Castillo: “¿Lo más peligroso para la Iglesia es la amenaza de un cisma o la presión del clericalismo integrista?”

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“Responder al derecho de los fieles es una obligación apremiante”

“Esta situación se resolverá cuando se tomen dos decisiones, que son cada día más apremiantes: 1) La ordenación presbiteral de hombres casados; 2) Establecer en la Iglesia la igualdad de derechos de mujeres y hombres”

“¿Una vez más la Iglesia se va a empeñar en imponer, al mundo y a la historia, lo que el mundo y la historia han demostrado ya sobradamente que la Iglesia no tiene poder para eso, ni está en este mundo para eso?”

 

Hace menos de una semana, he publicado en Religión Digital una breve reflexión proponiendo que, en cuanto se refiere a los problemas que afectan a la Amazonía, en vez de dedicarnos a criticar al Papa, nos unamos todos a él. Y en esto mismo, ante todo, quiero insistir. Pero añadiendo una pregunta: lo más peligroso en la Iglesia, ahora mismo, ¿es la amenaza de un cisma o es la presión del clericalismo integrista?

La razón de ser de esta pregunta se comprende fácilmente: sin duda alguna, en los ambientes de la Curia Vaticana tienen más peso las ideas y los intereses de los cardenales, obispos y monseñores que representan al clero conservador, que las ideas y carencias de los cientos de miles de cristianos que viven desamparados en la inmensa Amazonía.

Ahora bien, quienes presionan en Roma, para que el Papa no tome decisión alguna en este momento, deberían (ante todo) recordar aquel texto importante del concilio Vaticano II: “Los seglares, como todos los fieles cristianos, tienen el derecho de recibir con abundancia de los sagrados pastores, de entre los bienes espirituales de la Iglesia, ante todo, los auxilios de la palabra y de los sacramentos” (LG, 37).

Responder debidamente a este derecho de los fieles es una obligación apremiante que tiene el gobierno de la Iglesia. Una obligación a la que el Papa tiene que responder, sean cuales sean, los intereses y argumentos del clero más integrista y conservador.

En la Curia Vaticana deberían tener siempre muy presente que la Iglesia tiene su origen y su razón de ser, no en determinados sectores del clero, por importantes que éstos sean. La Iglesia tiene su origen y su razón de ser en Jesús el Señor, la “Palabra” que Dios tenía que decir a este mundo, y en el Evangelio que Jesús nos dejó. Y no olvidemos que nos lo dejó como mandato, que tiene su punto culminante en la Eucaristía, para que nos acordemos de él y le tengamos presente.

León, Astorga, Mérida y el obispo Cipriano

Este dato es tan determinante, que a él se supedita todo lo demás. Incluso la designación de obispos y ministros en cada comunidad cristiana. Es importante saber que, en la Iglesia de los primeros siglos, se le reconocía a cada comunidad el derecho de elegir a sus ministros. Y también el derecho de quitarlos, cuando los ministros no se comportaban de acuerdo con su misión. No estoy exponiendo una teoría. Estoy hablando de un hecho bien demostrado. En el otoño del año 245, se le presentó a Cipriano, obispo de Cartago, el problema que habían planteado los fieles de tres diócesis españolas: León, Astorga y Mérida. En estas iglesias, los obispos no habían cumplido con su obligación de defender la fe cristiana en la persecución que el emperador imponía contra los cristianos. En tal situación, las comunidades habían depuesto de sus cargos a los tres obispos. Pero uno de ellos, llamado Basílides, recurrió a Roma, al papa Esteban, con un informe manipulado en beneficio de Basílides. El papa lo repuso en su sede diocesana.

Pues bien, estando así las cosas, los fieles de las tres diócesis mencionadas, al verse desamparados por Roma, acudieron a Cipriano, que convocó un Sínodo local para resolver el asunto. La decisión del Sínodo ha llegado hasta nosotros en la carta 67 de Cipriano, que además está firmada por los 37 obispos que asistieron al Sínodo.

La comunidad elige y depone al obispo

Se puede pensar razonablemente que se trataba de una mentalidad extendida y aprobada por las Iglesias del siglo III. Ahora bien, en la carta sinodal, se hacen tres afirmaciones determinantes:

1ª) La comunidad local tiene poder para elegir a sus ministros, concretamente al obispo:

“Vemos que viene de origen divino el elegir al obispo en presencia del pueblo, a la vista de todos… Dios manda que ante la asamblea se elija al obispo” (Epist. 67, IV, 1- 2. Ed. J. Campos, Madrid, BAC, 1964, 634).

2ª) La comunidad tiene poder para quitar al obispo indigno:

“Por lo cual el pueblo… debe apartarse de un obispo pecador y no mezclarse en el sacrificio de un obispo sacrílego, cuando sobre todo, tiene poder de elegir obispos dignos o de rechazar a los indignos” (Epist. 67, I I I, 2, p. 634.

3ª) Incluso el recurso a Roma no debe cambiar la situación, cuando tal recurso no se ha hecho con verdad y sinceridad:

“Y no puede anularse la elección verificada con todo derecho, porque Basílides… haya ido a Roma y engañado a nuestro colega Esteban que, por estar tan lejos, no está informado de la verdad de los hechos, y haya obtenido de él ser restablecido ilegítimamente en su sede, de la que había sido depuesto con todo derecho” (Epist. 67, V, 3, p. 635).

Es evidente que este Sínodo indica una mentalidad según la cual la Iglesia consistía más en la comunidad que en el clero. Lo cual no era atentar contra los derechos del clero, sino sencillamente reconocer la función y los derechos de la comunidad.

Anteponer los intereses del clero a los del pueblo

Así se pensaba y se actuaba en la Iglesia de los primeros siglos. En el momento presente, se piensa y se actúa exactamente al revés: lo que se impone es el interés y las conveniencias del clero, incluso cuando eso exige abandonar en el desamparo religioso y evangélico a cientos de miles de cristianos, que no pueden lograr el cumplimiento de sus derechos porque vivimos en una Iglesia que antepone los intereses del clero a los derechos de los últimos de este mundo.

Y es de suma importancia dejar muy claro que esta situación se resolverá cuando se tomen dos decisiones, que son cada día más apremiantes: 1) La ordenación presbiteral de hombres casados; 2) Establecer en la Iglesia la igualdad de derechos de mujeres y hombres.

Tal como evoluciona la sociedad y la cultura, estas dos decisiones van a ser inevitables dentro de pocos años. Nos guste o no nos guste, el mundo va en esa dirección. ¿Una vez más la Iglesia se va a empeñar en imponer, al mundo y a la historia, lo que el mundo y la historia han demostrado ya sobradamente que la Iglesia no tiene poder para eso, ni está en este mundo para eso?

La conclusión es clara: la misma fidelidad a la Iglesia y al Papa, que me motivó a escribir la reflexión anterior sobre la Amazonía, es la que me motiva ahora para decir lo que aquí escribo porque es lo que veo más coherente y esperanzador, no sólo para la Iglesia y el Papa, sino además y también, para la Amazonía.

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