Juan Bautista y Jesús: un “Mesías al revés”. Jose Mª Castillo

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Juan Bautista y Jesús, en el Jordán

Jose Maria Castillo. Teologia sin censura

Lo central y determinante, en la Iglesia y en la vida cristiana, no es la lucha contra el pecado, que sería la “ofensa a Dios”. “Lo central de la vida humana es la lucha contra el sufrimiento. Dicho de otra manera: contagiar felicidad a los demás”

La personalidad extraordinaria de Juan Bautista es, sin duda alguna, quien más y mejor nos descubre lo más original, lo más genial y lo más desconcertante que podemos encontrar en Jesús y su Evangelio. Y conste que Juan Bautista nos hizo este descubrimiento sin pretenderlo, ni darse cuenta de lo que realmente nos estaba diciendo.

En efecto, cuando Juan estaba ya en la cárcel, por su libertad al denunciar la desvergüenza y el escándalo del rey Herodes, se enteró allí de la actividad (“las obras”) que realizaba Jesús. Y aquella conducta de Jesús fue lo que desconcertó a Juan Bautista. Lo desconcertó hasta tal punto, que le hizo dudar si Jesús era o no era el Salvador “que tenía que venir”. O si, más bien, había que esperar otro Salvador, otro Mesías (Mt 11, 2-3).

Las “obras”, que realizaba Jesús, desconcertaron al Bautista porque éste, en su predicación junto al Jordán, cuando empezó a anunciar que era inminente la venida de Cristo, lo que en realidad anunciaba era la llegada de un Mesías amenazante y justiciero, que “traía el bieldo en la mano para aventar la parva y reunir el trigo en su granero, mientras quemaría la paja en un fuego inextinguible” (Mt 3, 12 par). Juan Bautista, por lo tanto, le hablaba a la gente de la “perdición eterna”, en la línea del juicio más severo (Ulrich Luz).

Obras frente a tremendismo

Pero el mismo evangelio de Mateo, que nos informa de este tremendismo, basado en miedos y amenazas, nos informa también de que las noticias, que le llegaron a Juan Bautista, sobre las “obras”, que realizaba Jesús, no sólo no coincidían con el Mesías amenazante, que él había anunciado a sus oyentes en el Jordán, sino que era un “Mesías al revés” del que se viene predicando, desde Juan Bautista hasta los más severos predicadores de juicios y fuegos eternos, que, en tiempos pasados y en tiempos actuales, vociferan amenazando con todas las condenas, que los desdichados pecadores, que somos los mortales, podemos imaginar.

Pues bien, ante este tremendista panorama religioso, la respuesta de Jesús fue tan sencilla como elocuente: “Id y contad a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. Y dichoso el que no se escandalice de mí” (Mt 11, 4-5; Lc 7, 21-23). Jesús corrige a Juan. Él no ha venido a imponer miedos y anunciar amenazas a pecadores y gente perdida. Mientras que, según Juan Bautista, Jesús vino a este mundo para remediar el problema del “pecado”, según el Evangelio, Jesús vino a este mundo para aliviar el “sufrimiento”, incluso el problema de la muerte y, por supuesto, el desamparo y las muchas carencias de los pobres.

Y conste que Jesús hizo, en aquella ocasión, el mayor elogio que se puede hacer de una persona: “Os aseguro: entre los nacidos de mujer no ha surgido nadie más grande que Juan Bautista”. Si bien es cierto que Jesús añadió a continuación: “aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él” (Mt 11, 11). A juicio de Jesús, Juan Bautista es lo más grande que da de sí el orden presente, este mundo en que vivimos. El sistema que brota del Evangelio, como proyecto de vida, no brota – ni puede brotar – de lo que da de sí la limitación inherente al ser humano.

La Iglesia tiene que orientar su teología

Dicho esto, se comprende sin dificultad dónde, en qué y cómo encontramos y vivimos el centro mismo del Evangelio. Lo central y determinante, en la Iglesia y en la vida cristiana, no es la lucha contra el pecado, que sería la “ofensa a Dios”. Por supuesto, una persona creyente tiene que evitar el pecado y cuanto puede desagradar a Dios. Pero hay algo que es más sencillo, más claro y al alcance de todo el mundo, a saber: lo central y determinante de la vida humana es la lucha contra el sufrimiento. Dicho de otra manera: contagiar felicidad a los demás. Tanto más, cuanto más limitadas y desamparadas son las personas con las que convivimos.

Siendo así las cosas, es evidente que la Iglesia tiene que reorientar su teología, su sistema de organización y su presencia en el mundo. Por esto, el papa Francisco es la gran fuerza de esperanza, que tenemos en este momento. Es evidente que ni el dinero, ni el poder, ni la fama, tal como esas cosas se viven en esta tierra nuestra, son camino de solución para el demasiado sufrimiento, que tenemos que soportar. Sólo el proyecto de Jesús es, en este momento, la luz de esperanza que nos queda. Por eso he dicho – y repito – que ni la economía, ni la política, ni la tecnología nos van a dar la felicidad que buscamos y el futuro que anhelamos. Tampoco la religión y sus observancias son fuente de esperanza. Sólo el “proyecto de vida”, que nos trazó, Jesús en su Evangelio, es la luz y la esperanza que anhelamos.      

 

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