Niñas, mujeres y ciencia, Olga Margalef

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Reformular la educación que reciben niños y jóvenes sobre el hecho científico y su historia es imprescindible para acabar de una vez por todas con el techo de cristal

Olga Margalef. el periodico

Catorce de enero de 2005. Siglo XXI. El presidente de Harvard, Lawrence Summers, afirmaba que las mujeres no destacan en la carrera académica en matemáticas ni ingeniería por incapacidad innata. Ninguna categoría profesional te libra de la necedad. Tampoco es la primera vez que se usa la ciencia para reproducir propaganda patriarcal. Las palabras de Summers, -que por cierto acarrearon su dimisión- ignoraban deliberadamente las diferencias en la socialización de la ciencia y discriminación a la que están sometidas las mujeres desde pequeñas.

Pocos años después, el astrofísico Neil DeGrasse Tyson desmontaba magistralmente esta falacia en un debate público. “No soy mujer pero he sido negro toda mi vida”. El popular divulgador explicaba cómo las expectativas que le reservaban como joven, negro, eran cualquier otro oficio que no fuera el de la academia. Desde los nueve años tenía claro su sueño, estudiar el cosmos. Su entorno insistía en preguntarle por qué no quería ser atleta. Tyson habla de “fuerzas invisibles” en nuestra sociedad occidental que dilapidan vocaciones por falta de referentes (en su caso negros), falta de soporte y prejuicios. Fuerzas invisibles pero perfectamente perceptibles. Cuando se le pregunta a Tyson por qué hay menos mujeres en su campo de investigación concluye: “Empecemos por eliminar las barreras impuestas por la sociedad. Después podemos hablar del resto”.

Descubrimientos desaparecidos de la historia

¿Se han preguntado el efecto que tiene sobre las niñas que en algunos libros de texto no aparezcan nombres de mujer más allá de Marie Skłodowska Curie? La prohibición de aceptar mujeres en muchas universidades europeas hasta finales del siglo XIX o principios del XX explica por qué tan pocas mujeres pudieron tener acceso a una educación superior. Pero las mujeres no solo han tenido menos oportunidades para dedicarse a la investigación sino que además muchos de sus descubrimientos han desaparecido de la historia.

Descubrimientos femeninos deliberadamente olvidados, ignorados o atribuidos a hombres. Desde la reparación histórica de la figura de Rosalind Franklin, por su contribución en el descubrimiento de la estructura del ADN frente la invisibilización forzada por sus compañeros de trabajo, se han realizado grandes esfuerzos para rescatar la memoria de este ejército de pioneras. Agnes Pockels y sus trabajos sobre la tensión superficial del agua. Marie Tharp y la cartografía marina que ayudó a comprender la tectónica de placas. Nettie Stevens y el estudio de los cromosomas. Podríamos rellenar centenares de páginas de nombres e historias.

Es cierto que desde los años 70 las mujeres han irrumpido de forma incontestable en el campo de la investigación, pero un techo de cristal sigue truncando carreras. En el Estado español, las estadísticas del último año muestran como un 60% de los licenciados son mujeres, también alrededor de la mitad de los que se doctoran, pero los porcentajes disminuyen en las sucesivas categorías hasta llegar al 21% de catedráticas y solo 3 rectoras de 50 universidades públicas. Hay una clara guillotina al llegar a la treintena. Es el momento de la consolidación, el más competitivo y precario de toda la carrera y coincide con la edad media para la maternidad. Al extendido desequilibrio en tareas domesticas y de curas se le suma un tratamiento desigual. Se ha demostrado de forma robusta cómo las mujeres necesitan más publicaciones que los hombres para obtener un mismo contrato posdoctoral. Con la precarización de la ciencia presente en el sur de Europa, se pueden imaginar cómo puede condicionar esto la consolidación de cualquier carrera.

Promover la igualdad

Hay mucho trabajo por hacer. Promover la igualdad de condiciones para hombres y mujeres, niños y niñas. Asegurar que nuestras niñas crecen con referentes y los mismos estímulos que nuestros niños. El destino final no es solamente la paridad. Conquistar los sitios tradicionalmente reservados para hombres conlleva replantearnos el modelo que ocupamos. La esfera académica vive en un contexto en que se valora más el productivismo que la calidad y un conflicto abierto alrededor de la privatización de contenidos. El funcionamiento de la comunidad científica será distinta al incorporar las miradas de grupos tradicionalmente excluidos. Se beneficiará de nuevas preguntas, métodos y prácticas laborables. Es un cambio imprescindible.

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