Trinidad celeste, trinidad terrestre. Jose Arregi

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Joxe Arregi

A propósito de un libro reciente

La editorial Erein acaba de publicar un libro de Galo Martínez de la Pera cuya lectura me ha captado: Hirutasun santuaren misterioa, a saber, “El misterio de la santísima Trinidad”. Es insólito que se escriba en vasco un libro con un título así, que una editorial laica lo publique y que su lectura interese. Pues ahí lo tenemos.

Es un texto breve (180 pp.), de estilo ágil e incisivo, perfectamente trabado, de amplias visiones sintéticas. Un libro entre la teología, la filosofía y la historia, la sociología y la política. Y de candente actualidad, en contra de lo que pudiera sugerir el título. Efecto sorpresa. Un ensayo brillante que ha ganado, creo que merecidamente, el Premio Miguel de Unamuno del Ayuntamiento de Bilbao.

No pretende orientarnos en los laberintos sin salida de las discusiones cristológicas y trinitarias de los siglos IV y V. No. Se propone, ni más ni menos, ofrecernos una nueva explicación “materialista” de la historia muy alejada del materialismo histórico marxista. No son las relaciones económicas entre el capital y el trabajo, viene a decir, el substrato “material” que explica la historia, sino la relación entre el lenguaje y la escritura. El poder absoluto se apoderó del lenguaje y de la escritura, del espíritu y de la letra, de la libertad de interpretación y, por lo tanto, del progreso. Y de este modo destruyó la raíz cultural, la lengua o el alma de los pueblos. El Imperio y los Estados ahogaron las comunidades particulares y su comunión.

Así ha sido la historia, en efecto. Y lo sigue siendo, con una salvedad: cada vez más, los mismos Estados se ven sometidos a otro poder superior: las élites financieras sin otra patria que Mamón, el Dios del Mercado. ¿Pero qué tiene que ver todo ello con el título del ensayo que comento? Todo, pues el autor sostiene que el cristianismo ha sido la causa de esta desgraciada historia, que la Santísima Trinidad es su núcleo conceptual legitimador (único Padre omnipotente, único Hijo de Dios salvador, único Espíritu inspirador al servicio del gran Poder), y que todo ello fue ideado y construido de la nada por el primer apóstol cristiano propiamente dicho: Pablo de Tarso. En nombre del Dios cristiano y de la única religión verdadera, las naciones-Estado cristianas –cuya máxima realización y exponente son los Estados Unidos de América– han destruido la comunidad humana.

No entraré aquí a discutir si, en su historia bimilenaria, el cristianismo y solo él es el responsable de todos los males, y concretamente del exterminio de religiones, culturas y comunidades. Demuéstrese. Pero rechazo de plano casi todo lo que el autor afirma sobre los orígenes del cristianismo. La investigación histórica actual más crítica y autorizada desmiente rotundamente que el cristianismo originario fuera exterminador y haya sido creado por Pablo, que él haya inventado la Trinidad cristiana (no definida hasta el Concilio de Constantinopla en el año 381), “robado” las Escrituras judías y “falsificado” su sentido originario, reinventado de arriba abajo y desjudaizado enteramente la figura de Jesús, convirtiendo a un pobre hombre ignorante y filoterrorista en Hijo de Dios, un ser celeste preexistente. O que Pablo haya roto alguna vez o en algo con su fe judía. O haya fundado una Iglesia jerárquica al servicio del Poder, y que los evangelios hayan sido escritos para legitimar el proyecto paulino y no contengan datos históricos fiables sobre el hombre Jesús. Todo ello es sencillamente falso, como lo es, en consecuencia, que el mensaje y la praxis de Pablo, no digamos de Jesús, sean los que han destruido la comunidad humana.

Los investigadores están casi unánimemente de acuerdo en que Jesús, hijo de padre y de madre, discípulo de Juan, fue un profeta sanador libre, reformador, pero enteramente judío. Una de las máximas autoridades en la investigación histórico-crítica sobre Jesús y los orígenes del cristianismo, John Dominic Crossan, publicó en 2002 un libro de 690 pp. sobre el cristianismo “antes de Pablo”. En él escribe: “Quien empiece con Pablo interpretará a Jesús de una manera incorrecta; quien empiece con Jesús, interpretará a Pablo de una manera diferente”. Galo Martínez empieza con Pablo y creo que no solo desfigura a Jesús, sino también a Pablo.

A pesar de todo ello, suscribo la conclusión del libro. En esta hora grave, solo nos cabe una salida: construir comunidad, comunidades, respetando y cuidando su suelo nutricio cultural, lingüístico, espiritual al fin y al cabo. Y recrear la Tierra como una gran comunidad de comunidades. Sin eso, vamos derecho al abismo.

Hago mía la profesión de fe del autor en la trinidad comunitaria formada por ancianos, mujeres y niños, “la verdadera trinidad salvadora”, “la trinidad terrestre que protege el misterio de la vida y el secreto de la supervivencia de los pueblos”. Solo añadiría: si entiendo bien, eso que llama “trinidad terrestre” es, en el fondo, el sentido del Misterio “celeste” de la Santísima Trinidad cristiana.

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