Castillo: “¿Me vale la misa que se ve en la tele? ¿me puedo confesar por teléfono?”

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Misa virtual

“Lo que, de verdad, me interesa y me preocupa es que, demasiados responsables y dirigentes de la Iglesia actual puedan dar la impresión de que es más importante observar y someterse a la Religión (con sus normas y rituales) que ser fieles al proyecto de vida que nos propone el Evangelio”

“La Iglesia ofrecía todo lo necesario para constituir una especie de seguridad social: cuidaba de huérfanos y viudas, atendía a los ancianos, a los incapacitados y a los que carecían de medios de vida; tenía un fondo para los funerales de los pobres y un servicio para para las épocas de epidemia”

 

Con motivo de la pandemia del virus, a medida que van pasando los días, van aumentando las preocupaciones, en los ambientes clericales y eclesiásticos, por el hecho de la creciente dificultad para que la gente acuda a las iglesias. Y en las iglesias, los creyentes puedan rezar, oír misa, confesarse, practicar la religión en este tiempo de tantas carencias y problemas. Se multiplican las dudas y las preguntas: ¿me vale la misa que se ve en la tele? ¿me puedo confesar por teléfono? Y así sucesivamente.

Sinceramente, a mí no me preocupa (ni me interesa mucho) toda esta “casuística sacramental” que ha surgido con motivo de la reclusión y el encierro que nos ha impuesto el coronavirus. Cuando, entre los cristianos, nacieron los sacramentos, no existían los actuales medios de comunicación. Además, hay sacramentos que no sé cómo se pueden celebrar a distancia. Por ejemplo, la eucaristía, que originalmente fue una “cena compartida”. ¿Cena alguien por el hecho de ver en la tele que otros cenan?

A mí me parece que el “enclaustramiento”, que estamos soportando por causa de la pandemia del virus, no va a modificar mucho la actual práctica sacramental de los cristianos. Cuando vayamos saliendo de la situación actual, esperamos que todo seguirá como estaba.

En todo caso, lo más importante que se me ocurre decir, en este momento, es que a todos nos vendría bien recordar (o informarnos) de que fue precisamente en los primeros siglos, cuando las prácticas sacramentales no estaban tan organizadas y reglamentadas como ahora, ni siquiera se sabía cuántos eran los sacramentos, entonces precisamente fue cuando el cristianismo floreció con más vigor y más pujanza. Este asunto – tan determinante – está bien documentado y analizado.

Fue justamente cuando el Imperio Romano empezó a debilitarse, en la llamada “época de angustia”, desde Marco Aurelio a Constantino (161-306) (E. R. Dodds), entonces precisamente fue cuando el cristianismo arraigó en lo más vivo de la población. No por la multiplicación y exactitud de sus ceremonias. Eran tiempos en que los cristianos no tenían ni templos. Y hasta les era impensable el simple hecho de enseñar la cruz. Porque, en aquella cultura, decir que se creía en un “Dios crucificado”, era una contradicción tan absurda, como si hoy dijéramos que ponemos nuestra fe en un “dios ahorcado”.

Entonces, ¿qué es lo que impresionó tanto a la gente, que aquella Iglesia, en tan poco tiempo atrajo a tantos adeptos? Una agrupación de adeptos, que vivía un sentido comunitario tan fuerte, que unía a los individuos y a las familias, más que por unos determinados ritos religiosos, sobre todo por una forma común de vida, como acertadamente dejó escrito Orígenes (Contra Cels., 1, 1), esto fue decisivo, incluso determinante.

Por eso la Iglesia ofrecía todo lo necesario para constituir una especie de seguridad social: cuidaba de huérfanos y viudas, atendía a los ancianos, a los incapacitados y a los que carecían de medios de vida; tenía un fondo para los funerales de los pobres y un servicio para para las épocas de epidemia (cf. Arístides, Apol. 15. 7-9; Harnack, Mission, I, 147-198). Pero más importante que estos beneficios materiales era el “sentimiento de grupo”, que acogía sobre todo a los que vivían como desarraigados en las grandes ciudades. Como bien ha escrito Dodds, “debieron ser muchos los que experimentaron un profundo desamparo: los bárbaros urbanizados, los campesinos llegados a las ciudades en busca de trabajo, los soldados licenciados, los rentistas arruinados por la inflación y los esclavos manumitidos. Para todas estas gentes, el entrar a formar parte de la comunidad cristiana debía ser el único medio de conservar el respeto hacia sí mismos y dar a su vida algún sentido. Dentro de la comunidad se experimentaba el calor humano y se tenía la prueba de que alguien se interesa por nosotros” (o. c., 178-179).

Termino y ésta es mi conclusión: no sé si los templos se van a quedar vacíos; ni sé tampoco si habrá gente que tranquilice su conciencia viendo una misa por la tele o se piense que Dios le perdona porque habla con un cura mediante el móvil. Sinceramente, todo eso no me preocupa gran cosa. Lo que, de verdad, me interesa y me preocupa es que, demasiados responsables y dirigentes de la Iglesia actual puedan dar la impresión de que es más importante observar y someterse a la Religión (con sus normas y rituales) que ser fieles al proyecto de vida que nos propone el Evangelio.

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