La mentira y el insulto, armas de… ¡debilidad política!

 

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Jesus Bonet. Revista utopia

“Calumnia, que algo queda”

            Es la traducción que el filósofo inglés Francis Bacon hace en el s. XVII de un antiguo dicho latino. Durante el s. XVIII, algunos pensadores ilustrados insistieron en la primera parte del dicho: “Calumnia, calumnia, que algo queda”. La puesta en práctica de este dicho la tenemos todos los días en algunos de nuestros políticos: a sabiendas, mienten, mienten y mienten, e insultan, insultan e insultan. Tratan así de construir una “verdad”, “su verdad”, convencer a incautos y acríticos, y, por otra parte, descalificar groseramente a sus rivales.

            Esa es la “ética” de políticos que hablan de regeneración democrática y de eliminación de la corrupción, pero que inventan una postverdad en la que importan menos los hechos objetivos que las emociones personales de quienes les escuchan y creen lo que esos políticos dicen. Inventan una “verdad” compuesta de rumores falsos, vaguedades, ironía, inexactitudes y, directamente, mentiras. Y los que no aceptan esa “verdad” son agresivamente insultados, calumniados, vejados y controlados ilegalmente.

¿Objetivo? Sembrar la duda

sobre una gran parte de la población y manipular el débil sentido crítico de mucha gente, con la convicción de que aunque tales políticos saben que sus calumnias no responden a ninguna realidad objetiva, algo queda de ellas en las emociones de sus entusiastas y de los que están dispuestos a digerir cualquier cosa que vaya acompañada más por las emociones que por los argumentos racionales. Cuanto más turbia sea el agua política –piensan-, más se dejarán conducir los que no ven más allá de la porquería en suspensión. Es la aplicación de aquella frase que pone León Tolstoi, en su obra Guerra y paz, en boca de Katicha, uno de los personajes: “Para vivir en este mundo hay que ser intrigante y malvado”.

Armas de debilidad política

Psicológicamente, la agresividad negativa (violencia verbal, gestual o física), la mentira y la culpabilización de otros son mecanismos de compensación de los desajustes entre el razonamiento lógico y el equilibrio emocional de una persona. Un adolescente, igual que una persona adulta emocionalmente inmadura, utiliza sistemáticamente esos mecanismos. No es capaz de convencer argumentando racionalmente y con datos objetivos; por eso carga sus baterías con reacciones emocionales descompuestas. O sea, que cuanto más extemporáneas son sus explosiones emocionales, más está hablándonos, con sus actitudes, de su debilidad argumental y de su incoherencia; y si se trata de un político, más está manifestándonos que su estructura política mental es muy débil, su sentido de la democracia, más, y su miedo a la realidad, aún mayor.

La violencia, el insulto y la mentira,

aunque a algunos les cueste aceptarlo, son signos de debilidad. El fuerte mentalmente, el maduro emocionalmente, no acude a esos recursos, porque no los necesita y porque no le parecen éticamente asumibles. Por el contrario, quien recurre a ellos se mueve constantemente en el dilema de la castración: “o matamos o morimos”; pero ese dilema no tiene por qué ser válido, ya que para que uno viva no hace falta matar a otro. Pero ese es el negocio de la violencia y la mentira, sea un negocio político o económico, o los dos juntos. Por ello, algunos políticos explotan el negocio, pues suele resultarles rentable entre los incautos y los seguidores incondicionales.

Lo que sucede es que en una época en que las emociones sociales están muy manipuladas desde diferentes ángulos, la mayor parte de la masa social se deja manejar por esas emociones alteradas y arteramente empleadas; y ese es el verdadero peligro en política, sobre todo cuando de un voto dado aquí o allá puede depender el ir hacia adelante o hacia atrás todo un país durante varios años.

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