Antonio Aradillas: “La mujer no forma parte de la Iglesia”

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Tal y como están las cosas dentro de la Iglesia, la mujer ni es tratada ni considerada como parte de ella

la Iglesia –léase a los eclesiásticos-, no le interesa la promoción de la mujer en igualdad con el hombre

A la hora de las enseñanzas verbales clásicas, conservadoras, pro- patriarcalistas y antifeministas (…) a lo que más se le acerca la definición de mujer cristiana es lo de “pecado”

Convertir en primer titular de los medios de comunicación social el hecho de que, por fin, la mujer haya substituido al hombre en la gestión de alguno de los dicasterios romanos, provoca pena o risa

¿Pero qué hacen las monjas sirviendo a cardenales, obispos y curas, en actividades cuya pastoralidad no siempre aparece con la nitidez y evangelio que distinguía a quienes acompañaban a Jesús por los caminos?

¿A quién o a quienes no se le han de rasgar las vestiduras, por sagradas que sean, o caérseles la cara de vergüenza al publicarse ciertas noticias referidas a religiosas “desvirginizadas”?

 

El hecho es que todavía, y tal y como están las cosas dentro de la Iglesia, la mujer ni es tratada ni considerada como parte de ella. Es como un anexo o un añadido, cómodo o incómodo, según y conforme. Casi se superaron ya más o menos los tiempos de las confrontaciones doctrinales establecidas entre provectos, “santos” y sapientísimos teólogos, a propósito de si la mujer poseía alma, o si esta era o no, humana como la del hombre, pero desde haber alcanzado el convencimiento no del todo unánime a favor de la mujer, apenas si se ha avanzado más en el ámbito de su promoción.

La mujer, hoy por hoy, con añosos y aún actualizados tratados de eclesiología en la mano, ni es ni pertenece, ni es considerada en la Iglesia en igualdad de condiciones que el hombre. Está maltratada. Aún más, no pocas de los malos tratos que padecen en la actualidad y que se hacen dramáticas noticias, pueden tener, y tienen, explicación en el adoctrinamiento catequético recibido.

A la hora de las enseñanzas verbales clásicas, conservadoras, pro- patriarcalistas y antifeministas, con las que se sigue nutriendo el pueblo de Dios, a lo que más se le acerca la definición de mujer cristiana es lo de “pecado”. Ella es, de por sí, y sin parvedad de materia, pecado-pecado. Para su justificación, y con carácter semi-dogmático, biblistas, moralistas, predicadores y educadores que se dicen religiosos, movilizan, como sea y a costa de lo que sea, cánones, versículos, textos bíblicos y escenas del Año Cristiano, arrancadas de leyendas mitológicas y paganas, y salvando tal vez, y tan solo, a la Virgen, bajo alguna de sus advocaciones patronales más devotas. El resto del género femenino es y lleva al pecado. “El mundo, el demonio y la carne”(¡¡), es triste, injusta, antinatural y antievangélica forma de expresión de los “enemigos del alma”, que irreversiblemente abrirá de par en par las puertas del infierno a la mujer por mujer.

La negación absoluta de la capacidad redentora que se le niega a la mujer, por mujer, al menos en igualad que el hombre-varón, sigue siendo proclamada oficialmente, con infinita sorpresa y escándalo ante alguna que otra atrevida decisión que audazmente se toma en serio y protagoniza al papa Francisco. Convertir en primer titular de los medios de comunicación social el hecho de que, por fin, la mujer haya substituido al hombre en la gestión de alguno de los dicasterios romanos, provoca pena o risa, cuando hoy, y en cualquier estamento de la vida ciudadana, política, cultural o civil, la mujer “le da sopas con honda” al hombre-varón más flamenco y más ilustrado, aún en los ámbitos eclesiásticos.

A la Iglesia –léase a los eclesiásticos-, no le interesa la promoción de la mujer en igualdad con el hombre. Más que como personas y fervorosas cristianas, al estamento clerical le interesa la mujer como “colaboradora”, pero siempre dependiente, y como sierva o esclava. Y si la mujer es monja o perteneciente a alguna Congregación Religiosa, mejor que mejor. De vez en cuando aparecen noticias documentadas –dado que ya es posible informar de todo, o de casi todo, también de la referido a la Iglesia-, que hacen públicos ciertos comportamientos merecedores de descalificaciones humanas y divinas…

¿Pero qué hacen las monjas sirviendo a cardenales, obispos y curas, en actividades cuya pastoralidad no siempre aparece con la nitidez y evangelio que distinguía a quienes acompañaban a Jesús por los caminos de Judea, Samaria y Galilea y habitantes de fuera del Pueblo Elegido por Dios?

¿A quién o a quienes no se le han de rasgar las vestiduras, por sagradas que sean, o caérseles la cara de vergüenza al publicarse ciertas noticias referidas a religiosas “desvirginizadas”?

La mujer, por mujer, no es todavía Iglesia. (“Todavía” es un adverbio procedente de “tota vía”, o “en todo tiempo”). Es de esperar que llegue a serlo algún día –bien pronto- , con todas sus redentoras consecuencias y en cuyo ministerio el papa Francisco parece empeñado, aunque algunos quisiéramos que pusiera en ello más dosis de audacia. La Iglesia tiene nombra y sobrenombre de mujer y de madre. Al machismo lo definen las bestias, algunas de ellas hasta sin prescindir de los capisayos…

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