El Amazonas pasó por Roma. José Arregi

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Jose Arregi

Reflexiones tras el Sínodo de la Amazonía

¡Bienvenido el Amazonas a las riberas del Tíber, a orillas del Mediterráneo!

La gran Amazonía, “tierra de bosques y de agua, de páramos y humedales, de sabanas y cordilleras, pero sobre todo tierra de innumerables pueblos, muchos de ellos milenarios, habitantes ancestrales del territorio, pueblos de perfume antiguo que continúan aromando el continente contra toda desesperanza” (Documento sinodal, n. 41), ha sido la invitada de honor al Sínodo de la Amazonía del 6 al 27 de octubre. ¡Bienvenida sea a Roma!

¿Habrá supuesto el giro “sin precedentes” que celebran muchos hacia otra Iglesia, una “Iglesia de rostro amazónico” (86)? Llevo casi siete años –legislatura y media en cualquier democracia– oyendo que con el papa Francisco ha llegado por fin la primavera de la Iglesia católica, y que esta vez será irreversible. Con perdón, yo no lo veo. Palabras, gestos, acentos de mensaje, estilos primaverales, muchos y buenos; cambios de fondo en el modelo de Iglesia, ninguno. Repaso los dos sínodos anteriores, el de la familia y el de los jóvenes, y soy incapaz de decir lo que trajeron de nuevo. Lo mismo me sucede con este último, que ha reunido a más de 300 personas en Roma, de las cuales 181 obispos, de atuendos y liturgias medievales. ¿Será éste por fin el inicio de una nueva Iglesia para el siglo XXI? Sigo sin verlo, pero ¡bienvenida sea la esperanza!

¡Bienvenido sea el documento final! Lo digo francamente, con el substancial reparo que enseguida indicaré. El mensaje social, político, ecológico dirigido al mundo entero con los ojos y el corazón en la Amazonía, me parece excelente. Denuncia con firmeza los “atentados” contra la vida de las comunidades indígenas (10), el modelo económico de desarrollo imperante, “destructivo y extractivista” (69), “depredador y ecocida” (46), el colonialismo (55) y el neocolonialismo (81), la “evangelización colonialista” (55). Reclama “una conversión Sinodal, sinodalidad del Pueblo de Dios bajo la guía del Espíritu en la Amazonía” (86). Reivindica el respeto “a la autodeterminación y a la libre decisión” de sus pueblos (50). Declara que “la Iglesia opta por la defensa de la vida, de la tierra y de las culturas originarias amazónicas” (78). Reivindica reiteradamente la cultura indígena del “buen vivir’ (Sumak Kawsay). Llama a una conversión ecológica integral (60). Aboga por una “Iglesia aliada de la Amazonía” (50). Magnífico.

Pero el último capítulo, el más largo, “Nuevos caminos de conversión sinodal”,  donde supuestamente propone las medidas innovadoras para una Iglesia del futuro, me ha decepcionado profundamente. ¿Nuevos caminos? Propone instaurar el diaconado permanente de varones (104-106) como auxiliares del sacerdote en la presidencia de ciertos sacramentos, pero esa figura ya existe. Plantea la posibilidad de ordenar sacerdotes a hombres casados de probada virtud para “las zonas más remotas de la región amazónica” (111), pero hay sacerdotes casados en la Iglesia Católica desde 1829 para católicos de rito griego y desde 2009 para sacerdotes anglicanos casados convertidos al catolicismo. Pide que la mujer pueda ser “lectora y acólita” (102) en la misa… ¡vaya por Dios!

Y –asunto estrella– propone que se reactive la comisión de estudio sobre una hipotética ordenación de mujeres como diaconisas (103), comisión que puso en marcha el papa Francisco y que pronto quedó en standby, pero el mismo papa advirtió que no tendría por qué ser una “ordenación sacramental”, es decir, que la mujer no será parte del clero, ni falta que hace. Y aunque lo fuera, la diaconisa seguiría subordinada al sacerdote y al obispo varón. Nada nuevo, pues, bajo el sol vaticano. Todo sigue bajo la autoridad del obispo, nombrado por el papa (eso ni se toca). El obispo venido de Roma es quien discierne el discernimiento y guía al Espíritu que guía. El clericalismo masculino queda intacto. Y bien claro se vio a la hora de votar: ni una sola mujer pudo hacerlo en la votación del Documento sinodal. He ahí la mujer en la Iglesia católica.

En conclusión: la Amazonía pasó apenas por el Vaticano. ¿Pasará de verdad el Vaticano por la Amazonía? ¿Se hará bautizar alguna vez a fondo en las aguas sagradas del Amazonas, como Jesús en el Jordán? Y quien dice el Amazonas dice el Benarés, el Congo, el Danubio y el Sena o el Guden danés. ¿Logrará la Iglesia católica liberar la Buena Noticia de Jesús de su dogmática trasnochada, de sus lenguajes ininteligibles, de sus estructuras clericales, de sus prejuicios eurocéntricos, de sus pretensiones absolutas?

Es verdad que los grandes viajes empiezan con un pequeño paso, pero a este paso desaparecerá la Iglesia antes de haberse transformado. Pero el Espíritu de la Amazonía seguirá alentando la vida, lejos de Roma, soplando donde quiere.

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