José María Castillo: “El sacerdocio, ¿un oficio a sueldo?”

Jose Maria Castillo. Teologia sin censura. religion digital

“La predicación del Evangelio no debe ser un negocio, ni el mensaje del Reino de Dios debe ser anunciado por quien va provisto de víveres, camina con buen calzado o lleva una vestimenta propia de persona acomodada y un bastón contra imprevistos”

“A medida que la economía se fue desplazando, del clero a la tecnología, la Iglesia se ha mantenido a base de afianzar sus dogmas y sus rituales religiosos. Pero eso se ha hecho a costa de marginar el Evangelio como forma de vida”

“Un clero, que vive suficientemente bien, se ha quedado como un cuerpo de funcionarios, que mantienen la religión, pero que, en una notable mayoría, no producen la impresión de ser testigos de aquel proyecto de vida que nos dejó Jesús de Nazaret en su Evangelio”

La Iglesia pide donativos porque, entre otras razones, “hay que pagar el sueldo al cura”. Esta petición de la Iglesia española, si es que está bien expresada en los medios de comunicación, nos está diciendo que los dirigentes de la Iglesia están convencidos de que el sacerdocio cristiano es un “oficio a sueldo”.

Ante esta noticia, lo primero que se puede decir es que aquí queda patente la contradicción que existe entre la Iglesia y el Evangelio. Según los evangelios de Mateo y Lucas, de acuerdo con la original y antigua fuente Q, la predicación del Evangelio no debe ser un negocio, ni el mensaje del Reino de Dios debe ser anunciado por quien va provisto de víveres, camina con buen calzado o lleva una vestimenta propia de persona acomodada y un bastón contra imprevistos (Mt 10, 9; Lc 18). Según el apóstol Pedro, el don de Dios no se gestiona con dinero (Hech 8, 20).  Esto, ante todo. 

Pero más importante, en este asunto, es el tema fundamental del “seguimiento” de Jesús. Cuando Jesús fue llamando a los apóstoles, para que le siguieran, la exigencia fundamental e indispensable era “abandonarlo todo”. De forma que quien no estaba dispuesto a quedarse absolutamente sin nada, no servía para el discipulado y, por tanto, para ser testigo del Evangelio (Mc 1, 16-20 par; Mt 8, 18-22; Lc 9, 57-62). Y conste que, en este asunto, se destaca sobre todo la exigencia de abandonar por completo todo cuanto se refiere a la posesión de bienes (Mc 10, 17-22 par). De forma que los discípulos podían asegurar que lo habían abandonado todo (Mc 10, 23-30 par). Teniendo en cuenta que este asunto es tan básico y exigente, que, como bien dijo y argumentó el profesor (recientemente fallecido) Johan B. Metz, el “seguimiento” de Jesús, con sus exigencias, es constitutivo de la cristología. Porque, como bien sabemos, los discípulos de Jesús conocieron a su Maestro, no por las explicaciones, charlas o conferencias que les dio Jesús, sino por el “seguimiento” del mismo Jesús y por la vida que compartieron con él.

Con esto, lo que estoy diciendo es que una de las mayores desgracias, que ha sufrido la Iglesia, ha sido reducir el “seguimiento” de Jesús a un tema (uno más entre otros) de espiritualidad. Cuando, en realidad, el “seguimiento” es la base indispensable de la cristología. Y en ese sentido se puede asegurar que el “seguimiento de Jesús” es enteramente central en la teología cristiana. A Jesús solamente se le puede conocer mediante el “seguimiento”. De ahí que, sólo quienes se despojan de todo, esos son los que están capacitados para predicar y transmitir el Evangelio. Se puede ser un gran teólogo, pero de tal manera que no se tenga ni idea de quién y cómo fue realmente Jesús. Y el que no conoce a Jesús, ¿qué teología cristiana pretende enseñar? Y ¿qué Evangelio puede transmitir?

Pero, antes que los evangelios, de la relación entre sacerdocio y trabajo a sueldo, ya se interesó vivamente el apóstol Pablo. Ya Renan hizo notar cómo san Pablo alude hasta diez veces con orgullo de su independencia económica (cf. J. Huby): “Recordáis, hermanos, nuestros trabajos y fatigas. Trabajando día y noche, para no seros gravoso a ninguno de vosotros, así os predicamos el Evangelio de Dios” (1 Tes 2, 9). En el mismo sentido, los textos de Pablo son abundantes (1 Tes 4, 10 ss; 2 Tes 3, 6-12; 1 Cor 4, 12; 9, 4-18; 2 Cor 11, 7-12; 12, 13-18; Hech 20, 33-35; 18, 1-4). Es verdad que Pablo reconoce que quien trabaja por el Evangelio, por eso mismo tiene derecho a la debida recompensa (2 Cor 12, 13-18). Pero el mismo Pablo dice sin rodeos: “Sin embargo, nunca hemos hecho uso de este derecho; al contrario, todo lo soportamos para no crear obstáculos al Evangelio de Cristo” (1 Cor 9, 12).   

Y es que, como bien sabemos, el Evangelio es tajante en cuanto respecta al dinero y la riqueza:“No podéis servir a Dios y al dinero” (Mt 6, 24). ¿Cómo puede anunciar el contenido de este mensaje una persona de la que se sabe que tiene la vida asegurada económicamente? Y menos aún puede hablar de este asunto quien vive en un palacio y todo lo que eso lleva consigo y todo lo que representa.   

Para terminar, recomiendo la lectura del gran libro del profesor Peter Brown, de la Universidad de Princeton. Ya el título es elocuente: Por el ojo de una aguja (Ed. Acantilado, 2016). Este eminente historiador explica, con abundante y sólida documentación, cómo el clero su fue enriqueciendo hasta límites inimaginables. Un hecho increíble, que ha condicionado la historia de Europa y el colonialismo hasta extremos que mucha gente no imagina.  

Lo cual ha tenido una consecuencia que fue impensable durante siglos. A medida que la economía se fue desplazando, del clero a la tecnología, la Iglesia se ha mantenido a base de afianzar sus dogmas y sus rituales religiosos. Pero eso se ha hecho a costa de marginar el Evangelio como forma de vida. Y ahora nos vemos en la penosa situación de una institución en la que su religión interesa cada vez menos y a menos gente. Y el Evangelio ha quedado para las buenas personas, que las hay y quizá más de lo que imaginamos. Pero el hecho es que un clero, que vive suficientemente bien, se ha quedado como un cuerpo de funcionarios, que mantienen la religión,pero que, en una notable mayoría, no producen la impresión de ser testigos de aquel proyecto de vida que nos dejó Jesús de Nazaret en su Evangelio.

Para terminar. Quizá no sería ningún disparate organizar la gestión de las parroquias y la presidencia de la liturgia de manera que lo hicieran personas que reciben la ordenación sacerdotal. Pero ejercen el ministerio de forma que, para todo lo que no es estrictamente la presidencia de la eucaristía y el sacramento de la penitencia, tales personas se tendrían que dejan ayudar comunitariamente por laicos, debidamente preparados, que, de forma colegial o grupal, llevan la parroquia, la comunidad o las diversas instituciones locales que hay en las ciudades, en los barrios, etc.

En todo caso y se gestione de la manera que se vea más conveniente, si la Iglesia quiere de verdad ser fiel y coherente con su origen, su razón de ser y su destino, no tiene más remedio que abandonar el sistema actual de gobierno. Jesús no pensó (no hay indicios que den pie para eso) en una institución gobernada por un cuerpo de funcionarios, profesionales de “lo sagrado” y pagados a sueldo. Un sistema así, antes o después, más pronto o más tarde, termina actuando en contradicción con el Evangelio, oponiéndose al “seguimiento” de Jesús, en el despojo, la libertad y la transparencia que planteó y quiso Jesús desde el primer momento.  

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