Castillo, sobre Burke y Brandmüller: “Con purpurados así, ¿a dónde vamos?”

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los cardenales Brandmüller (i) y Burke

Los cardenales Walter Brandmüller y Raymond Burke han escrito, hace pocos días, una carta a todos los cardenales del clero católico, expresando su profunda preocupación por la amenaza, que representa para la Iglesia entera el próximo Sínodo sobre la Amazonía que, en el ya cercano mes de octubre, se va a celebrar en Roma. Lo que más les preocupa a estos dos eminentes purpurados es que, ante la creciente escasez de sacerdotes que sufre la Iglesia, el Sínodo pueda permitir la ordenación sacerdotal de las mujeres o pueda suprimir, en algunos casos, la ley del celibato.

A juicio de los cardenales mencionados, según informan las agencias de noticias, los dos problemas mencionados (la ordenación sacerdotal de mujeres y la supresión de la ley del celibato) son asuntos de una gravedad equiparable nada menos que a los dogmas fundamentales de la cristología, que la Iglesia tuvo que resolver en los concilios ecuménicos de los siglos IV y V.

Confieso que esta noticia me ha impresionado. Más que por el contenido de la noticia en sí (lo de las mujeres y lo del celibato), sobre todo, por lo que la noticia refleja o da a entender

¿De verdad que los dos problemas más preocupantes, que ahora mismo tiene la Iglesia, son la posible ordenación sacerdotal de mujeres o la hipotética supresión del celibato de los curas?

¿Y no es más preocupante el hecho de que haya miles de cristianos que no pueden participar en la eucaristía, por la sencilla razón de que no tienen sacerdotes que les atiendan en su fe y en su vida sacramental?

Más aún, los dos insignes purpurados (ya mencionados) ¿no se han enterado todavía de que los dos problemas, que tanto les preocupan, no son ni pueden ser “dogmas de fe”? ¿Se han leído, alguna vez, el fundamental capítulo tercero de la Constitución sobre la Fe, del Concilio Vaticano primero (Denz.-Hün. 3011), donde se define lo que se ha de creer con Fe divina y católica?

Hablando con propiedad, la primera decisión solemne del Magisterio de la Iglesia sobre el celibato fue el “anatema” del canon 9 de Trento, en la sesión 11, en el año 1563 (Denz.-Hün. 1809). Pero téngase en cuenta que un “anatema” de Trento no define una cuestión de Fe. En la sesión 13 del concilio, se dice que sea “anatema” el que afirme que el sacerdote no puede darse la comunión a sí mismo (Denz.-Hün. 1660). Eso no puede ser un asunto de fe. Es una mera norma disciplinar. Pues el mismo valor tiene lo del celibato de los sacerdotes de Occidente.

En la Iglesia católica oriental no ha existido, ni existe, ley alguna sobre el celibato de los curas. 

Pues bien, si la doctrina de la Iglesia es la que tenemos, ¿a qué viene la preocupación de estos dos cardenales sobre la ordenación sacerdotal de las mujeres y el celibato de los sacerdotes? ¿Qué quieren estos dos purpurados? ¿Defender la Fe de la Iglesia o complicar el pontificado del papa Francisco? ¿Qué han puesto en evidencia estos dos hombres? Lo que parece más claro es que hay clérigos importantes, que se han empeñado en que todo siga como está, aunque del Vaticano se pueda decir que aquello es Gomorra; o que más de medio mundo se muera de hambre.

Con purpurados así, ¿a dónde vamos?

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