SÍ, PERO AQUELLA NOCHE… Eugenio Florit

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Versos para orar en la naturaleza.

Nicolás de la Carrera. Nido de poesia. religion digital

Honramos hoy al poeta hispanocubano Eugenio Florit. Es muy abundante y valiosa su producción literaria, siendo reconocido como uno de los poetas mayores de América. La antología de poesía religiosa “Hombre y Dios II” selecciona diez poemas del escritor “que es, sin duda, una de las voces más tersas y cristalinas en la lírica hispánica del siglo XX” (José Olivio). Hemos escogido para nuestra antología su poema “… Que estás en los cielos”.

FLORIT, EUGENIO (Madrid, 1903 – Miami, EEUU, 1999). Aunque nació en Madrid de padre español y madre cubana, vivió su adolescencia y juventud en La Habana, formándose académica y literariamente. Se licenció en Derecho y eligió la carrera diplomática, siendo destinado en 1940 al Consulado de Cuba en Nueva York. A partir de 1945 se dedicará a la docencia hasta su jubilación en 1969. Trece años después, se asentará en Miami hasta su muerte a la edad de 95 años.

Inicia Eugenio Florit su poema con el recuerdo de una tormenta en la que atribuye a Dios: “te vi la tarde de la tempestad, / con látigo de fuego.” Evoca también una mágica tarde por las azules y misteriosas aguas de un arroyo. Y rememora hermosos nacimientos y muertes del astro rey… Pero cuando llegó a ver de verdad a Dios fue aquella noche, frente a un encendido cielo con millones de luces, con necesidad de tumbarse en la tierra hasta quedar ciego de tanta belleza. Y meter tanta luz, meter a Dios en el alma, para que nunca ya le faltara. Sugerencia:escapar de la ciudad al campo una noche estrellada a contemplar el cielo y alabar a Dios y sentirle muy dentro del corazón.

 … QUE ESTÁS EN LOS CIELOS

 Te he visto muchas veces.
(Sí, pero aquella noche…)
Te vi la tarde de la tempestad,
con látigo de fuego,
en agua despeñada de lo alto
y en nubes de carrera loca.

 Te vi otra tarde, azul,
caído entre los árboles
a florecer como una luz de luna
entre el verde con frío del arroyo.

 (Sí, pero aquella noche…)

 Te he visto siempre donde la belleza:
muerte herida del sol,
alba rosada de ángel y de alondra,
y en la risa y el llanto verdaderos.

 Sí, pero aquella noche…

 Aquella noche, el verte
fue como ver el Universo entero.
Fue como estarse frente a Ti,
desnuda el alma –tan pequeño
como la luz de la luciérnaga–,
tímido como un ciervo del camino.

 Eran tantas las luces,
era una sola luz que aún en pedazos
ardía –eran millones de besos que besaban–.

 Y, más que todo, era
un ansia de llorar pegado a tu belleza;
de recostarse sobre el suelo,
de, hasta cegar, estar mirándote

 y meter tanta luz dentro del alma
–pura en lo oscuro, como las estrellas­–
para que nunca me faltara luz
ni Tú ya nunca me faltaras.

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