Pablo d’Ors: «El silencio da miedo porque nos enfrenta a lo que somos»

Gonzalo Pérez. 12-12-18. Pablo D´Ors
Pablo d´Ors/Foto: Gonzalo Pérez/La Razón

El sacerdote y escritor recuerda que en tiempos de crisis como éste las necesidades son, sobre todo, humanas y se revela lo vacío que está el materialismo y lo superficial de lo que nos rodea

. La Razón

–¿Qué lección podemos extraer de esta situación?

–De esta experiencia podemos salir transformados, pero no necesariamente. Dependerá de nuestra capacidad de convertir este confinamiento en un retiro. No solo de quedarnos en casa, sino de entrar en la propia casa, en nuestro mundo interior. El primer paso para aprender a meditar es meterte en tu habitación y apartarte de los otros; esto ahora se nos ha dado hecho. Pero hay que dar los siguientes pasos o nada sustancial cambiará. Cuando entramos en nosotros con lo que nos encontramos es con las sombras: todo lo oscuro que nos pertenece y que normalmente preferimos ignorar. Toda esa tiniebla se nos brinda ahora en bandeja. El mundo emocional de buena parte de la población está revuelto y ahí es donde entra tanto el trabajo psicológico como el espiritual, que tienen muchas cosas en común, pero también sus especificidades. Por lo que a mí se refiere, esta pandemia me está estimulando a, por un lado, cualificar mi práctica de meditador y, por el otro, a reinventar mi trabajo pastoral. Los seminarios de silencio que animo, así como las misas que celebro, son ahora de forma virtual y tienen un carácter masivo. Claro que falta el contacto y la temperatura de lo presencial, que es insustituible, pero todo esto es sin duda un estímulo para la creatividad.

–¿Enmendaremos el materialismo?

–Como toda crisis, ésta también es una oportunidad. El ser humano no es solo cuerpo y mente, también espíritu. Es el trabajo consciente sobre el cuerpo y la mente lo que convierte algo en espiritual. Pero hay pocos referentes, pocos maestros. Por eso, y por planteamientos estructurales que aquí no vienen al caso, nuestra sed de ser queda a menudo sin cubrir. Cualquier persona que no esté totalmente adormecida siente en su corazón un anhelo de sentido y de plenitud. El placer, el tener y el poder, siendo necesarios, no van a colmar ese anhelo o esa sed. Tener, poder y placer son más bien sucedáneos del ser. Todos sabemos perfectamente que sólo nos hacen verdaderamente felices cosas muy elementales y cotidianas, al alcance de cualquiera. Nuestra actual sociedad de consumo no nos lo pone fácil en ese sentido. Pero la tentación de creer que con pan y circo está todo solucionado no es, ciertamente, de ahora.

–Existe miedo.

–El miedo es el cáncer del futuro, así me gusta definirlo. La culpa, el cáncer del pasado. El apego, el del presente. El antídoto es la confianza. La confianza no se improvisa, es una virtud, lo que significa que se puede trabajar por ella. Si nos llenamos la mente de basura, enfermamos, nos acogotamos por el miedo. Por eso, hay que cuidar mucho las palabras que leemos, las que escuchamos. Todo lo que pasa por la mente va dejando una huella en el cuerpo y un poso en el alma. Considero que mi trabajo principal es mantener mi mente vacía y mi alma limpia, para así poder echar una mano a las personas con quienes me ha tocado vivir. Cada día leo, escribo y estudio sobre el arte de escuchar a los demás, que es la otra cara de la meditación, que es escucharse a uno mismo. No puedes inspirar confianza frente a una amenaza exterior si no la has trabajado antes sobre ti mismo.

–La gente también tiene que enfrentarse ahora al silencio

–El silencio es seguramente lo que más miedo da, pues es el mejor marco de lo que somos. Quien no quiera estar en silencio es que no quiere estar consigo mismo. Ojalá que a esta clausura obligatoria a la que estamos sumidos añadiéramos, por ejemplo, una hora de silencio al día. Una hora, o al menos media, para parar y dejar los teléfonos y las noticias a un lado. Media hora para sentarse, para respirar, para mirar dentro y ver lo que hay, para sostener la mirada. Para dar gracias por vivir. Para rezar si tenemos fe. Solo eso cambiaría esta noche oscura colectiva a la que estamos sometidos por el coronavirus. Miedos los tenemos todos, no conozco a nadie que se haya liberado totalmente de ese cáncer. Lo importante es qué hacemos con eso. Podemos escaparnos o intentar resolverlo, pero también podemos mirarlo, atravesarlo y darnos cuenta de su inconsistencia. Esta solidaridad en la sombra que estamos viviendo, si la vivimos bien, puede convertirse en una solidaridad en la luz que nos haga salir de esto robustecidos.

–Ahora estamos conectados a través de la tecnología.

–Estamos hipercomunicados, eso es un hecho. El riesgo es la dispersión. Lo positivo es que refleja un enorme deseo de comunión. La cantidad de mensajes no ayuda a la calidad de la comunicación, más bien al contrario.

–¿Qué ha notado en la gente que habla con usted estos días?

–Aunque parezca una broma macabra, yo veo a algunos que están muy contentos, incluso mejor que antes del estado de alarma. No es que se alegren por la situación sanitaria, claro está, pero se han hecho fuertes en sus casas, descubren que por fin tienen tiempo, que pueden cocinar y comer tranquilamente, o dialogar o jugar con sus hijos… Pero también veo a muchos que padecen los típicos síndromes del estrés postraumático. Hay mucha somatización y, desde luego, mucho más insomnio. No es de extrañar: hemos pasado de una exterioridad extrema (siempre trabajando, saliendo, viajando…) a una interioridad forzada. Es un contraste demasiado grande. Pienso que si ahora nos quitasen los móviles y demás medios de comunicación sería brutal. Ahí es donde se podría constatar nuestra capacidad de resistencia, nuestro fondo de humanidad. Nos veríamos abocados a una especie de monacato universal y a sobrevivir de manera autárquica. Una especie de retiro a nivel mundial. No creo que estemos preparados para algo así. Con todo esto sólo pretendo decir que la verdadera comunión nace siempre de la más profunda soledad.

–La muerte se ha vuelto a poner en primer plano.

–Poner la muerte en primer plano puede parecer terrible, pero es necesario. La muerte forma parte de la vida. Tuve el privilegio y la responsabilidad de trabajar una década como capellán en el hospital Ramón y Cajal. Una de las lecciones que allí aprendí es que lo que da miedo de la muerte es no haber vivido. Somos peregrinos, eso es lo que hemos de aprender. Que tenemos suelo bajo nuestros pies y un horizonte al que tender. A ese horizonte los creyentes lo llamamos Dios. No es una simple creencia, si bien las creencias no son casi nunca simples, ni meramente una tradición. Es una experiencia. Algunos sabemos que, tras todo el ruido, ahora ensordecedor, hay una presencia silenciosa y atenta que hace que todo sea hermoso y bueno. Claro que nada de esto es lo que diría a quien se estuviera muriendo a solas en alguna de las UCI de nuestros hospitales. A él, o a ella, me limitaría a darle la mano. Estoy seguro que Dios (algunos lo llaman silencio) haría el resto.

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