello”- el secreto campea en la Iglesia, patroneando también doctrinas y comportamientos jerárquicos, con tranquilidad de conciencia y con la seguridad de que nadie se atreverá a “corregirles la plana” y menos a desobedecer, atormentados sistemáticamente con los “castigos eternos”

Diríase que el –los-secretos son patrimonio substancial de la Iglesia. Ninguna institución hay en el mundo que, al igual que ella, los defienda y acorace con tanta devoción y asentamiento, realismos y crudeza, de tal forma que parece ser esta “doctrina común” y con aspiraciones a dogma. El hecho es que en la Iglesia se sabe poco, muy poco. El silencio en ella es virtud institucional y más en quienes están convencidos de ser y actuar como únicos representantes. Romper, o contribuir a romper, este silencio eclesiástico, es considerado como pecado grave. Muy grave.

Para los partidarios de la transparencia, de las puertas y ventanas abiertas, de los brazos-abrazos, de los oídos sensibles y dispuestos a escuchar las críticas y los reproches, y los de descerrajar los “santuarios” en los que se les dé culto al silencio, dejar pasar años y años hasta que las llaves de los archivos resulten ser inservibles, no es pecado, sino una estimada virtud, adscrita al grupo que impunemente se dice capitaneado por la prudencia y la ortodoxia.

Pero, por poner un ejemplo, ¿qué es – o era- eso del “Tercer Secreto de Fátima”, guardado bajo siete llaves pontificias, nada menos que en el Santo Oficio, y que por fin abrió Juan XXIII el año 1963, a quien el todopoderoso cardenal Ottaviani le entregó el sobre lacrado, con conciencia de haber sido antes expurgado el texto, en el que lo más importante y digno de “sagrada” reserva, era la “revelación” de que llegarían tiempos en los que “se declararían guerras entre cardenales y cardenales, y obispos contra otros obispos”, como si esto no fuera, y siga siendo, noticia espectacular y exclusiva, también en la Iglesia?,

A la Iglesia, y en mayor proporción a la formada y reformada a tenor de las revelaciones hechas por la Virgen a los niños, y a Sor Lucía, le sobran secretos y miedos. Y es que Nuestra Santa Madre la Iglesia se asienta y afianza en la claridad, en la esperanza, y no en la obscuridad y en los miedos.

Pero de estos miedos, y del cuento del celibato, reflexionaremos otro día.

Antonio Aradillas

Religión Digital

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