Luisa Carnés: feminismo entre pasteles de fresa y lucha obrera. Lucia López Alonso

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Luisa Carnés, autora de la generación de las ‘sinsombrero’

La novela es una denuncia colosalmente gráfica de las condiciones de vida de las obreras de los años 30 en España

La protagonista, camarera de un salón de té, resume el contraste entre la vida de la clase trabajadora y la de los clientes que “le recuerdan que ha tomado a las ocho de la mañana una taza de café puro y un pedazo de pan correoso, y que son las dos de la tarde”

Escribe de la mujer creyente: “Su mente contiene suficientes aforismos tradicionales, encargados de convencerla de su error y de la inmutabilidad de la sociedad”

 

Una bata negra, planchada con almidón. Con imágenes como ésta la escritora Luisa Carnés convirtió una novela en una denuncia colosalmente gráfica de las condiciones de vida de las mujeres obreras de los años 30 en España. Publicada en 1934, “Tea rooms. Mujeres obreras” refleja la explotación laboral a la que estaban sometidas, el problema de la feminización de la pobreza y su gemelo, la marginación cultural de la mujer. De fondo, también se percibe el peso de una religiosidad fatalista, que había predicado una normativa de género injusta, bajo el envoltorio de la moralidad.

Mostrando una a una todas sus caras y consecuencias, desde una perspectiva micropolítica, la autora madrileña utilizó la ficción para hacerle palpar al lector la transversalidad del patriarcado. Que lo atravesaba todo entonces (en la época de la generación de españolas que consiguió el derecho al voto: Clara Campoamor, Elena Fortún, María Teresa León… junto a Carnés), y continúa presente en la actualidad.

Una sociedad de clases

Habiendo tenido que renunciar a la escuela con once años, para asumir duros trabajos manuales y aportar dinero a su familia, Luisa Carnés centra la mirada de esta historia en la realidad de una de esas batas de servicio, una camarera de un salón de té del centro de Madrid. “Esa bata negra lleva dentro una pequeña Matilde, que dormirá allá lejos, en un camastro reducido, ovillada con alguna hermana menor”, escribe Carnés. A pesar de su prosa descargada, la autora no elude detallar la atmósfera que oprime a los trabajadores: habitaciones sin ventilación y sin intimidad, rugido de tripas, suburbios. Y al otro lado, la realidad de los burgueses. Clientes que piden pasteles de fresa en el salón, “recordándole que ha tomado a las ocho de la mañana una taza de café puro y un pedazo de pan correoso, y que son las dos de la tarde”.

Pero la novela no se queda solamente en la desigualdad social, sino que también desenmascara la parte menos visible del estilo de vida de los acomodados. Como al relatar que la mujer de una familia que acude a merendar con frecuencia al salón “siempre solía pedir un vaso de leche y un brioche; pero antes de formular el pedido en firme al camarero solicitaba con los ojos al esposo un signo de aprobación”.

Galería de retratos

Varias obreras trabajan juntas en el salón, compartiendo momentos de desencuentro y otros de sororidad. “Diez horas, cansancio, tres pesetas”, se indigna Matilde, que escucha a los sindicatos y quiere exigir una situación de trabajo mejor. Otro personaje es el de la compañera que dejará el establecimiento y acabará prostituyéndose para sofocar el hambre. Otra es la jefa desclasada, que no permitirá ninguna excepción al equipo de sirvientas…Y otra “vive aterrorizada por los acontecimientos políticos del país: expulsión de los jesuitas, confiscación de los bienes a los religiosos, enseñanza laica en las escuelas”, influida por unas monjas a las que frecuenta.

Religiosidad antifeminista

Dentro de esta crónica social de ficción, que poco a poco se va convirtiendo en una declaración en defensa de los derechos y la dignidad de las mujeres, Carnés también aborda la religión. De la chica que aborta y se convierte en la vergüenza de su devota familia, a las señoras que practican una caridad cristiana con condiciones. Hasta el punto de retirar la ayuda “a unas personas que arrancaban de las paredes los almanaques religiosos y leían libros prohibidos”.

Carnés también aborda la religión, de la chica que aborta y se convierte en la vergüenza de su devota familia, a las señoras que practican una caridad cristiana con condiciones

También (o sobre todo) profesional del periodismo, la novelista describe a la mujer creyente de la época “cultivando la religión y soñando con lo que ella llama su “carrera”: el marido probable”. De nuevo ahí se refleja el patriarcado, junto a unos postulados de fe que podían haber llevado a la mujer del conformismo al determinismo. Escribe Carnés: “La religión la hace fatalista. Noche y día. Verano e invierno. Norte y sur. Ricos y pobres. Siempre dos polos. ¡Bueno! A veces -pocas- siente que su vida es demasiado monótona y dura; pero su mente contiene suficientes aforismos tradicionales, encargados de convencerla de su error y de la inmutabilidad de la sociedad”.

Lo que hoy sabemos

Hoy sabemos muchas de las lecciones que la generación de Carnés, convencida de que debía producirse un cambio de mentalidad en el país, quiso reivindicar. Que los cuidados del hogar no tienen ni visibilidad ni reconocimiento. Que incluso la moda es una violencia silenciosa con la que se sigue culpando y oprimiendo al cuerpo femenino. Que los libros no son “la condenación eterna”, sino lo contrario: que la educación es el esfuerzo transformador. Lo único que te salva de acabar fanatizada, porque te enseña a pensar por ti misma. Con la especial fuerza de su palabra, Carnés moviliza y repara: “Ahora sabemos que los lloros y los rezos no sirven para nada. (···) que las mujeres valen más que para remendar ropa vieja, para la cama y para los golpes de pecho; la mujer vale tanto como el hombre para la vida política y social”.

L. Carnés. Placa conmemorativa en Madrid

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