La espiritualidad de un árbol. Jesús Bonet Navarro

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Jesus Bonet Navarro. Revista utopia

Todo lo que existe en la naturaleza tiene espíritu, es manifestación de la Vida creadora de la vida. Contemplar con capacidad de asombro aunque sea un único árbol, nos envuelve en la sabiduría de la comunidad viva de la Tierra. La espiritualidad surge sola, como descubrimiento de que todo es sagrado, de que todo revela lo transcendente, de que el cuidado y el compromiso con las personas y con la naturaleza nos humaniza y nos diviniza.

Un árbol que habla

“No puedo enseñarte conocimientos, no puedo proponerte normas, pero puedo mostrarte la sabiduría de la vida”. Es el mensaje que leí en un panel al pie de un precioso árbol en el Capilano Park de Vancouver (Canadá). Muchos otros árboles y corrientes de agua de ese frondoso bosque tienen mensajes semejantes, todos llenos de sabiduría.

Me quedé un rato contemplando el árbol y releyendo el mensaje. Luego me llevé grabado en la memoria lo que había leído y reflexionado en medio de un silencio sólo enmarcado suavemente por el correr del agua y el canto de los pájaros.

Percibí, como antes en otros lugares y en otros momentos, que todo cuanto existe en la naturaleza tiene vida, tiene espíritu, es manifestación de lo transcendente, y si lo miras, lo escuchas con atención, con asombro y con reverencia, te envuelve en la sabiduría de la vida, en la comunidad viviente de la Tierra. Pero tienes que aprender a sentir el cosmos para saber convivir con él y en él.

La sabiduría del árbol

            Un árbol se deja acariciar por el calor del sol, por la luz, por el agua de la lluvia y de las corrientes subterráneas, por la tierra, por el aire en movimiento. Tiene raíces, que lo hacen profundo; tronco, que lo hace fuerte; corteza, que lo protege; ramas y hojas, que lo abren a otros seres; flores, que lo hacen bello; frutos, que lo hacen sabroso. Crece hacia abajo, hacia arriba y a lo ancho. Siempre crece, mientras está vivo. Muestra la sabiduría de la vida.

            La sabiduría del árbol es la sabiduría del cuidado. El agua cuida del bosque y el bosque cuida del agua. El bosque cuida de la limpieza del aire y de la vida animal, y el aire limpio cuida de la vida de los demás seres, incluidos los humanos. El árbol muestra que el cuidado es el mejor regalo que recibimos de la vida, de la Madre Tierra, y que podemos devolver a la vida, porque las relaciones de cariño no son características exclusivas de los seres humanos sino de todos los seres vivos, cada uno desde su experiencia de vida.

            Es cierto que la Tierra no necesita de nosotros; somos nosotros los que necesitamos de la Madre Tierra, porque es ella la que nos proporciona lo que la vida requiere (L.Boff). Por eso, el primer sentimiento nuestro, el primer signo de complicidad con ella, ha de ser de agradecimiento, no de utilidad, de explotación o de abuso.

La espiritualidad del árbol

            Decía San Bernardo que “los árboles y las piedras te enseñarán lo que no puedes aprender de los maestros”. Así es para quien se da cuenta de que cada ser es un libro abierto sobre esa realidad inabarcable que con nuestro vocabulario limitado llamamos “Dios”. Ese darse cuenta es el conocimiento profundo, cordial (del corazón), que denominamos sabiduría, la cual, en el fondo, es espiritualidad.

            La comunidad del universo y, por estar más próximo, la de nuestro planeta es un lugar esencial donde se nos revela lo divino, por llamarlo de algún modo, porque “Dios” está en todo y todo está en “Dios”, en la Gran Realidad, en el Ser, en el Todo sin forma. En él la materia y la vida son una pareja de baile que escucha una melodía de energía y relación.

            Cada criatura es una maestra de sabiduría espiritual. Por eso, la Tierra y todo lo que hay en ella son sagrados, y muchos desequilibrios en la Madre Tierra no son más que un reflejo de nuestra humanidad deshumanizada. La expresión de Séneca de que “el hombre (el ser humano) es algo sagrado para el hombre (el ser humano)” habría que completarla diciendo: “La naturaleza es algo sagrado para el ser humano y para todos los demás seres”.

La espiritualidad no es romanticismo ni individualismo

            Cuando escribo estas reflexiones estamos en los momentos más duros del confinamiento por la pandemia del coronavirus. Los contagios en todo el mundo, la visita inesperada de la muerte, el trauma de tantas personas que no han podido acompañar a sus seres queridos en las últimas horas de su vida, los problemas económicos, las mil y una soledades… van a dejar una huella duradera en nuestras historias personales.

            La espiritualidad, que es también una forma de cuidado de nosotros mismos y de los demás, va a tener un papel importante en nuestro reencuentro con lo esencial de la vida, con lo profundo de ella, dejando de lado la hojarasca.

            La verdadera espiritualidad nunca ha sido una postura romántica ante la realidad sufriente o la festiva, alejada de ella. Todo lo contrario: es encontrar el agua en la hondura del pozo de nuestra persona para que fertilice nuestra humanidad. No es tampoco individualismo, sino comunidad; no es mero sentimiento, es compromiso con la gente, con la Tierra. No es un lujo para quienes tienen satisfecho lo básico, es para todos. Es el árbol que tiene raíces, tronco, ramas, hojas…, que crece hacia abajo para poder crecer hacia arriba.

            Como he escrito al principio, la espiritualidad de un árbol puede enseñarnos no tanto ideas y normas cuanto la sabiduría de la vida en un momento tan crítico como el que estamos pasando.

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