EL DÍA DE LA TOLERANCIA

Tolerancia
Imagen de Pexels extraída de Pixabay

Joan-Maria Raduà Hostench. Cristianisme i Justícia 

El 16 de noviembre se celebró el Día Internacional de la Tolerancia. En 1995 la Asamblea de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) proclamó la “Declaración de Principios sobre la Tolerancia” y fijó el 16 de noviembre como festividad y recordatorio del valor de la misma.

En el primer artículo de esta Declaración, los Estados miembros de la UNESCO manifestaron que “la tolerancia consiste en la armonía en la diferencia” y proclamaron que la tolerancia “no sólo es un deber moral, sino también una exigencia jurídica y política”, para terminar afirmando que la tolerancia es “la virtud que hace posible la paz”.

La tolerancia nace del reconocimiento del otro, de la aceptación de la diversidad. Tiene como presupuesto la dignidad de toda persona humana y el respeto a la misma. Parte de la asunción del principio ético fundamental recogido en el primer artículo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas cuando proclama que “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”.

La tolerancia ve en el pluralismo una riqueza y una oportunidad para construir una sociedad fundamentada en el respeto a la dignidad del otro. Tolerar supone aceptar que pueda haber visiones, opiniones, creencias y culturas diferentes, y al mismo tiempo -sin renunciar a las propias visiones, opiniones, creencias o culturas- intentar encontrar puntos en común y buscar la buena convivencia. Significa también estar abierto a empatizar con el otro para intentar comprender su punto de vista, e incluso estar dispuesto a llegar a aceptar el propio error. Tolerancia significa diálogo, un hablar de tú a tú con igualdad y respeto a la persona o al grupo con el que hablamos. Exponiendo -no imponiendo- nuestras ideas y escuchando las suyas, aceptando que ni uno ni los otros somos poseedores de la verdad.

En nuestro tiempo -al igual que en muchos otros momentos de la historia- la paz y la concordia se ven amenazadas por la intolerancia. Esta intolerancia puede tener dos orígenes, diversos, pero a la vez convergentes (dos extremos que se tocan): el fundamentalismo y la indiferencia.

El fundamentalismo es la negación del otro, es la imposición -por la fuerza física o psicológica- de las propias ideas o cosmovisiones. Es negar la diversidad y el pluralismo con una tergiversada idea de igualdad homogeneizadora.

La indiferencia es el otro enemigo de la tolerancia y la convivencia. Aparentemente no lo parece, porque no se manifiesta con la vehemencia y violencia verbal o física del totalitarismo, pero su efecto resulta igual de pernicioso, pues, aunque a menudo se viste con un pretendido respeto por las ideas de los demás, en realidad las ignora. En el fondo es un yo a lo mío y que me dejen tranquilo. Es un “todo vale”. De este modo la indiferencia se convierte en el trampolín que permite la expansión del fundamentalismo. Es el silencio acomodado que calla ante el abuso, la discriminación y la injusticia, porque al indiferente le resbala todo lo que pueda suceder a los que no son como él.

Como ciudadanos debemos interrogarnos sobre cuál debe ser nuestra actitud ante la intolerancia. ¿Se puede llegar a tolerar la intolerancia? La respuesta, a nivel filosófico o ético, no es tan sencilla como parecería a primera vista. Si aceptamos la intolerancia, corremos el riesgo de que ésta nos destruya. Por el contrario, si no la aceptamos, entonces corremos el peligro de convertirnos en intolerantes. Ante esto debemos tener presente que en el momento de valorar si las opiniones o conductas de los demás son intolerantes, estamos haciendo un juicio de valor. ¿Dónde se pone la frontera? ¿Cómo resolver esta situación?

La respuesta en abstracto a esta cuestión nos lleva a los límites filosóficos, éticos, morales y jurídicos. Hace falta una luz o un criterio que nos ilumine. Hay que encontrar un punto de referencia. Este criterio no puede ser otro que reconocer la dignidad y los derechos fundamentales inherentes a toda persona humana, tal como lo proclama el artículo primero de la Declaración Universal de los Derechos Humanos cuando dice que “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y en derechos”. Así pues, no se pueden aceptar actitudes que nieguen la libertad y dignidad de las personas. Por eso no podemos permanecer indiferentes ante actitudes intolerantes que atenten contra los derechos fundamentales de las personas. Hay que mantener la firmeza, denunciarlas y trabajar para revertirlas.

Hoy, Día Internacional de la Tolerancia, debemos ser conscientes de que uno de los retos de nuestro tiempo es combatir todas las formas de intolerancia. En esta tarea resulta imprescindible promover actitudes de diálogo y respeto dentro de las familias y de la sociedad, y también entre todos los pueblos y naciones. Es una tarea de todos, en la que tienen un papel fundamental las familias, el mundo educativo y los medios de comunicación y, en último término, todos y cada uno de nosotros.

Como dice el artículo 1.2 de la Declaración de la UNESCO, “Tolerancia no es lo mismo que concesión, condescendencia o indulgencia. Ante todo, la tolerancia es una actitud activa de reconocimiento de los derechos humanos universales y las libertades fundamentales de los demás. En ningún caso puede utilizarse para justificar el quebrantamiento de estos valores fundamentales. La tolerancia deben practicarla los individuos, los grupos y los Estados”.

El primer paso en el camino de la convivencia, la justicia y la paz entre las personas y los pueblos es el reconocimiento y el respeto recíproco. Es un camino compartido con toda la humanidad y que hay que andar con tolerancia. Cada día es un buen día para celebrar y practicar la tolerancia. ¡Practiquémosla y defendámosla siempre!

Tolerancia
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